Al cine con las gafas moradas: vas a ver una película y sales enamorada

Grace Grease


Hoy la cosa va de hombres: impresionantes, inteligentes, valientes, buenos hombres que además también están buenos, hombres de los que no te encuentras en el metro a las ocho de la mañana porque, siento decepcionaros, solo existen en las pelis. Tú vas al cine tan tranquila y sales enamorada. Piensas en tu pareja y, por desgracia para ellos, empiezas a comparar. He preguntado a la gente por películas en las que aparecieran personajes inspiradores de amor, películas de las que sales pensando que el amor existe y es lo mejor que tenemos, y resulta que me han dado respuestas muy diferentes. Así que he decidido que os contaré solo las mías porque si no iba a ser muy trabajoso: me tendría que ver veinte películas diferentes y, en fin, que no tenemos todo el día. Empezaré por la mas antigua para apreciar algo de evolución en mi enamoradizo temperamento.


Mi primer amor cinematográfico fue Rett Butler (Clark Gable), el capitán Butler de Lo que el viento se llevó. Es una peli del año 1939, ¡no había nacido ni yo! Aunque es muy antigua espero que la hayáis visto, se llevó no se cuantos Óscar y está basada en una novela que los americanos mandan leer en el colegio. Su autora, Margaret Mitchell, ganó el Pulitzer por este libro y todo el contexto histórico (la Guerra de Secesión americana) está fielmente documentado, por eso lo de leerla en los colegios. Bien, no os la puedo contar brevemente por que la historia no es nada breve. Dura casi cuatro horas y están todo el rato pasando cosas. De hecho se dice Lo que el viento se llevó o el culo se calentó por la de rato que pasabas sentando viendo la película.


La violación no se ve, claro; en la siguiente escena aparece ella sola, un poco despeinada, desperezándose en la cama con cara de qué buen polvo me han echado.

Os hablaré del Capitan Butller, mi amor platónico. Cuando vi la película odié a Escarlata por no quererle. Rett se pasa la película tratando de conseguir su amor y ella ni puto caso, está enamorada de otro. El atractivo Rett Butler es el típico chulo: es putero, jugador, le han echado del ejército, es rico a base de negocios sucios; en fin, una joyita. Después de una riña en una escena realmente dramática y llena de morbo -¡están los dos en bata!- coge a Escarlata en brazos, la sube escaleras arriba -típica escalinata de casa en plantación de algodón con cien esclavos en nómina- y la viola. Sí, qué sí, que ella no quería, lo dice bien alto y fuerte dando puñetacitos en el pectoral de Caracable (así llamaban a Clark Gable los que no sabían inglés). La violación no se ve, claro; en la siguiente escena aparece ella sola, un poco despeinada, desperezándose en la cama con cara de qué buen polvo me han echado. ¿Como os quedáis?


Pues sí, amigas, así de mal tenía yo la cabeza, y no era yo sola. No me he encontrado a nadie que me haya dicho que prefiriese al rubio, el sensible, el educado, el honorable, el fiel a su mujer, el que entiende a las dos: a su mujer y a Escarlata. Como ya os habréis dado cuenta estoy hablando del objeto del apasionado amor de Escarlata: Ashley Wilkes (Leslie Howard), vecino de plantación de nuestra protagonista.


Por otro lado están los personajes femeninos: Escarlata, Melania, Mamita (la doncella de Escarlata), Belle (la madame de la casa de putas), incluso a la madre de Escarlata, todas aparecen como mujeres fuertes y dueñas de sus vidas. ¡Ja! Mamita es esclava doméstica, no creo que la tengan dada de alta, vamos, no creo ni que la paguen. Melania, la buena, la que ha conseguido casarse con el rubio a pesar de los esfuerzos de Escarlata, se empeña en dar un hijo a su marido aunque todos le digan que no tiene salud suficiente y al final se muere. La madre de Escarlata coge unas fiebres de nosequé por ir a cuidar a una familia pobre y también la palma. Belle, mujer de negocios, tiene mucha pasta y se codea con las personalidades más importantes del pueblo, pero es prostituta. Y Escarlata rayada con su amor imposible anda jurando, subida en una colina de su plantación, que no volverá a pasar hambre. Muy bien no están, la verdad, a pesar de ser inteligentes y decididas, sus vidas siempre giran al rededor del machote y del blandengue.


Vi la película varias veces, leí el libro y ese hombre que te mima y te cuida y te viola porque eres suya siempre me enamoraba. Un tipo de amor en el que durante un tiempo, a partir de los catorce y hasta los cuarenta y tantos años, entre buscar y aguantar, he gastado un montón de energías, más de las que he gastado en buscar lo mío.


Mi segundo amor es el teniente Jhon J. Dumbar, más conocido entre los sioux como Sunkmantu Tanka Owaci (el que baila con lobos). Este personaje lo hace Kevin Kotsner, que además era el director de la película y le sacan unos planos en los que no se le ven las entradas y está bastante mono. Estoy hablando de Bailando con lobos, película de 1990, ganadora también de un montón de Óscar y que espero hayáis visto porque fue muy popular en su época y la han pasado por la tele varias veces.


Toda la historia está basada en un diario que escribe el teniente Dumbar, primer detalle alucinante y puntos para enamorarse: un hombre escribiendo un diario, hablando de sus impresiones, sus frustraciones, ¡sus sentimientos!

El teniente Dumbar es un soldado de la Unión, el ejército que ganó en la Guerra de Secesión, la de la peli anterior. Le han dado una condecoración porque en un arranque de pasodetodo se cruza de lado a lado entre dos trincheras llenas de soldados que se disparan y juegan a ver si le dan, bueno los de su bando no, claro. Se me ha olvidado decir que va montado en un caballo precioso que coge del aparcamiento de caballos y del que luego se hace amiguísimo. Pues para premiarle por su “hazaña” -ya que gracias a él los soldados se animan y ganan la batalla- le dejan escoger destino y elige irse a la última frontera, es decir, hasta el último sitio a dónde ha llegado la colonización: lo que conocemos como la Conquista del Oeste (1785-1890). Casi cien años de peleas con los indios nativos, que no se entiende cómo les costó tanto tiempo, si según las películas que se han hecho sobre este tema, muchísimas, siempre ganaban los americanos.


Toda la historia está basada en un diario que escribe el teniente Dumbar, primer detalle alucinante y puntos para enamorarse: un hombre escribiendo un diario, hablando de sus impresiones, sus frustraciones, ¡sus sentimientos! Cuando llega al fuerte, el último, el que está más y más al oeste, no hay ni un alma, todo está desordenado, sucio, hasta con animales muertos en el río y, ¿qué hace? Ordenar, limpiar, sacar los cadáveres del río, colocar las provisiones que le han dado en el armario, un amor.


Él no lo sabe pero sus vecinos, los de la pradera de enfrente, son indios nativos americanos que sí se han enterado de su llegada, pero como está solo y parece bastante tonto pasan de decirle nada. En una de esas, unos adolescentes del poblado indio, por aquello de medir su valor intentan robarle el caballo, el mismo con el que se cruzó el pasillo ese entre trincheras. Era del general, pero se lo regalan. El caso es que el caballo no se deja robar y encima uno de los chavales se cae y se rompe una pierna, tienen que ir los mayores a ver qué ha pasado y así es como se conocen. Al principio todos gritan mucho tratando de intimidar, se apuntan, se miran a los ojos y parece que se van a matar pero no. Otro grupo de indios también intenta robarle el caballo y de nuevo el caballo no se deja, en cuanto se despistan se vuelve con su dueño. Esto hace pensar a los indios que quizás no sea tan tonto y empiezan a visitarle y se hacen amigos, hasta el punto de que el teniente les ayuda con sus rifles en una batalla contra otros indios, también de la zona pero muy malos, de los que arrancan cabelleras. Él va anotando en su diario todos los progresos con los indios, admirando sus cualidades y dándose cuenta que no son tan salvajes ni tan peligrosos como le habían dicho. Además, aparece la chica que resulta que es blanca con ojos azules -este detalle queda un poco racista porque igualmente podía haber sido india, pero bueno- para ir así avanzando en lo de entenderse: hace veinte años que ella no habla en su lengua nativa, ya que lleva con los indios desde los cinco años, pero empieza a recordar y hace de intérprete.


Ellas son las que recogen las tipis, las que hacen la comida, las que cuidan los niños, las que hacen los vestidos, las que no tienen ni voz ni voto en las decisiones de la tribu, las que no participan en las batallas, ¡ni siquiera las dejan fumar la pipa de la paz!

La historia de amor entre ellos es conmovedora, lo que él está pensando mientras se casan derrite el corazón de cualquiera. Nada de promesas, compromisos, en la salud y la enfermedad, todas esas terribles palabras que tanto intimidan y nos llevan a lo de Señorade. Lo único que hace es mirarla a los ojos (los de Mary McDonnell, que los tiene preciosos) y pensar en ella, y tú desde la butaca le oyes, le ves, le sientes, se nota cómo la quiere. Quieres un Kevin Costner en tu vida.


En cuanto a feminismo, por lo menos nos dejan ver que a ella le gusta el sexo y en un momento dado es capaz de saltarse las leyes de su tribu, pero vamos, lo de los indios pues como siempre: ellas son las que recogen las tipis, las que hacen la comida, las que cuidan los niños, las que hacen los vestidos, las que no tienen ni voz ni voto en las decisiones de la tribu, las que no participan en las batallas ¡ni siquiera las dejan fumar la pipa de la paz! Respecto a las mujeres blancas no se sabe, excepto la que vive con los indios, no sale ninguna más, pero desde luego a los hombres blancos les ponen muy mal: no respetan la naturaleza, ni a los animales (matan al lobo y al caballo, da una pena horrible) mienten, traicionan, casi le matan a él porque iba vestido de indio, se limpian el culo con las hojas del diario, un desastre total.


Por último, volviendo al cine actual, me viene a la cabeza Retrato de una mujer en llamas, porque entre esas dos mujeres maravillosas que nos presenta la película hay muchísimo amor y te lo transmiten y te cala hasta los huesos. Pero ya hablé de ella en el primer artículo -esta película vale para todo-, así que para no repetirme empecé a preguntar buscando otra que fuera reciente y romántica y no machista y preguntando, preguntando descubrí Call me by your name. Me la recomendó Anabel, mi editora y como está en Netflix lo tenía fácil. En esta peli el entorno también es muy bonito, nada más y nada menos que la famosa Toscana. Es lenta y no hablan mucho, pero no te aburres. Aquí son dos hombres de diferente edad los que se aman, un adolescente y un adulto de treinta y pocos guapísimo. Pero no te gustan por su forma de ser, ni porque sean guapos, te gustan por cómo se aman y lo bien que te lo transmiten. Y por eso se repite la misma sensación, acaba la película y te sientes enamorada del AMOR.


Y que no diga Belén Funes (me remito a la entrevista que se publicó aquí hace unas semanas) que no cree que el cine pueda cambiar el mundo: cambiar la forma en que los espectadores lo vemos es una forma de cambiarlo, y bastante poderosa. Estas dos últimas películas que menciono sería impensable que se hubiesen hecho hace cincuenta años, ni siquiera que a alguien se le hubiese ocurrido hacerlas. Algo bien estaremos haciendo.