Aún somos el coño del futuro: breve historia del ciberfeminismo

Toni Navarro

Soda_Jerk/VNS Matrix

Nosotras hablamos al desprendimiento de los glaciares

decimos: (aún) somos el coño del futuro

infiltrando perturbando propagando corrompiendo

en una poética de locura goce y malestar


VNS Matrix, “Un hechizo con ternura para el Antropoceno” (2016)


En un artículo reciente, la periodista e investigadora Sanjana Varghese afirmaba que Internet necesita a las ciberfeministas más que nunca; explica que las amenazas a su pretendida neutralidad, los intentos constantes de privatización, fenómenos como la hombresfera (una red informal de blogs, foros y sitios web con contenido explícitamente misógino) o el extractivismo de datos hacen que “el pensamiento de estas predecesoras feministas siga siendo urgente y valioso” en la medida en que “ofrece una visión liberadora de un futuro alternativo, donde la tecnología se aprovecha y configura para otros fines más justos”.


Es cierto que para muchos el ciberfeminismo es ya un proyecto histórico que pertenece a otra época más entusiasta con las oportunidades que ofrecían las tecnologías digitales, que tras las críticas recibidas (además de los cambios sociotécnicos producidos en las últimas décadas) habría quedado obsoleto. Sin embargo, también se está produciendo un retorno a los discursos y prácticas ciberfeministas tanto en el ámbito teórico como en el artístico: nuevas corrientes reivindican su legado, siguen organizándose debates y exposiciones en todo el mundo, se publican catálogos y antologías… Pero antes de indagar en las causas de su regreso, es necesario repasar sus orígenes y tratar de reconstruir su historia, aunque sea de forma parcial e incompleta.


Si bien hay una influencia clara de textos como el Manifiesto cyborg de Donna Haraway o los trabajos de Sandra Harding sobre tecnociencia feminista, el término “ciberfeminismo” aparece a principios de los años 90 simultánea e independientemente de la mano de VNS Matrix y Sadie Plant. El colectivo artístico australiano VNS Matrix presentó en 1991 su célebre Manifiesto ciberfeminista para el siglo XXI, donde se autoproclaman “virus del nuevo desorden mundial”, “saboteadoras del ordenador central gran-papá”, “terminadoras del código moral” y “mercenarias del fluido viscoso”, para concluir que “el clítoris es una línea directa a la matriz”. Su objetivo principal era acabar con el imaginario dominante y marcadamente sexista de la tecnología y los entornos virtuales como algo aséptico y pulcro, contaminándolo con sangre, vísceras y fluidos; haciendo visible el cuerpo y hablando de sexo más allá de las fembots, las cyberbabes y otros fetiches masculinos. El lenguaje que usaban era poético y alejado de la terminología académica elitista que prevalecía en la cibercultura de la época: ellas preferían recurrir a la ironía, la provocación y la blasfemia.


Para demostrar la conexión entre mujeres y ordenadores tomaba como ejemplo las aportaciones de Ada Lovelace a los lenguajes de programación, además del importante rol de la tejeduría -una actividad asociada a las mujeres- que permitió la invención de la primera computadora del mundo.

Por otro lado, Sadie Plant ya estaba empleando el término (sin tener constancia del trabajo de VNS Matrix, que posteriormente despertaría su interés) en varios artículos antes de publicar el libro que la convertiría en referente teórico del movimiento, Ceros y unos. Mujeres digitales y la nueva tecnocultura. Para ella, el ciberfeminismo "sugiere que hay un vínculo íntimo y subversivo entre mujeres y máquinas, especialmente las nuevas máquinas inteligentes, que ya no están simplemente trabajando al servicio del hombre, como tampoco lo están ya las mujeres". Veía en la digitalización de la sociedad una forma de feminización, en la medida que favorecía estructuras no lineales, no jerárquicas, descentralizadas y rizomáticas: características que históricamente se habían atribuido a la mujer (0 o incompletud) frente al hombre (1 o totalidad) valiéndose del código binario con el que trabajan las computadoras como metáfora. Para demostrar la conexión entre mujeres y ordenadores (frente a la visión hegemónica que las consideraba esencialmente tecnófobas) proponía un recorrido por el papel que han desempeñado en su desarrollo, y para ello tomaba como ejemplo las aportaciones de Ada Lovelace a los lenguajes de programación, además del importante rol de la tejeduría -una actividad asociada a las mujeres- que permitió la invención de la primera computadora del mundo, la máquina analítica, al incorporar las tarjetas perforadas inicialmente ideadas para el telar de Jacquard.


Tras esta primera ola de ciberfeministas llegó su consolidación. El momento decisivo fue la Primera Internacional Ciberfeminista de 1997 organizada por Old Boys Network en Kassel, Alemania. Allí se decidió no definir el término y redactaron las 100 anti-tesis, una lista de definiciones negativas entre las cuales se encuentran algunas tan relevantes como “el ciberfeminismo no es una teoría”, “el ciberfeminismo no es una práctica”, “el ciberfeminismo no es una tradición”, “el ciberfeminismo no es usar palabras sin tener ni idea de números”, “el ciberfeminismo no es arte”, “el ciberfeminismo no es un -ismo”, “el “ciberfeminismo no es apolítico”, “el ciberfeminismo no es esencialista”, “el ciberfeminismo no es una sola mujer”, “el ciberfeminismo no va de juguetes aburridos para niños aburridos” o “el ciberfeminismo no tiene una sola lengua”.


Tras la Primera Internacional Ciberfeminista vendrían más encuentros: la 'Next Cyberfeminist International' de 1999 y la 'Very Cyberfeminist International' de 2002. Todos ellos iban acompañados de una publicación con textos ensayísticos, muchos de los cuales empezaban a reflejar voces críticas en el seno del movimiento que señalaban la omisión del racismo y su carácter marcadamente eurocéntrico. María Fernández denunció en Ciberfeminismo, racismo y corporeización que “la mayoría de las ciberfeministas concentran sus esfuerzos en los aspectos técnicos y políticos de los medios digitales e ignoran el racismo (...) que está presente en espacios digitales de formas visibles e invisibles”. Del mismo modo, Radhika Gajjala afirmó la necesidad de perspectivas tercermundistas que diesen cuenta de las complejidades de los contextos del sur global lejos de la noción de progreso vinculada a la tecnología, según la cual esta empodera por igual a las mujeres de todo el mundo y garantiza automáticamente un mundo más igualitario.


En su Manifiesto de la zorra mutante se preguntaban “¿Qué puede ofrecer el nuevo milenio a las mugrientas masas sin módem? ¿Agua potable por doquier? La simulación tiene sus límites”.

Más tarde aparecieron otras detractoras que no se reconocían ya dentro del ciberfeminismo. Quizás la más famosa es Judy Wajcman, que propuso usar un término alternativo: tecnofeminismo. Su crítica, centrada sobre todo en el trabajo de Sadie Plant, se basa en tres puntos: determinismo tecnológico (“el ciberfeminismo es postfeminismo, la propia tecnología sustituye la necesidad de programas de cambio social y político”); esencialismo (“más que pretender erradicar las diferencias de género [...] afirma positivamente la radical diferencia sexual de las mujeres, sus cualidades femeninas”); y descorporeización (“una política de la tecnología que promueva la emancipación requiere algo más que hardware y software; requiere wetware - cuerpos, fluidos y agencia humana”).


Sin pretender justificar las evidentes carencias y defectos, estas críticas son parcialmente rebatibles. Por ejemplo, sobre la cuestión del determinismo tecnológico es reveladora una entrevista a VNS Matrix donde una de sus integrantes, Julianne Pierce, se lamentaba de que “la obsesión con las tecnologías emergentes y el futuro ha alejado la atención de los problemas muy reales que impregnan nuestras múltiples culturas globales”, refiriéndose a la naturaleza del trabajo, la producción de alimentos y el abastecimiento de agua (ya en su Manifiesto de la zorra mutante se preguntaban “¿Qué puede ofrecer el nuevo milenio a las mugrientas masas sin módem? ¿Agua potable por doquier? La simulación tiene sus límites”). Por lo que respecta al esencialismo, es una de las acusaciones más frecuentes e incluso el título escogido para este texto, así como la afirmación de que el clítoris es una línea directa a la matriz, puede despertar reticencias. Virginia Barratt de VNS Matrix (en cuya web puede leerse que solo apoyan feminismos interseccionales e inclusivos con las personas trans/no-binarias) era consciente: “esto fue leído por muchos como esencialista, pero estábamos hablando del clítoris como tecnología”. En cuanto a Plant, cuando hablaba de la mujer o la feminidad lo hacía en términos de simulación o virtualidad, no desde una posición biologicista:


No hay una mujer auténtica o esencial, ningún “yo” para ser reclamado de un pasado perdido hace mucho tiempo, ni una subjetividad potencial para ser construida en el presente. Tampoco hay solo una ausencia o carencia. En cambio, hay una realidad virtual, un proceso emergente para el cual la identidad no es la meta sino el enemigo, precisamente lo que ha mantenido a raya la matriz de potencialidades de la cual las mujeres siempre han descargado sus roles. ('On the matrix', 1996)


El xenofeminismo, que parte de la idea de que la biología no determina el destino sino que se puede modificar tecnológicamente, es una de las nuevas corrientes que se reconocen como sucesoras.

También Plant rechaza la idea de los entornos digitales como inmateriales o descorporeizados cuando, en Los telares futuros, afirma que “no se puede escapar del cuerpo, de la carne, y el ciberespacio no es trascendente” - por no mencionar la viscosidad de VNS Matrix. Después de Wajcman, otras críticas han sido formuladas en términos estratégicos, especialmente a la indefinición de las 100 anti-tesis (cuya voluntad era construir un movimiento lo más inclusivo posible), a partir de la cual difícilmente puede articularse un movimiento político ambicioso y efectivo. Frente a esto, Helen Hester propone el modelo de las n-hipótesis en su ensayo Después del futuro (2018): una serie potencialmente infinita de afirmaciones positivas sobre cómo podría ser cualquier sucesor del ciberfeminismo o post-ciberfeminismo, asumiendo por tanto un compromiso directo y revisionario con el proyecto al examinar críticamente algunas de sus estrategias y entender qué elementos pueden ser resignificados para el presente. La primera de esas n-hipótesis que propone es la siguiente:


El xenofeminismo es una forma de posthumanismo tecnomaterialista, antinaturalista y abolicionista de género, que se basa en las ideas del ciberfeminismo. Su futuro no está tripulado.


El xenofeminismo, que parte de la idea de que la biología no determina el destino sino que se puede modificar tecnológicamente por medio del biohacking y otras prácticas enfocadas a la autonomía corporal de las personas trans y la justicia reproductiva para cuerpos gestantes, es por tanto una de las nuevas corrientes que se reconocen como sucesoras. En el Manifiesto Xenofeminista publicado en 2015 por el colectivo Laboria Cuboniks -al que Hester pertenece- aseguran que, si bien el potencial que ofrecía la naciente cultura de Internet (y que instigó el ciberfeminismo en los noventa) ha declinado en el siglo XXI, esto no significa que las sensibilidades ciberfeministas pertenezcan al pasado. Prueba de ello es que, a raíz de esta reactualización, han tenido lugar encuentros como la Primera Internacional Post-Ciberfeminista (ICA, 2017), exposiciones como 'Producing Futures: An Exhibition on Post-Cyberfeminisms' (Migros Museum für Gegenwartskunst, 2019) o se han publicado antologías como Ciberfeminismo. De VNS Matrix a Laboria Cuboniks (Holobionte Ediciones, 2019).


La recuperación de estos discursos no debería sorprendernos teniendo en cuenta que Internet aún presenta problemas específicos para las mujeres, desde el acoso en redes sociales a la protección de imágenes en línea; y, al mismo tiempo, cada vez son más las que lo utilizan como un espacio de reivindicación produciendo contenido explícitamente feminista, estableciendo alianzas y creando nuevas formas de solidaridad digital. Quizás el ciberfeminismo siga siendo necesario y VNS Matrix estén en lo cierto cuando dicen ser (aún) el coño del futuro.