Clitemnestra, Villanelle y otras mujeres (fascinantes) que matan

Berta Gómez Santo Tomás


A la izquierda Clitemnestra representada por John Coliier y a la izquierda la obra 'Judit decapitando a Holofernes' de Artemisia Gentileschi.

La Orestíada de Esquilo, es una trilogía de tragedias que cuenta la historia de la maldición de la casa de Atreo, y junto a ellos aparece y se desarrolla la idea de Dike, la justicia.


En resumen -y sabiendo de antemano que resumir los mitos puede ser una trampa- La Orestíada narra una sucesión de actos vengativos: después de que Agamenón sacrifique a su hija Ifigenia para que los dioses le permitan partir hacia la batalla de Troya y ganarla, el héroe regresa victorioso de la guerra y se reúne con su mujer Clitemnestra que, en su ausencia, ha desempeñando el mando en la ciudad de Micenas. Sin embargo, a Clitemnestra -como es normal- no le hace ninguna gracia que Agamenón haya matado a su primogénita y que, además, le parezca una gran idea regresar de la guerra acompañado de una amante. Así que la misma noche que llegan asesina a ambos. Su hijo Orestes no acepta esta venganza y, con la ayuda de su hermana Electra, mata a su propia madre, Clitemnestra. Horrorizado por su crimen, Orestes es perseguido por las Erinias (representantes de la justicia vengadora y los derechos del linaje materno) hasta llegar a Atenas. Allí, en el Tribunal de Areópago, gracias a la intervención de Apolo y Atena, los dioses de la Razón, Orestes es absuelto del asesinato; y el mito servirá, hasta hoy, para explicar la ineficacia de la revancha y el comienzo de la justicia en la polis.


También Clitemnestra invoca la justicia antes de asesinar a Agamenon, ¿por qué la suya se representa como una venganza violenta y cruel mientras que el asesinato de Ifigenia es tratado como un daño colateral en la defensa de la ciudad?

Hasta aquí La Orestíada como ha sido representada una y otra vez en las obras de historiadores, pintores, pensadores, filósofos y literatos: un documento recurrente para explorar y reflexionar sobre la necesidad de poner fin a las espirales de violencia y venganza, estableciendo un régimen de justicia patriarcal indiferente a los intereses de los protagonistas. Y hasta aquí, Clitemnestra ha sido poco más que una figura denostada que, de hecho, ni tan solo da nombre a ninguna de las tres tragedias que componen la historia. O al menos así ha sido hasta que el feminismo de la segunda mitad del S.XX lanzó una pregunta crucial que solo podrá ser contestada con muchas otras: ¿Por qué se condena a Clitemnestra y se absuelve a Orestes? ¿Por qué una venganza es recluida en el ámbito privado y la otra se convierte en ley pública? Si también Clitemnestra invoca la justicia antes de asesinar a Agamenon, ¿por qué la suya se representa como una venganza violenta y cruel mientras que el asesinato de Ifigenia es tratado como un daño colateral en la defensa de la ciudad?


Como cuenta la filósofa feminista María Xosé Agra en ¿Olvidar a Clitemnestra? Sobre justicia e igualdad cuando se castiga a esta madre se pone en evidencia que las aptitudes de inteligencia y poder político en una mujer son una amenaza para la propia existencia de los hombres: “La mujer inocente debe ser sacrificada, la mujer poderosa debe ser eliminada, y el varón debe ser exonerado de ambos crímenes para fundar el orden patriarcal de la ley”. Lo que nos dice Xosé Agra es que sería igualmente justo haber escuchado sus razones para el asesinato y entender así que “Clitemnestra representa el dolor de una madre”. En esta lectura tampoco podemos olvidar la función didáctica que la tragedia tenía para el pueblo de Atenas: la representación de su castigo servía como advertencia para aquellas mujeres que tratasen de imitarla.


Sí, las mujeres también matan


A pesar de que esta madre vengativa aparece y reaparece casi como un objeto obsesivo en distintas obras feministas, siempre se hace teniendo en cuenta lo difícil que es reclamarla como modelo. “Es una madre y una asesina de su marido y de una mujer, Casandra, la amante de su marido. Adúltera para unos, para otros tirana, o una mujer vengativa, celosa, que representa lo peor que puede ocurrir cuando una mujer no asume su lugar. Clitemnestra porta el hacha y detenta el poder, pero también mece la cuna, es terriblemente madre, como diría N. Louraux. Pero, ¿qué es lo que la hace tan fascinante?”, se pregunta la filósofa.


Podría ser, como se deduce en las revisiones del mito hechas por Kathleen L. Komar, que Clitemnestra sea un poderoso arquetipo, la imagen de una mujer violentamente activa que fascina a la cultura occidental. Pero para Xosé Agrá la cuestión sería preguntarnos si, además, es un arquetipo a imitar; y no por su forma de ejercer la violencia, sino por la complejidad que otorga a lo femenino, “es inteligente, habla, gobierna, es madre, tiene un amante, asesina a su marido y a su amante, no se arrepiente y es condenada a la soledad y a la infamia aún en el reino de los muertos”. En definitiva, lo que demuestra Clitemnestra cuando mata es que es un ser humano.


Si nos acercamos un poco más al presente, tendríamos a nuestra Clitemnestra del s.XXI en la serie Killing Eve (HBO): Villanele es una psicópata asesina que trabaja más para ella misma que para cualquier otro.

Que su figura siga estando en las conversaciones del s.XXI puede entenderse porque todavía los casos de mujeres asesinas son excepcionales. El primer informe nacional sobre el homicidio en España (2018) muestra que el 62% de los asesinatos se produce de hombres a hombres; el 28%, de hombres a mujeres; el 7%, de mujeres a hombres; y el 3%, de mujeres a mujeres. Es innegable que los hombres matan mucho más, y esto ha sido aprovechado en muchas ocasiones para dar respuestas cargadas de esencialismo, que condenan a las asesinas no solo por sus crímenes, sino por tratarse de seres desviados.


En mayo de 1993, la enfermera Beverley Allitt, conocida en los medios como el "Ángel de la Muerte', fue hallada culpable del asesinato de cuatro niños y de hacer daño a otros tantos. El 5 de mayo, en un diario del Reino Unido, se dijo: "La naturaleza femenina es cuidar, no lastimar. Y en general suele ser así. Incluso hoy en día, la violencia es una especialidad masculina. Se supone que las enfermeras han de ser el paradigma del cuidado femenino. Son la niña bonita de los titulares de prensa. Cuando las mujeres hacen cosas así, resulta antinatural, vil, una perversión de su propia biología."


Pero, ¿qué es lo que la hace tan fascinante?


Si nos acercamos un poco más al presente, tendríamos a nuestra Clitemnestra del s.XXI en la serie Killing Eve (HBO): Villanele es una psicópata asesina que trabaja más para ella misma que para cualquier otro. También es guapa, fuerte, inteligente, vengativa, lesbiana, y lo que resulta más interesante: es una mujer femenina en todas sus formas, y eso hace que resulte tan llamativo -¿y fascinante?- que mate sin piedad. Disfruta y nos hace disfrutar viendo la sangre derramarse de los cuerpos, y nos deleita con un ensañamiento especial cuando se trata de hombres. Villanele repite sin parar que no tiene miedo y es capaz de demostrarlo. Con su media sonrisa y los ojos en blanco, está constantemente descargando su condescendencia hacia un espectador que, como muchos de los personajes que la rodean, siempre están esperando de ella otra cosa: que se arrepienta, que se controle, que se muestre compasiva, que comprenda finalmente que hay una justicia que está por encima de ella.


Si dijéramos que mujeres como Clitemnestra o Villanele sirven únicamente para dejar constancia de que podemos matar -y que esto las convierte de alguna forma en un modelo a seguir- estaríamos reduciendo al absurdo su complejidad. En sus asesinatos no encontramos una resolución a la proclama feminista ‘Ante la duda, yo la viuda’, sino una aniquilación directa y sin arrepentimiento del orden patriarcal en nombre de una justicia particular. Lo que une a Clitemnestra y Villanele es que ambas están hartas de que hombres engreídos, idiotas y sin talento tengan el poder -por no decir simple y llanamente que están hasta el coño-  así que acaban con ellos. Solucionan el problema y consiguen al mismo tiempo hacerse con el poder. Pero, ¿es eso lo que las hace tan fascinantes?


La misma pregunta sobrevuela estas líneas que escribió Marguerite Youcenar adoptando la primera persona en un supuesto juicio a Clitemnestra: “Maté a aquel hombre con un cuchillo, dentro de la bañera, con ayuda de mi miserable amante que ni siquiera era capaz de sujetarle los pies. Ya conocéis mi historia: no hay ni uno de vosotros que no la haya repetido veinte veces al acabar la copiosa comida, acompañada del bostezo de las sirvientas, ni una de vuestras mujeres que no haya soñado alguna vez con ser Clitemnestra. Vuestros pensamientos criminales, vuestras ansias inconfesadas, ruedan por los escalones y vienen a derramarse en mí, de suerte que una especie de horrible vaivén hace de vosotros mi conciencia y de mí vuestro grito”.


Y Killing Eve lejos de responder, retuerce aún más el interrogante, ¿queremos ser como ellas o queremos que nos deseen?