Al cine con las gafas moradas: esas putas tan felices que vemos en las películas

Paz Santo Tomás


Actualmente hay un gran debate sobre el tema de la prostitución. Están los y las abolicionistas y los y las legalistas y luego, cómo no, los de que se-quede-como-está que prácticamente son todos los puteros y los proxenetas. Yo voy a dar mi opinión personal, que no es la misma que tenía hace un año; lo que significa que he pensado y leído sobre ello, pero también que lo mismo dentro de un año pienso otra cosa.


Yo creía en esa prostituta vocacional, que puede disfrutar y hacer disfrutar practicando sexo y además se gana la vida con ello. Este tipo de puta es difícil de encontrar, pero sí puede haber gente a la que le resulte más llevadero ser puta que camarera o profesora, por decir algo; según esto, una puta debería tener los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro trabajador. Pensar así es legalista: partidaria de regularizar la prostitución, sin abusos, sin chulos, con salud y sobre todo con respeto. Lo de la remuneración más o menos alta pues ya dependería de la calidad y la cantidad, como suele pasar en casi todas las profesiones.


Pero luego escuché a una feminista que lo tenía bien clarito: no conseguiremos la igualdad mientras haya prostitución. Eso sembró en mí la duda y empecé a interesarme por el tema. Y así, una vez entendidas algunas cosas creo que estoy más cerca de la postura abolicionista: si queremos alcanzar la igualdad no se puede cosificar el sexo y comerciar con él, no se puede usar la atracción sexual que pueda sentir alguien por tu persona para conseguir cosas. Este sistema que dice que los hombres siempre tienen ganas y que las mujeres están ahí para satisfacer esas ganas tiene que cambiar o por lo menos debemos caminar hacia ello. “La prostitución no es la profesión más vieja del mundo, sino el privilegio más antiguo del hombre sobre la mujer”: esto lo he leído en algún sitio, no es mío pero estoy de acuerdo, y va dirigido a todos los que usan la primera parte de la frase como argumento para defender que la prostitución nunca desaparecerá.


Todos los personajes de está simpática comedia son muy lumpen pero lejos de estar marginados, viven en perfecta armonía con sus circunstancias y no parecen sufrir demasiado: prostitutas, chulos, policías

Pienso en el cine y me acuerdo de muchas pelis en las que aparecen prostitutas, pero muchas, muchas. Ahora, películas en las que la prostitución sea el tema principal ya no hay tantas. Entre las antiguas, con todo un plantel de putas parisinas, he encontrado una joya de Billy Wilder: Irma la dulce de 1963, estrenada en España en 1969. Todos los personajes de está simpática comedia son muy lumpen pero lejos de estar marginados, viven en perfecta armonía con sus circunstancias y no parecen sufrir demasiado: prostitutas, chulos, policías, el dueño del hotel, el dueño del bar donde beben y se toman sus cafés los vecinos del barrio, incluso el personal de limpieza, todos conviven sin problemas en el barrio de Les Halles. Pero llega un nuevo gendarme (Jack Lemmon) a encargarse de que se cumpla la ley en el barrio. Es policía, en eso consiste su trabajo.


Al principio se extraña de que hay demasiadas chicas por la calle que además le miran con descaro. Una de ellas (Shirley McLaine) tiene un perrito y nuestro inocente gendarme intenta ponerle una multa por llevarle sin correa. Tras conversar con el dueño del café se confirman sus sospechas: todas esas mujeres tan simpáticas están ejerciendo la prostitución, así que en contra de todos los consejos de sus nuevos amigos decide hacer una redada. Todas las chicas son llevadas a comisaría mientras que todos los hombres, entre los que está el propio jefe de policía, se van a su casa de rositas. ¿Cómo se le ocurre fastidiarle el polvo a su propio jefe? Le cae una bronca descomunal y pierde su trabajo. Esto le hace volver al barrio para intentar alojarse en el hotel y de paso reencontrarse con la puta del perrito.


En tono de comedia vemos como los proxenetas utilizan la fuerza para que las putas hagan lo que ellos ordenan, vemos como las pegan, les quitan el dinero, las humillan, pero todo muy de risas. Gracias a varios golpes de suerte finalmente el ex-policía se convierte en el chulo de la del perrito, ella acepta encantada darle el dinero que gana y no solo eso, sino que le mete en su casa y le cubre de atenciones. Con esta peli seguramente paséis un buen rato, es divertida y el argumento se va desarrollando con inesperadas soluciones, pero amigas, como siempre, nos la cuelan como quien no quiere la cosa: necesitas un hombre a tu lado, bien pegao, por mal que te trate. Y si es decente la diferencia estará en que te querrá para él solo, en exclusiva y así gracias a él tú también te conviertes en decente.


Según él mismo le dice no necesita peleas románticas,quiere una mujer a su lado que le siga el rollo, bueeeeno con un poquito de sexo. Pero no puede ser su acompañante con esas pintas, así que le suelta un montón de pasta para ir de compras. El sueño de cualquier mujer

La siguiente película es imposible no haberla visto a menos que hayáis estado en coma veinte años o algo así. Súper taquillera, la han pasado por televisión más de una docena de veces y a pesar de eso la tienen casi todas las plataformas. Se llevó tan solo un Oscar, el de mejor actriz, pero no importa porque tiene nuestros ingredientes favoritos: amor y lujo. Por supuesto, estoy hablando de Pretty Woman, la prostituta que todas quisiéramos ser, una película dirigida por Garry Marshall en 1990 con Julia Roberts y Richard Gere. Ella busca clientes por el Paseo de la Fama, cada chica tiene adjudicado un trozo de acera entre tal y cual estrella y mira tú por dónde justo por ahí pasa Richard Gere a lomos de un Lotus. Julia Roberts sabe conducir y conoce al dedillo la ciudad de los Ángeles, así que le ayuda a llegar hasta su hotel. Es que de aquella no había GPS y estaba perdido. Y así empieza el efecto hada madrina: Richard Gere es supermillonario y quiere que ella esté a su disposición toda una semana. Según él mismo le dice no necesita peleas románticas, quiere una mujer a su lado que le siga el rollo, bueeeeno con un poquito de sexo. Pero no puede ser su acompañante con esas pintas, así que le suelta un montón de pasta para ir de compras. El sueño de cualquier mujer.


La verdad es que a Julia Roberts le da igual ponerse una camiseta del mercadillo que una de Gucci, esta guapísima de todas formas, pero bueno así de paso nos venden moda de marca, joyas, coches, jets privados y jacuzzis con grifos de oro, elegancia por doquier, capitalismo puro y duro. De nuevo, la falta de respeto hacia esta profesión viene a demostrar que por muy guapa y muy espabilada que seas tienes todas las papeletas para acabar llevándote un par de hostias. Siempre aparece el feo y bajito. o aunque sean guapos y altos, me da igual, te las dará porque se cree con derecho a poder hacerlo. Una puta es lo peor. Vivimos en un sistema que permite que una mujer venda su cuerpo para subsistir pero a la vez la condena por ello.


Allí hay una peluquería en la que se reúnen y controlan las idas y venidas de sus competidoras, esas inmigrantes que les levantan los clientes porque están tirando los precios

Y ya una peli un poco más reciente, de 2005, ¡española! Se vuelve a tratar el tema pero seguimos sin solucionar nada, de nuevo las prostitutas se llevan palos por todas partes, físicos y emocionales. Estoy hablando de Princesas, de Fernando León de Aranoa, con dos actrices que se llevaron cada una su Goya: Candela Peña a mejor actriz y Mikaela Nevarez a mejor actriz revelación. Rodada en Madrid, seguramente con la décima parte de presupuesto que las otras, consigue una película mucho más creíble y bastante agradable a pesar de su dureza. El guion, también de León de Aranoa, está muy cuidado o como decirlo, es todo aprovechable; no se dicen tonterías y no me refiero a cosas graciosas, que las hay, si no a las de hablar por rellenar.


Nuestras prostitutas son de barrio, tiene pinta de ser Villaverde pero no estoy segura, también sale la Casa de Campo pero básicamente su centro de operaciones es una placita peatonal de esas entre bloques. Allí hay una peluquería en la que se reúnen y controlan las idas y venidas de sus competidoras, esas inmigrantes que les levantan los clientes porque están tirando los precios: una mamada por 10 €, como las yonkas. Las conversaciones en la peluquería no tienen desperdicio: opiniones sobre novios, tetas, peinados, cotilleos... hablan y hablan. Todas saben cuáles son putas y cuales no.


Cayetana, según ella, ejerce la prostitución para operarse las tetas pero Zulema ha venido a España a buscar una vida mejor. Como no tiene papeles no puede trabajar y como no trabaja no le dan los papeles. Lo que comienza como rivalidad entre ellas se va convirtiendo en complicidad. A Zulema las razones de Caye le causan risa y Caye no entiende que Zulema trabaje gratis y encima se deje pegar por un cabronazo que según él, le va a conseguir los dichosos papeles. Como siempre, la policía se pasea por ahí como si no pasara nada, la no legalización les da un poder que ejercen a su gusto. A Cayetana nos la pintan muy resuelta y con mucho desparpajo: cobra por sus favores cuándo, cómo y dónde ella quiere sin dar explicaciones a nadie. Parecería ese tipo de prostituta profesional de la que os hablaba al principio, pero no es así porque le falta el respeto y no solo el de la sociedad, también el de ella misma. Cuando salen de la discoteca con dos chicos, Zulema pregunta: ¿tú le vas a cobrar al tuyo? A lo que Caye contesta: No, hoy no somos putas. Hoy somos princesas.