Déjame que te cuente: el juego

Paz Santo Tomás


CAPÍTULO 4


¿A qué jugábamos cuando no había videoconsolas, ni ordenadores, ni móviles, ni televisión?


Una cosa buena de mi infancia eran las familias numerosas: yo era la segunda de seis hermanos y las cuatro primeras éramos chicas. Esto no pasaba solo en mi casa, casi todas las amigas de mi madre tenían también seis y siete hijos. Por tanto, lo de encontrar otros niños para jugar no era ningún problema.


Organizábamos auténticas minisociedades: mamás, hijas, tenderas, secretarias, monjas, profesoras... Maridos y papás nada, estaban trabajando. Si éramos pocas, se podía jugar a las monjas, que consistía en montar un altarcito como el de las iglesias y hacer que rezábamos, o a las secretarias, rellenando papeles con letrujas y numerajos y hablando de nuestros novios que nos vendrían a buscar a la salida.

Cuando nos juntábamos en casa de una de estas amigas de mi madre -las de Averquiénparemás- los juegos siempre eran de rol, como se diría ahora, y desde luego con una marcada tendencia a fomentar los estereotipos sexistas. Además, daba la casualidad de que éramos mayoritariamente niñas. Organizábamos auténticas minisociedades: mamás, hijas, tenderas, secretarias, monjas, profesoras... Maridos y papás nada, estaban trabajando. Si éramos pocas, se podía jugar a las monjas, que consistía en montar un altarcito como el de las iglesias y hacer que rezábamos, o a las secretarias, rellenando papeles con letrujas y numerajos y hablando de nuestros novios que nos vendrían a buscar a la salida.

Finalmente, llegaban los largos veranos de cuatro meses de vacaciones y nos íbamos al pueblo. Allí había jardín y compartíamos la casa con mis primos -que eran tres chicos y dos chicas- más todos los de los alrededores. Los juegos se volvían mas moviditos: había que correr, trepar o esconderse pero seguíamos representando papeles: Policías y ladrones, Indios y americanos y básicamente las normas del juego eran las mismas en los dos casos. Los policías y los americanos pillaban y los ladrones y los indios trataban de escapar. De nuevo los estereotipos. También teníamos diferentes versiones del escondite: Alza la malla, Enemigo a la vista... este último me ponía muy nerviosa: el que la ligaba era el único que se escondía y todos los demás le buscaban. En cuanto te veían gritaban: ¡enemigo a la vista! y ala, todos a por ti. No me gustaba nada ligármela.

En mis recuerdos, la época de los 9 o 10 años aparece como la más divertida, esa en la que te sentías un poco chicazo, como se decía entonces, con la libertad de subirte a un árbol sin miedo a que se te viesen las bragas, de retar a un chico a ver quién se atreve a saltar una tapia, de no preocuparte si se te ensucia la ropa. Eras lo suficientemente mayor para que los adultos no estuvieran encina de ti y lo bastante niña para no tener muchas obligaciones para que tu comportamiento social se considerase adecuado.

También jugábamos a cosas tranquilas, sobre todo a la hora de la siesta -porque incomprensiblemente a los adultos cuando comen les entra sueño, mientras que a los niños la comida les recarga las pilas y no hay cosa que más odien que las siestas-. De esos juegos tranquilos recuerdo con cariño el de Los tesoros: a un trozo de cristal que te encontrabas por ahí (antes era fácil porque todas las bebidas estaban envasadas en botella de cristal) le ponías debajo algún dibujo, podías hacerlo tú o podías recortarlo de alguna revista, y luego lo enterrabas en algún rincón del jardín, no muy profundo y con mucho cuidado para que no entrara la tierra entre el cristal y el papel. Para descubrirlo se iba quitando la tierra con mucho cuidado, dejando que se viera solo el centro del cristal y no los bordes: si habías conseguido que no le entrara tierra y el cristal era un poco transparente quedaba muy chulo. En realidad, la gracia consistía en que una vez enterrado desde fuera no se notase, para que nadie te lo pudiera robar y solo tú supieras encontrarlo -le ponías una marca o te hacías un plano como los piratas- eso daba juego para enseñárselo solo a tus más más amigos, a esos en los que podías confiar y que te enseñaban los suyos. Después vendrían las traiciones, las venganzas o el espionaje, pero era parte del juego.


En mis recuerdos, la época de los 9 o 10 años aparece como la más divertida, esa en la que te sentías un poco chicazo, como se decía entonces, con la libertad de subirte a un árbol sin miedo a que se te viesen las bragas.

Por otro lado estaban los juegos de la hora del recreo. Los colegios no eran mixtos así que no teníamos el problema de que los niños acaparasen todo el patio para jugar al fútbol. De la época preadolescente que os comentaba antes recuerdo una especie de rugby sin reglas: el juego consistía en quitarle el balón a las del otro curso, no sé quién lo inventaría pero nos poníamos muy burras. Valía todo, desde tirarse del pelo hasta tirar a la contrincante al suelo. El objetivo era conseguir la pelota y tirársela a alguien, a ser posible de tu clase y antes de que se te tiraran encima las otras. Aquello no duró mucho, empezábamos a parecer auténticos chicazos. Y llegó la gota que colmó el vaso: en una de estas melés de niñas que se montaban, va una incauta del otro grupo y empieza a tirar de mi coleta con la intención de sacarme de allí. Aquello me hace daño así que, como una fiera me vuelvo y le arreo un tortazo en toda la cara, con tan mala suerte de que la cara no pertenecía a la niña que me había tirado de la coleta, sino de otra pobre que ni siquiera estaba jugando y que se puso a llorar como una loca. Por supuesto pedí perdón y todo eso pero no sirvió de nada. A mí me castigaron sin recreo toda una semana y nadie pudo volver a jugar a semejante juego, que nos hacía transformarnos en auténticos cafres.

Dicen que los juegos infantiles sirven para que los niños vayan ensayando la vida de adultos, que son muy importantes para un buen desarrollo, ayudan a ir asimilando la realidad y a respetar acuerdos. Pidamos al dios de los espacios infinitos que estos humanos tan inteligentes, que han sido capaces de encontrar agua en Marte, inventen juegos que nos enseñen a convivir en paz, a respetar unas reglas de juego creadas por todos para poder jugar sin competir.