Cien años de soledad: nuestra historia

Teresa Avendaño

Sé que son demasiados los que han oído hablar de Cien años de soledad y sé que son muchos los que han leído —algunos repetidas veces— la obra. Sin embargo, creo que hay novelas sobre las que nunca está de más escribir. También sé que cualquier cosa que pueda decir aquí, ya se ha dicho anteriormente. El problema es que yo también quiero escribir sobre esto; yo también necesito hablar sobre lo que supuso leer una historia tan real como mágica.

Han pasado algunos años desde la primera vez que cogí y dejé —todo en la misma semana—Cien años de soledad. No era el momento y lo supe desde el principio: demasiados nombres que se mezclaban, demasiados personajes similares, una aldea que no conseguía imaginarme y una curiosidad por el hielo que mi mente dispersa no terminaba de entender. Los Buendía, por aquel entonces, no pudieron hacerse un hueco en mi cabeza. Fue más tarde, ya con veinticuatro años, cuando encontré de casualidad la edición del cincuenta aniversario ilustrada por Luisa Rivera. Supe, sin ninguna duda, que era el momento de empezarlo. Esta vez de verdad.

Toda historia tiene un espacio donde todo sucede y fluye. Aquí, Macondo, una pequeña aldea, se convierte a lo largo de las páginas en uno de los principales protagonistas. Se convierte en el lugar donde nace la familia Buendía, donde el coronel Aureliano Buendía conoce el hielo, donde Melquíades sorprende al mundo con nuevos inventos como el imán, donde Arcadio es fusilado y las guerras civiles parece que nunca cesan. Era una época tan lejana que ni siquiera las cosas tenían nombre propio y para referirse a ellas la gente las señalaba con el dedo. Al final, según avanzaba la vida de los Buendía, Macondo avanzaba con ellos. Recreándose a sus anchas y convirtiendo un simple claro junto al río en un lugar donde el tiempo se deformaba y los cien años de la familia parecieron un simple instante. Un siglo lleno de incestos, soledad y realismo mágico. Un siglo concentrado en breves momentos cotidianos, donde el pasado era mentira, la memoria no podía regresar y el amor era una verdad fugaz.

Inevitablemente, el asunto sobre la existencia humana acompaña a las diferentes generaciones de la familia Buendía y, como no podía ser de otra forma, nos lleva a plantearnos nuestra propia existencia y consigue que algunos temas como el capitalismo, la violencia o las catástrofes estén en nuestro punto de mira a lo largo de toda la narrativa. García Márquez consigue incorporar hechos fantásticos en el día a día del mundo, consigue dar una mirada más ilusoria a las desgracias que acontecen cotidianamente. Sus palabras llevan al extremo los miedos más concurridos de las personas. Así ocurre con la vejez y el personaje de Úrsula —matriarca de la familia— quien sobrevive durante más de un siglo a las nuevas generaciones de los Buendía y que es la viva imagen de la nostalgia, la sabiduría, el olvido y la soledad: aspectos que van de la mano del paso del tiempo. Algo parecido demuestra el escritor con el sentimiento de pertenencia y de cómo las personas tienen la necesidad de echar raíces en su hogar. Macondo pasa de ser una pequeña aldea a convertirse en el centro de la historia, alrededor del cual giran todos los acontecimientos.

No puedo resumir Cien años de soledad porque no le haría justicia. Solo puedo preguntarme —aunque tampoco sea del todo justo reducirlo a una simple cuestión— cómo es posible que se haya escrito una historia ajena a todos nosotros y hayamos tenido la oportunidad de hacerla tan nuestra. Pues bien, tengo la sensación de que es posible porque José Arcadio le explica a Aureliano que el amor es como un temblor de tierra; consiguiendo, así, una plena identificación con los personajes. Es posible porque José Arcadio Buendía no gritaba de alegría por haber hallado la piedra filosofal con sus experimentos, sino por el regreso de Úrsula a la casa. Es posible porque Arcadio nos demuestra que a la muerte no hay que tenerle miedo, sino nostalgia: nostalgia por la vida y porque perderla provoca una incertidumbre desgarradora. Es posible porque Úrsula sobrevive a todos los Buendía, enseñándoles que el tiempo pasa, mientras que Aureliano admite que el tiempo pasa, pero no tanto. Es posible porque el coronel Aureliano Buendía sonríe mientras cuenta que nadie se muere cuando debe, sino cuando puede. También es posible porque la misma Úrsula siente que la realidad se le escapa de las manos; porque Macondo se está acabando pero sin terminar de acabarse jamás y porque Aureliano consigue imaginarse las terrazas de Montparnasse llenas de enamorados y la habitación donde La Maga vio morir al pequeño Rocamadour.

Los problemas de la humanidad se ven reflejados en cada rincón de la obra: la pobreza, la economía, las guerras, el odio político. A pesar de ser representados desde un prisma fantástico, el tiempo cíclico de toda la historia nos lleva a pensar que la misma humanidad repite constantemente aquellos errores que tanto daño han hecho. Por ello, con el paso de los años, nos hemos apropiado de esta historia. Porque sus conflictos son los nuestros y, a pesar de tener que remontarnos algunos siglos atrás para regresar a los inicios de esta memoria, la soledad siempre ha existido y siempre ha sido la misma. Y por eso creamos y seguimos creando luchas y enfrentamientos, para aferrarnos a una protección que consiga que la soledad no se quede dentro de nosotros.