Anna Pacheco y la virtud del artificio

Eudald Espluga


En un gesto inconsciente, y por ello tanto más revelador, el historiador Jordi Amat distinguía en una entrevista reciente entre “buenas novelas” y “nueva narrativa femenina”. Inconsciente, digo, porque no creo que fuese su intención establecer una categorización tan abiertamente ofensiva, sino simplemente destacar algo por otro lado evidente: que en las mesas de novedades cada vez es más fácil encontrar libros escritos por mujeres que utilizan la primera persona y que son agrupados bajo la etiqueta de “autoficción”, de “memorias” o directamente de “autobiografía”. Sin embargo, la distinción es reveladora porque incluso cuando se trata de ensayos o de novelas narradas en tercera persona, parece que el hecho de abordar cuestiones relativas a la experiencia de las mujeres facilite que esos libros sean adscritos a una corriente común de “nueva narrativa femenina”.


Así, más como reflejo de la estructura patriarcal de la crítica literaria que como lapsus linguae individual, la distinción entre “buenas novelas” y “nueva narrativa femenina” nos informa de la discriminación entre “temas universales” y “temas femeninos” que el feminismo lleva años denunciando. En Expuesta. Un ensayo sobre la epidemia de la ansiedad (Alpha Decay, 2019), la escritora británica Olivia Sudjic hace explícita esta problemática: “He dejado de contar las veces que un amigo, familiar o lector aleatorio habla conmigo de mi libro como si ambos supiéramos que no se trata de ficción. Como si fuera un diario o un manifiesto, el ‘yo’ femenino en el centro a menudo es tratado no como caracterización, sino como una extensión de mí misma”.


La destreza técnica de Anna Pacheco para urdir una mentira, para hacerla verosímil e incluso representativa de toda una generación, es la enésima demostración de lo absurda y ridícula que resulta la distinción entre “buenas novelas” y “nueva narrativa femenina”

Todo lo dicho hasta ahora quiere ser una larga introducción a Listas, guapas, limpias, de Anna Pacheco (Caballo de Troya, 2019). Basta con leer la primera frase para entender que ni tan solo es necesaria la presencia explícita de la primera persona para que las palabras de Sudjic tengan sentido; la voz narrativa nos resulta cercana, cálida, confidente, personal: “Lo mejor para dejar a un novio es que ese día te despiertes guapa”, empieza la narradora. Sin embargo, la naturalidad de la expresión, su modulación naif no tiene nada de inocente o espontánea. La autenticidad de Listas, guapas, limpias es una virtud de la ficción, del artificio, y no al contrario. La destreza técnica de Anna Pacheco para urdir una mentira, para hacerla verosímil e incluso representativa de toda una generación, es la enésima demostración de lo absurda y ridícula que resulta la distinción entre “buenas novelas” y “nueva narrativa femenina”, pues Listas, guapas, limpias es una buena novela precisamente por su capacidad para hacer que los lectores -y entre ellos muchos críticos- puedan llegar a leerla como una confesión atropellada y autobiográfica, como un arsenal de intuiciones adolescentes rescatas de viejos diarios y Fotologs.


Igual que las novelas de Lorenza Mazzetti o Erika Riemann, Listas, guapas, limpias funciona como un mecanismo milimétricamente diseñado para esconder los engranajes de la narración, para disimular el estilo y dar verosimilitud a las impresiones dispersas y apenas elaboradas de la protagonista. Por ello, la experiencia narrada se vuelve arrolladora, un torbellino de empatía que nos conmueve y nos equipara en el dolor y en el placer, en la duda y el miedo. Sin embargo, como en las mejores novelas de Henry James, estas emociones nunca se declaran ni se describen, sino que se disputan en un gesto, en la palabra fuera de lugar, en ese silencio que llega demasiado tarde. El lector, en consecuencia, se siente perspicaz, intrépido cazatesoros que con sus propias manos ha desenterrado ese miedo o esa duda, que los ha robado en un descuido de la autora, sintiéndose así legitimado a entonar ese cómplice “yo también”.


Lo que hace Anna Pacheco es señalar que la experiencia de las mujeres está siempre determinada artificialmente por relatos de género y de clase

Lo mismo puede afirmarse en el plano de las ideas, pues si bien Listas, guapas, limpias es en novela de formación mucho más que una novela de ideas, puede ser leída -y está siendo leída- como un alegato sobre la recesión y el desclasamiento, sobre criarse en el barrio o sobre la función de la universidad en el imaginario tardocapitalista. Sin embargo, las apreciaciones abiertamente políticas sobre género y clase también están presentadas de forma puntillista, diseminadas en conflictos y malentendidos, y son las de los personajes y no los de la novelista. Pienso que quizá lo subversivo de Listas, guapas, listas no debe buscarse en el alegato particular o la denuncia explícita, en lo estrictamente político que aparece en la novela -Hugo, el novio de la protagonista, entiende que la universidad funciona como un mecanismo de distinción cultural que lo alejará de ella-, sino en la triangulación entre perspectivas -es decir, en el hecho de que Hugo lo entienda antes que la propia narradora y que, como lectores, nos veamos obligados a repetir los silogismos con los que ella trata de entender sus propias decisiones-.

Dicho de otro modo: la político de Listas, guapas, listas no depende tanto del diagnóstico sociopolítico, del hecho de que pueda funcionar en tanto que crónica periodística ficcionalizada, como de su capacidad para cuestionar literariamente un relato hegemónico. No debemos olvidar que la literatura, y en especial la novela, es un medio que determina nuestro horizonte de expectativas tanto o más que cualquier noticia o realidad institucional inmediata, pues en ella están las herramientas narrativas con las que representamos el mundo, y con la que nos representamos a nosotros mismos en tanto que agentes: Eva Illouz lo llama “narrativas del yo”. Así, aunque no lo parezca, con esto volvemos al principio: a la distinción entre “buenas novelas” y “nueva narrativa femenina”, a la idea de que pueda existir una experiencia femenina inmediata, incluso en una novela, que no esté elaborada narrativamente. Porque desde ese “listas, guapas, limpias” que le repetía su abuela, lo que hace Anna Pacheco es señalar que la experiencia de las mujeres está siempre determinada artificialmente por relatos de género y de clase, y lo hace desde la virtud de ese mismo artificio: escribiendo una buena novela.