Déjame que te cuente...

Paz Santo Tomás

Creo que al final voy a dejar este título. Me gusta cómo queda, es como pedir permiso.

Hay que reconocer que las personas mayores - las que nacimos hace unos cuantos años- a veces nos ponemos un poco pesaditas hablando de nuestros tiempos. En nuestros tiempos, en mi época. Estos también podrían ser títulos, pero me parecen expresiones que no tienen mucho sentido: ¿por qué van a ser “mis” tiempos y “mi” época? ¿Solo cuenta cuando eres joven? Mi tiempo será mi vida entera, desde que nazco hasta que muero.


Otra opción que valoré fue The times they are changing, por la canción. Pero luego vi que Dylan habla de las personas que no quieren que las cosas cambien o se niegan a admitirlo. Y yo quiero hablar de la evidencia de que las cosas cambian. Esta idea es la que realmente me alucina: tengo la impresión de que eso que llamamos Mundo ha cambiado mucho en poco tiempo.


Lo que voy a contar quiero que sea verdad y que se base en experiencias vividas en primera persona: en cómo era mi entorno, en recuerdos de esos que se tienen grabados a fuego en la memoria, anécdotas que has oído contar más de una vez... Y prometo no mentir, ni siquiera exagerar, palabrita del Niño Jesús, como se decía antes. Antes, esta palabra también podría servir para título porque seguro que aparece muchas veces.


Cada mes me centraré en un tema, y os contaré cómo eran las cosas entonces. Eso sí, espero que se note en todos los comentarios que soy feminista; tengo que aclarar que todavía me cuelan muchos micromachismos, pero cada día aprendo. Por supuesto soy ecologista, y estoy totalmente en contra (por no decir que odio) del sistema este que tenemos, mal llamado capitalismo liberal. Debería llamarse sálvese quien que pueda y vale pisar cabezas.


Y ya os digo: creo que las diferencias entre el mundo de la juventud de mi madre y el de la mía son muchas menos que las que hay entre el mundo de mi hija y el mío. ¿Para mejor?, ¿Para peor? Pues no lo sé, pero antes las cosas eran muy distintas.



CAPÍTULO 1.


¿Qué ha pasado? ¿Por qué se fabrican tantas cosas? Antes solo había una marca de yogures y de un solo sabor; dos marcas de detergentes y uno era para lana; dos marcas de jabón, uno líquido y otro en pastilla.

A mi madre, en el pueblo donde veraneábamos, le preguntaban qué nos hacía para que tuviésemos el pelo tan brillante: mi madre contestaba que era porque nos lo lavaba con champú. La mayoría de la gente usaba solo jabón Lagarto, el mismo con el que fregabas los cacharros, se lavaba la ropa, se limpiaban los muebles... Creo que todavía lo venden. Cuando apareció el shampoo -se escribía así porque es un invento americano, luego pasaría al castellano como champú- solo había una marca: Sunsilk. Y ahí terminaban todos los productos capilares, esos que ahora ocupan un pasillo de cincuenta metros en cualquier hipermercado. Todo un mundo de posibilidades, en unos recipientes a cuál más atractivo, prometiendo unos resultados maravillosos. Antes no había supermercados: los productos de alimentación se compraban en la tienda de ultramarinos. Y los perecederos -fruta, carne, pescado...- en el mercado, si eras de ciudad; o a los vendedores ambulantes si vivías en un pueblo.


Imaginaos la siguiente escena: un hombre, llevando de la cuerda a un borrico con las alforjas cargadas hasta los topes, se pasea por las calles gritando: pataaatas, tomaaates, cebooollas, calabaciiines. Salías a la puerta de tu casa, llamándole a voces, y tirando de su borrico se acercaba a venderte a precio de veraneante -siempre me imaginé que a los del pueblo se lo cambiaría por otras cosas o se lo vendería más barato- todo lo que acababa de coger de la huerta.


Otro día oías: mielero buena mieeeel, buena mantequilla y buen queso y lo mismo, solo que este señor entraba hasta dentro de la casa porque no llevaba borrico. Él mismo cargaba a sus espaldas con dos bultos azules a modo de bombonas de oxígeno, aunque mucho más grandes. Dentro de uno de los bultos llevaba un enorme recipiente de madera lleno de miel, y en el otro, un saco con un queso manchego y un trozo enorme de mantequilla, ambos envueltos en unos trapos blancos limpísimos. ¿Por qué no se derretía la mantequilla? Ni idea. ¿Cómo conseguía pasar la miel desde el enorme tarro al pequeño recipiente que le daban en las casas? Magia.


¿Y la leche? En Madrid la leche se vendía en las lecherías, unas tiendas en las que solo se vendía eso: leche. Bajabas con la lechera y te la llenaban. En los pueblos ibas directamente a los establos, donde estaban las vacas, y te echaban la leche de unos cubos que estaban ahí, al ladito de las boñigas. Luego cada uno en su casa tenía que hervir la leche un buen rato, no recuerdo exactamente cuánto, pero mucho. En la parte de arriba se iba formando un capa de grasa blanca, pura nata que algunos se untaban en pan. Si luego lo espolvoreabas con un poco de azúcar por encima o con un poco de la miel del Mielerobuenamiel, aquello estaba de muerte. Y si tu madre se enrollaba y hacía galletas con esa nata, entonces ya podías matar a uno de tus hermanos como se comiera media galleta más que tú. Todavía tengo recuerdo de ese sabor, parecido al de las galletas danesas pero a lo bestia.


Me acuerdo de cuando aparecieron los Todo a 100, nombre que venía a significar que todo lo de la tienda costaba cien pesetas, 60 cts. de euro. Ahí ya era yo más mayor; mis hijos todavía eran niños pequeños y les encantaba ir. Yo les decía: coged algo, pero solo podéis elegir una cosa. Se recorrían la tienda de arriba a abajo y tan pronto escogían un enchufe, como una flor de plástico.


¿Y la ropa? Antes casi todas las amas de casa sabían coser y en todas las casas había máquina, y si no, pues a la modista o al sastre los hombres, que hasta eso se hacía por separado. En mi casa, un día a la semana venía Maruja, la costurera. Ella nos hacía toda la ropa: desde los uniformes del colegio, hasta un camisón o los disfraces. Las bragas, camisetas de interior y calcetines, las hacía mi abuela a ganchillo. También estaba el Corte Inglés, que empezaba a tener fama de que allí podías encontrar cualquier cosa.


Y de pronto empiezan a aparecer las boutiques o tiendas de ropa prêt-a-porter: para los que no lo han oído nunca, es una expresión francesa que viene a decir lo coges y te lo llevas. Suena a que te lo llevas sin pagar, pero quiere decir que ya no hace falta tomar medidas, sacar los patrones, coser, probar, retocar, lo tienes ahí, ¡ya hecho!, te lo pruebas y si te queda bien te lo llevas. ¡Genial! En poco tiempo abrieron un montón de boutiques.


Y llegó Blanco: fue de las primeras tiendas que empezó a fabricar la ropa que vendía. Según las malas lenguas, copiaban los modelos de París y luego con peores telas hacían la versión industrial. Eso les permitía vender a precios más bajos cosas muy modernas. A mí personalmente me encantaba, pero claro, solo iba de compras por mi cumpleaños; Maruja seguía viniendo a casa.


De ahí hemos pasado a calles enteras con tiendas de ropa en las dos aceras, a veces hasta repetidas y a los centros comerciales, que aparecerían más o menos por la misma época que los Todo a 100. En un centro comercial hay de todo, el espacio para el público es amplio y las puertas de las tiendas o no existen o están abiertas. Puedes pasear, sentarte, mirar... Vamos, que puedes ir a pasar la tarde. Creo que esto es el origen de que ir de compras se haya convertido en una actividad de ocio.


Hay que comer, hay que vestirse, hay que renovar el menaje, hay que comprar algún regalo de vez en cuando...Vale, hasta ahí todo aceptable; pero se compran muchas cosas que no hacen falta y lo que es peor, se fabrican muchas cosas que no valen para nada. Y claro, una vez que se han fabricado hay que venderlas sea como sea, y aquí es donde aparecen las estrategias de marketing, la publicidad... algo que tampoco había antes y ahora se estudia en la universidad. En el imaginario de un mundo mejor (mejor para mi gusto, vaaale) lo que veo es que nadie te dice que tener esto o aquello es estupendo: veo que las personas seremos más conscientes de nuestros gustos y nuestras prioridades y que no será tan fácil vendernos la receta de la felicidad.