Al cine con las gafas moradas: las locas... ¿de verdad?

Paz Santo Tomás


Hace un par de meses mis mentoras de la Fronde eligieron la palabra loca para la sección ¿Qué significa para ti? Si lees las diez respuestas que dieron las lectoras verás que casi nadie entiende estar loca como una enfermedad mental, sino que más bien se refieren a ese tipo de persona que hace lo que le da la gana, se atreve a decir lo que está pensando y sigue sus instintos; resumiendo, que es fiel a sí misma. Todo esto está muy bien, pero cuando incomodas a tu entorno y te conviertes en una persona que no se adapta la has cagado. Estás loca se convierte en un diagnóstico y se te excluye, a veces solo de una conversación o de una fiesta, pero otras veces te encierran y te quitan el poder de dirigir tu propia vida. En las películas que he escogido las locas sufren bastante, y además por culpa de unos hombres que pasan de ellas o que prefieren considerarlas locas para su propio interés.


Luz de gas o gaslighting es lo que hace esa persona que en cuanto levantas un poco la voz empieza a decir te estás poniendo histérica; o que niega rotundamente haber dicho algo cuando lo acabas de oír.

La primera de ellas, Gaslight o Luz de gas en castellano, es una película inglesa de 1940, en blanco y negro. Ya sé que no la va a querer ver nadie siendo tan antigua, así que os traigo una segunda opción, casi igual de antigua (1944) pero que cuenta con unos actores muy famosos y una producción más moderna, cine de Hollywood. En castellano esta vez le pusieron como título Luz que agoniza y de protagonistas están Ingrid Bergman y Charles Boyer (sí, sí, el de no te enrolles charlesboyer). La dirigió George Cukor, un director ya fallecido que hizo más de cincuenta pelis, algunas de ellas muy conocidas y premiadas. Destacó por trabajar con las mejores actrices, a las que hacía ganar Oscars, porque está claro que sin él no hubiesen hecho carrera. Estamos hablando de Katherine Hepurn, Marylin Monroe, Joan Crawford, Audrey Hepburn, la mismísima Greta Garbo; pero es sabido que las mujeres para brillar necesitamos a alguien, a ser posible un hombre.


El argumento de esta película ha dado nombre a una de las muchas maneras que tiene el patriarcado de ejercer la violencia sobre las mujeres: luz de gas o gaslighting es lo que hace esa persona que en cuanto levantas un poco la voz empieza a decir te estás poniendo histérica; o que niega rotundamente haber dicho algo cuando lo acabas de oír; o que te salta con un haberlo dicho cuando crees haberlo dicho dos o tres veces; o que no te dice donde está algo aunque lo sepa, para que te vuelvas loca buscándolo. Cosas de estas casi todas las hemos sufrido en mayor o menor grado por parte de padres, hermanos, maridos o jefes, y dependiendo del grado de insistencia que le pongan y de lo precaria que sea tu autoestima pueden hacerte dudar de si realmente algo falla en tu cabeza y además serás culpable de las consecuencias que hayan traído tus despistes.


Pero sigamos con la peli: estamos en el Londres de la época victoriana. Un matrimonio bien avenido se muda a un barrio de esos con casitas todas en círculo, alrededor de un parque. Venían de vivir en el campo, donde ella tenía familiares y amigos, pero aquí no conoce a nadie. En esta nueva casa trabajan dos sirvientas; una mayor tranquilita y otra joven con ganas de marcha que desde el principio coquetea con el señor. ¿Os dais cuenta? Ya nos están colando otro estereotipo que abre puertas para que muchos se crean con derecho a meter mano a las trabajadoras domésticas, pero en fin, ese es otro tema. El caso es que la esposa se encuentra muy desamparada cuando el marido empieza con lo del gaslighting y si no es por la curiosidad de un policía, que se acuerda de que en esa misma casa había quedado sin resolver un asesinato, la pobre esposa habría acabado encerrada en un manicomio. No quiero contaros al detalle las artimañas porque espero que la veáis. Venga, que seguramente muchas manejáis el concepto de gaslighting sin haber visto ninguna de las dos películas.


Juana la Loca nos muestra una reina loca de verdad, o al menos lo suficientemente loca como para poder justificar que no la dejaran seguir siendo reina y que a los 30 años la encerrasen en un castillo del que no saldría hasta su muerte.

La otra película está basada en hechos reales porque se trata de la vida una reina: Juana la Loca. Fue dirigida por Vicente Aranda en el año 2001, estuvo nominada a un montón de Goyas y se llevó tres: vestuario, maquillaje y el de mejor actriz para Pilar López de Ayala, por su papel de la reina Juana. He leído reseñas, críticas y cosas de esas y suelen coincidir en que la película nos muestra una reina loca de verdad, o al menos lo suficientemente loca como para poder justificar que no la dejaran seguir siendo reina y que a los 30 años la encerrasen en un castillo del que no saldría hasta su muerte, a los 76.


En la primera versión que se hizo, con Aurora Bautista haciendo de reina allá por 1948, la película se llamó Locura de Amor, con eso os lo digo todo. Las cosas raras que se supone que hacía no son nada raras, todas sabemos lo que son: son cosas de hacer lo que te sale del coño, pero sin matar a nadie, ni pegar, ni robar, ni nada de eso. Solo que se te infla la vena, esa que te pasa por el cuello y te pones a gritar y te tiras al suelo bajo la lluvia y te importa una mierda mojarte. A ver, han sacado a tu marido de la mismísima cama real, ya ni siquiera puede follar contigo, te lo dejan agotado, se acaba de morir tu madre y encima va y se muere él también dejándote viuda. Y pretenden que te quedes ahí con cara de resignación ocupándote de los asuntos de estado. ¡Venga, hombre!


El marido es un guaperas, con pelazo y ojos verdes, además de un poco salvaje, lo que le hace muy sexy. Imaginaos cómo sería la cosa que hasta en los libros de historia le llaman Felipe el Hermoso. Total, que se deja querer por todas y con la excusa de me voy de caza está todo el día con unas y con otras. La reina lo quiere para ella sola y eso es lo que la pone de los nervios. Los celos son un sentimiento muy fuerte que para mi gusto está sobrevalorado. Parece que si no sientes celos no es amor, como dice la propia Juana, pero yo lo veo fruto del afán de ser propietario de una persona, de tener que ser el centro en la vida del otro. En España las mujeres no perdemos el apellido cuando nos casamos pero pasamos a ser señora de, como las del Cuento de la criada. Menos mal que eso ya no se usa mucho. La única excusa que veo un poco razonable sería el miedo a que te dejen por otro u otra, eso si sería una putada; pero si le gusta más otra persona que tú los celos no van a arreglar nada, así que más vale que vayas pensando en alejarte o en compartir.


Lo que salva a estas locas del desastre total es la sororidad, darse cuenta de las muchas cosas que tienen en común. Se apoyan y se ayudan aunque tengan problemas diferentes, vengan de clases sociales diferentes y tengan personalidades diferentes.

La película que dejo para el final es, como siempre, la más actual. Del año 2016, es italiana y se llama Locas de alegría. Ganó varios premios y fue muy reconocida por la crítica pero no resultó muy taquillera, por lo menos en España, así que seguramente no la habéis visto. Ahora mismo está disponible en Filmin. El director se llama Paolo Virzi y es también guionista junto a Francesca Archibugi; según los títulos del final estuvieron asesorados por médicos psiquiatras y la vida de las enfermas mentales que aparecen en la película si no son reales del todo si son perfectamente posibles.


Las protagonistas son Beatrice (Valeria Bruni, sí, hermana de Carla, la de Sarkozy) y Donatella (Micaela Ramazzotti, no, no es hermana de Eros Ramazzoti). Estas dos locas están encerradas en una preciosa villa de la Toscana, en tratamiento por sus respectivas enfermedades mentales: bipolaridad y depresión. A la primera de ellas le han quitado la capacidad de administrar sus bienes y a la segunda la custodia de su hijo.


Las razones realmente son jodidas. Por su parte, Beatrice le está regalando a su amante todo lo que tiene, lo suyo y lo de su familia; firma todo lo que el otro le pone delante porque está enamoradísima y no quiere que las diferencias de clase les separen. La situación de Donatella es algo diferente: está internada por tirarse al río con niño y todo porque piensa que es la única manera de estar juntos. Al principio, el niño vive en un centro de acogida porque se lo han quitado por lo de la depresión; la consideran incapaz de cuidar a su hijo, pero al menos puede visitarle y salir con él a darse un paseo. En uno de esos paseos permitidos ella camina orgullosa con su precioso hijo de ocho meses en la sillita y por casualidad, más bien por mala suerte, se dan de narices con el padre biológico del niño. Donatella se acerca con intención de que le conozca, a lo que él responde lárgate de aquí, no ves que estoy con mi familia y al niño ni le mira. Imaginaos cómo se queda nuestra pobre loca.


Como veis, de nuevo se trata de hombres que nos tratan como a basura. Donatella es una chica joven y guapa que trabajaba en un bar de copas y se queda embarazada del cabronazo de su jefe. ¿Moraleja? Que no os ciegue el amor, bellas mujeres. Y hay más: lo que salva a estas locas del desastre total es la sororidad, darse cuenta de las muchas cosas que tienen en común. Se apoyan y se ayudan aunque tengan problemas diferentes, vengan de clases sociales diferentes y tengan personalidades diferentes. Entre ellas se dicen varias veces lo de estás loca y sobre todo al principio no confían la una en la otra, pero terminan conectado. La película es muy divertida por las aventuras que corren juntas cuando se escapan del manicomio; Beatrice hace casi todo el tiempo lo que le da la gana, porque puede y por el morro que le echa, provocando situaciones bastante cómicas y en las que parece que se lo están pasando pipa, de ahí el título de la película. También es verdad, porque todo hay que decirlo, que estas si roban y si pegan, pero poco y por necesidad.


Me he puesto muy de dar consejos: entre lo de no sufrir por celos, lo de que no os ciegue el amor y que veáis Luz de Gas... un poco pesadita. ¡Haced lo que os salga del coño! Pero que no se note mucho, que ya sabéis lo que pasa.