Cuaderno de lecturas: julio 2020 [posmodernidad]

Eudald Espluga


Escribe Ágnes Heller en un ensayo extraordinario: “quien ríe y llora tiene un mundo; mientras riamos y lloremos, tendremos un mundo”. 


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En realidad, el texto de Heller no es un ensayo sino una conferencia, la primera de las diez que dictó en 2004 en la Universidad de Girona, y que ahora ha publicado Arcàdia editorial en un libro titulado El món, el nostre món. Su primera intervención giraba alrededor de una pregunta estrictamente filosófica, que Heller no llegaba a formular nunca, pero que poco a poco iba desgranando: ¿qué significa tener un mundo?  


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Desde 1989, la Cátedra Ferrater Mora organiza cursos de pensamiento contemporáneo con algunas de las figuras más prestigiosas del mundo: Noam Chomsky, Agnès Varda, Eric Hobsbawm, Seyla Benhabib, Peter Singer, Jane Goodall, Zygmunt Bauman, Richard Rorty o la misma Ágnes Heller, por citar solo algunos. Yo empecé a estudiar filosofía en la Universidad de Girona cuatro años después de la visita de la profesora húngara. Por aquel entonces todavía no conocía su obra, como tampoco conocía la del italiano Gianni Vattimo, que era el invitado de ese año. Las lecciones se celebraban en octubre, apenas quince días después de empezar la carrera, y se llevaban un título fuertecito: ‘Fenomenología, hermenéutica, ontología de la actualidad’. En ese momento apenas sabía nada de Heidegger, la hermenéutica, el pensamiento débil o del debate filosófico en torno a la posmodernidad, de modo que en las conferencias no entendí ni una palabra. Aún conservo las notas que tomé, y descubro que hasta la quinta sesión no empecé a coger apuntes de forma más o menos consistente, anotando comentarios vagos y bastante ingenuos: “8 de octubre de 2008. El sentido de la condición actual del ser es el nihilismo”. 


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Sorprendentemente, de la octava sesión solo tengo apuntadas dos frases, sin solución de continuidad, que parece poco verosímil que Vattimo pronunciase tal cual: “el hombre es un acontecimiento histórico, una suma de interpretaciones. La muerte es el cofre del ser.”


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Pero volvamos a 2004. Ágnes Heller dedicó la última de sus conferencias a la posmodernidad. La filósofa pretendía examinar con distancia y desapego las encendidas polémicas de los años ochenta entre partidarios y detractores, señalando lo que consideraba el eje fundamental del pensamiento posmoderno: su tendencia a la destotalización. Para Heller la posmodernidad conlleva un cambio de perspectiva, una disputa sobre la propia capacidad de conocimiento, que nos obliga a poner en duda la posición desde la que observamos el mundo, la relación que tenemos con él. La posmodernidad implica, por lo tanto, una apertura a la contingencia, a la pluralidad de mundos, verdades e historias, desde la finitud y la parcialidad del sujeto. La filósofa rechaza la grosera interpretación de la posmodernidad como una fiesta de relativismo nihilista, hecha de autocomplacencia y frivolidad, que suprime todas las normas sociales y reniega de cualquier código moral que no sea el del consumismo. A ojos de sus críticos, la posmodernidad es poco más que la traducción cultural del capitalismo financiero y la globalización neoliberal. Pero el pensamiento posmoderno -más allá de algunas de sus expresiones artísticas y culturales- nunca ha dicho “todo vale”, ni ha rechazado las posiciones emancipadoras, negando de toda acción política posible. Escribe Heller: “visto desde la perspectiva destotalizadora de los posmodernos, el mundo es frágil, y apenas sabemos nada de su futuro. Esta es otra razón para creer que la acción, al decisión y la evaluación pueden ser relevantes.”


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Hoy estamos viviendo una nueva querella contra los posmodernos. Cada vez que alguien escribe un artículo o un hilo de Twitter en contra de los “posmos” siento un fogonazo de vergüenza ajena. Es terrible, pero no puedo apartar la mirada. Me pasa como con los antiguos programas de Impacto TV que se dedicaban a emitir aparatosos accidentes de coche, deflagraciones de edificios, explosiones inesperadas. La diferencia es que allí nadie acababa muerto o malherido: intelectualmente hablando, no puede decirse lo mismo de nuestros críticos de la posmodernidad. 


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¿Podemos pensar en la posmodernidad sin pensar en la muerte, en la conciencia de nuestra propia vulnerabilidad? Dicho así suena raro, pero algo de esto debía estar diciendo Vattimo cuando yo apunté “la muerte es el cofre del ser”. El filósofo italiano ha sido uno de los mejores intérpretes y divulgadores de la idea heideggeriana del ser para la muerte, es decir, de la idea que los humanos somos constitutivamente insuficientes, abiertos al tiempo, limitados por la finitud, condenados a una experiencia contingente del mundo. En 1983, Gianni Vattimo publicó El pensamiento débil, libro en el que utilizaba todas estas ideas para exponer su visión de la posmodernidad: la caída de los grandes metarrelatos, que era como Lyotard había empezado a definir la posmodernidad, tenía que ver con la apertura del pensamiento a una multiplicidad “débil”, a un pluralismo ético y ontológico, que no debía entenderse como debilidad de convicciones, como claudicación frente a toda pretensión de verdad, como pasotismo derrotista e irónico, sino como reacción a los relatos metafísicos que creían que podían explicar el fundamento último del mundo. 


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En La razón estética, Chantal Maillard escribe esto a propósito de la posmodernidad y el pensamiento débil: “una razón débil no ha de considerarse una razón disminuida. Una razón débil es una razón vulnerable -de principios no rígidos- cuya fuerza estriba precisamente en su vulnerabilidad.” 


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También Ágnes Heller habla de muerte, vulnerabilidad compartida y de la necesidad de acabar con la ficción filosófica del hombre autárquico, que puede vivir de forma absolutamente independiente, sin la ayuda de los demás. A todo esto se refiere cuando utiliza la expresión “tener un mundo”: “tenemos un mundo cuando participamos en los vínculos de dependencias emocionales recíprocas”. Para Heller, vivir significa compartir necesidades, y tenemos necesidades en la medida que nuestros cuerpos son frágiles y están expuestos a la muerte. Tener un mundo significa aceptar que nunca podremos conquistar la realidad en sí misma, que siempre habrá alguna tensión entre nosotros y lo que nos rodea, que nunca habrá un encaje perfecto entre nuestra experiencia y el todo: tener un mundo no significa lo mismo que conocer el mundo. Escribe Heller: “el ajuste no tiene nunca buenos resultados si no deja alguna línea de ruptura. Queda una tensión. En la mayor parte de nuestra experiencia del mundo convivimos con esta tensión, que se expresa mediante la risa y el llanto, y que también desaparece con ellos. [...] En ambos casos expresamos la incapacidad de entender esta tensión. Pero tendremos un mundo, y el mundo nos tendrá a nosotros. Pasamos de ser extraños a ser cautivos. Esto quiere decir que solo podemos abandonar el mundo cuando morimos.”


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El 19 de julio del año pasado, Ágnes Heller salió a pasear por Balatinalmádi, localidad a unos cien kilómetros de Budapest, y se adentró nadando en las aguas del lago Balaton. Nunca volvió. Sus amigos la esperaron en vano en la casa de veraneo de la Academia de las Ciencias de Hungría. Jürgen Habermas, amigo de la filósofa, se despidió con estas palabras: “ella no habría hecho ninguna lectura romántica [de su final]; pero, si se me permite tener un pensamiento de consolación, creo que habría preferido morir justamente de esta manera, de un golpe inesperado de la muerte.”


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¿Podemos leer el tratamiento afectuoso que Ágnes Heller dispensa al pensamiento posmoderno como una consecuencia más o menos directa de su antropología relacional? Leyendo en paralelo ambas conferencias, parece evidente que la destotalización posmoderna combina muy bien con su visión del mundo como un juego de dependencias emocionales recíprocas, siempre abierto a la contingencia y a la muerte. “Como ya hemos dicho”, puntualiza Heller, hablando de la pluralidad de mundos que pueden habitar y ser habitados por una misma persona, “me refiero a diferentes formas de vida con sus diferentes convicciones sobre la verdad y la falsedad, la bondad y la maldad, la justicia y la injusticia, y en especial sobre lo sagrado y lo profano.” 


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El deseo no se puede excluir de este juego de dependencias y relaciones mediante las que llegamos a tener un mundo. Pensaba en ello mientras leía Caliente, un ensayo todavía inédito de Luna Miguel, donde entre muchas otras cuestiones relacionadas con el cuerpo, el placer y la escritura, se plantea la posibilidad de pensar la vulnerabilidad como en una condición habilitadora, capaz de generar belleza y pensamiento -las palabras son de Paul B. Preciado-, y no como una debilidad, una falta o una insuficiencia. Luna destaca la relación entre vulnerabilidad y exposición a la mirada de los demás, haciendo una genealogía literaria de aquellas autoras que han problematizado el deseo sexual a la luz de esta ideas, a través de las palabras: Chris Kraus, Joyce Mansour, Gabriela Wiener, Anaïs Nin, Anne Sexton, Luciana Peker. Es desde esa experiencia narrativa que reflexiona sobre la ambigüedad que entraña el hecho de escribir sobre la vulnerabilidad, ya sea desde el placer o desde el dolor: ¿resulta humillante? ¿por qué resulta humillante? ¿por qué la exposición pública de esta red de interdependencias puede llegar a ser tan incómoda como tranquilizadora?


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Si le hicieramos estas mismas preguntas a Ágnes Heller, supongo que su respuesta sería algo así: tener un mundo también significa vivir en la tensión de sus límites, entre la risa y el llanto, sin dejar que esa tensión se convierta en abismo. 


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Cuando decidí empezar a escribir un diario de lecturas, no sabía qué forma darle. Quería que fuese un texto fragmentario que aglutinara comentarios críticos, citas que me hubieran gustado, reflexiones propias y todo tipo de intuiciones, incluso anécdotas autobiográficas, casi como si fueran las ideas que habitualmente voy apuntando en el cuaderno de notas del móvil. No fue hasta que leí Caliente que entendí cómo podía encajar todas las piezas que ya tenía: esta estructura por puntos es una copia, una imitación. 


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A propósito de la importancia del formato, recuerdo las palabras de César Aira: “un mínimo de experiencia enseña que la idea no será realmente una idea hasta que esté redactada, pero igual uno se aferra a creer que es una idea ya, y por serlo es una buena idea, en ese formato sin sintaxis, sin las palabras justas y en orden.”


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Explica Ánges Heller que si el debate sobre la posmodernidad llegó a interesarle fue gracias a su amigo David Roberts, “un conversador entusiasta”, que especialmente cuando se trataba de arte, le obligaba a tomar partido: “él necesitaba persuadirme, aunque fuera solo para que yo fuese capaz de escuchar, de mirar, de estar atenta. Lo hizo no solamente con argumentos.  Me dejó escuchar grabaciones -por ejemplo, Einstein on the Beach- y nos compró entradas para ir a ver teatro experimental; me hizo escuchar, me hizo mirar. Y se salió con la suya”. 


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¿Cuántas ideas nacen de esta tensión junto a otras personas, de la necesidad de explorar conjuntamente la risa y el llanto, de la imposibilidad de compartir mundo sin romper las paredes del nuestro? Escribe Heller: “las puertas del mundo están abiertas. Podemos ir de un mundo a otro, entrar a ver diferentes mundos Pero nuestra vida tiene fronteras, y por lo tanto nos debemos autolimitar las excursiones de un mundo a otro. Posiblemente, también hoy, la sabiduría tiene que ver con algún tipo de autolimitación. No sacrificamos el cuerpo por el alma, pero de todos modos debemos sacrificar alguna cosa: un mundo o el otro.”



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Recuperar la obra de Ágnes Heller es importante por muchos motivos, pero creo uno de los más relevantes es que permite abordar el pensamiento posmoderno desde una perspectiva menos caricaturesca de lo que es habitual, y sin tener que recorrer a las tesis posestructuralistas. Quizá mi lectura retuerza un poco sus palabras; no mucho, pero lo suficiente para ajustar su visión de la posmodernidad a una antropología de la dependencia, y conectar así su obra con la de Alasdair MacIntyre, Martha Nussbaum, Chantal Maillard, Richard Rorty o Iris Murdoch. Creo que en las conferencias de El món, el nostre món hay material suficiente para trazar este puente. O quizá no. A lo mejor simplemente quiero persuadirme, y persuadir al lector, con la esperanza de que juntos, siguiendo a Heller, aprendamos a escuchar, mirar, leer, imitar, discutir y escribir de otro modo.