Déjame que te cuente: el feminismo

Paz Santo Tomás

Cuando mi padre decía: habiendo cinco mujeres en casa (contando a mi madre) no voy a ser yo el que baje a por el pan, yo le contestaba: tenías que haber dicho con seis hijos en casa, y no meter a mamá, porque para eso también puedes bajar tú.

Es broma: eso es lo que habría contestado ahora y seguramente mi padre no se habría enfadado, incluso se habría reído de la ocurrencia y habría dicho: la que baje se puede quedar con la vuelta. Eso sí, a mis hermanos ni mu: bajar a por el pan era cosa de mujeres. Y que quede claro que ni mi padre era machista ni yo feminista, más que nada porque no sabíamos de la existencia de estos adjetivos. Simplemente el mundo estaba así organizado.

¿Por qué en el coche mi padre se ponía a mis hermanos entre las piernas para que aprendiesen a conducir? Ellos eran más pequeños que cualquiera de nosotras.

¿Por qué en mi colegio había una hora diaria de labores y en el de mis hermanos una hora diaria de educación física?

¿Por qué en aquellos famosos guateques tenías que esperar sentada a que te sacaran a bailar? Los chicos que ligaban mucho y variado molaban y las chicas en cuanto se echaban un segundo novio ya eran medio putillas.

¿Por qué me pasaba el día pensando en cómo sería mi boda en vez de pensar en qué me gustaría trabajar?

Tenía asumido que necesitaba un hombre a mi lado: que me protegiera, que me consolara, que pagara los recibos, que me acompañara a todas partes; aunque en el fondo me fastidiara mucho tanta dependencia y además ¿dónde estaba ese príncipe azul? De momento solo había encontrado tíos queriéndome meter mano a toda costa, para luego, y esto era lo mejor, poder contárselo a sus amigotes. Había que andar con pies de plomo porque como te cayera encima la fama de chica fácil ya si que no te los quitabas de encima.

En mi primera entrevista de trabajo me preguntaron si tenía novio, y como dije que sí, la siguiente pregunta fue que qué le parecía a mi novio que me tuviese que ir fuera de Madrid. Yo contesté que no le importaba porque todavía no nos íbamos a casar. Ese trabajo no me lo dieron, pero bueno, vamos a pensar que no fue por eso. En mi segunda entrevista me volvieron a preguntar si tenía novio y como dije que no, lo que me explicaron, muy sonrientes, fue que en esa empresa se habían formado muchas parejas entre los empleados. ¡Qué empeño en casarme, por Dios!


Recuerdo lo mal que sonaba decir que eras feminista, enseguida se asociaba con solterona. ¡Cualquiera se casaba con una feminista! Siempre eran feas o marimachos.

Cuando llegó, creo que era la segunda ola feminista -bueno, la de los setenta-, y empezamos a oír hablar de los derechos de las mujeres, salieron a relucir algunas cosas que me parecieron increíbles: lo de que no se pudiese abrir una cuenta en el banco o sacar el pasaporte sin permiso del marido, o que cometer adulterio para las mujeres era un delito y para los hombres no. Estas cosas estaban en las leyes y a todo el mundo le parecían de lo más normal, tanto que yo en la vida las había oído. Le pregunté a mi madre y ella me dijo que nunca había ido al banco. A los 58 años se quedó viuda y seguía sin haber ido al banco; fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía un problema. Menos mal que sus hijos ya eran mayores.

Se consiguieron muchas cosas en esa segunda ola, y tiene mucho mérito. Recuerdo lo mal que sonaba decir que eras feminista, enseguida se asociaba con solterona. ¡Cualquiera se casaba con una feminista! Siempre eran feas o marimachos. Y así pasó la ola; habían cambiado tanto las cosas que por un tiempo nadie pidió más. ¡Si hasta te podías divorciar!

Entonces llegó lo de la mujer trabajadora, como si las mujeres nunca hubiesen trabajado. El matrimonio ya no era la única salida: podías ser médico, arquitecto, publicista o conductora de autobuses. Ganabas tu sueldo, pero todo el trabajo doméstico seguía recayendo en las mujeres. Solo que ahora, de las 24 horas que tiene un día, ocho o más se las llevaba la vida laboral. Vale que de soltera podías pasar de vivir en una casa tan limpísima como la de tu madre, podías tener la nevera con telarañas y no tener plancha, -la arruga era bella, como decía Adolfo Dominguez- pero lo de tener hijos ya era harina de otro costal. A un niño no le puedes dejar que gatee por un suelo lleno de pelusas, no le puedes dar de cenar una bolsa de patatas fritas y a las ocho de la mañana te obligará a levantarte, aunque te haya despertado a las cinco con una pesadilla, eso sin contar la de veces que están malitos. Y ahora compagina esto con tu vida profesional porque el padre o no aparece o si lo hace es para apuntarse a la lista de hijos. Y encima se quejan de que el índice de natalidad baje.


Habiendo tenido posibilidades de estudiar y formarme para tener un buen trabajo, fui dejando pasar oportunidades porque en el fondo yo lo que quería era ser ama de casa. Era lo que mejor sabía hacer, era para lo que me habían educado.

En este tema creo que a mí me ha tocado muy mala época: no me había planteado que tendría que ser profesional de algo. Habiendo tenido posibilidades de estudiar y formarme para tener un buen trabajo, fui dejando pasar oportunidades porque en el fondo yo lo que quería era ser ama de casa. Era lo que mejor sabía hacer, era para lo que me habían educado. Los hombres de mi generación son unos auténticos inútiles en lo que se refiere a tareas domésticas y de cuidados. Se la pasaban haciendo deporte, o peleándose o arrancando la cola a las lagartijas. Nunca habían vestido a un Nenuco, ni cosido un botón, ni habían cocinado con palitos y piedrecitas. Tengo varias amigas de mi edad que no han tenido hijos, no tengo ninguna que haya tenido tres y las más temerarias hemos tenido dos. Está claro por qué, ¿no? Sí, vale, podías elegir tener un hijo tú sola, pero esas cosas tan difíciles solo las hacía Pilar Miró. O gritar a los cuatro vientos como hacía La Pasionaria: ¡Hijos si, maridos no!

Menos mal que se está creando conciencia de que esto no es justo. Nosotras sí nos hemos adaptado al mundo laboral: las mujeres hemos demostrado que podemos hacer cualquier tipo de trabajo; pero los hombres, ahí andan intentándolo. Si ellos aceptasen con agrado hacer las labores domésticas y de cuidados, anteponiéndolas a su vida profesional como hacen muchas mujeres, no habría techo de cristal. Ya sé que el feminismo actual reivindica muchas más cosas, pero lo de los cuidados es una parte muy importante porque que nos lleva a las otras.

Ahora se denuncia más la violencia de género porque las mujeres ya no son tan sumisas, ya se atreven a cabrear a sus parejas. Sabemos que no tenemos por qué aguantar una situación de maltrato, solo porque nos hicieron el favor de casarse con nosotras. Ya no nos ciega el amor.

Por supuesto esto no ha terminado, falta mucho por hacer y por deshacer. Y con esto de que el feminismo esté de moda y aunque a veces parezca que nos estemos empachando, yo estoy encantada de poder decir que soy feminista: porque creo en las mujeres, en su capacidad para saber lo que quieren y en su valor para intentar conseguirlo sin escuchar a los que dicen que eso no es para nosotras.