Déjame que te cuente: el sexo

Paz Santo Tomás


CAPÍTULO 3


Este tema todavía consigue sacarme los colores. Ni a mis amigas más antiguas -y tengo algunas a las que conozco desde hace más de 50 años, imaginaos si nos tendremos confianza, pues ni a esas- me atrevo a preguntarles qué tal llevan sus relaciones sexuales. Simplemente eso, que tampoco estoy hablando de preguntar si se masturban. A lo mejor esto solo me pasa a mí y no es algo generalizado, pero el caso es que ellas tampoco me lo preguntan a mí. El sexo, yo creo que todavía hoy, es un tema tabú, pero cuando yo era pequeña era un auténtico misterio.


Mi madre no me habló de la regla hasta que se hartó de lavar bragas. Como nadie me había dicho nada yo solucionaba el asunto de las manchas de sangre poniéndome varias capas de bragas. Con las amigas habíamos hablado algo así como: Pues mi hermana ya tiene la regla, pero mi hermano todavía nada. ¿Qué era eso de la regla? Algo malo, seguro, porque nadie se atrevía a hablar de ello. ¿Y qué era eso de los huevos? Por lo visto todos los chicos tenían. Pues hija, los huevos, los huee-vos, me repetía la más espabilada como si fuera sorda, pero ni siquiera sabía decirme si tenían dos, tres o media docena.


En el colegio había una asignatura que se llamaba Ciencias Naturales y uno de los temas era sobre el cuerpo humano: los pulmones, el oído, el ojo, el corazón; pero de cintura para abajo y de los muslos para arriba, nada. Desde luego aquello era raro, pero no recuerdo que a los nueve años me lo pareciera. Debía ser bastante lela, o a lo mejor me habían dado tal susto tratando de averiguar algo que había preferido guardarlo en el compartimento de los traumas infantiles y seguir con mi vida sin hacerme preguntas.


Lo poco que sabía de sexo me daba bastante asco y miraba con horror a las parejas de novios pensando en lo que harían cuando estuviesen a solas.


A este primer novio de pandilla de verano, un buen día, se le ocurrió acariciarme una teta, ¡oh my god!, tuve un orgasmo, así sin saber lo que era, de verdad verdadera.

A los trece o catorce años tuve el primer novio, lo que consistía en que todo el mundo, incluidas las madres, sabía que me gustaba un chico y que yo, se supone, le gustaba a él. Aunque este novio me duró un par de veraneos (en Madrid no salíamos) como yo era una chica decente al final se fue con otra y las madres y mis amigas me consolaban diciendo que seguramente es que la otra se dejaba y yo no.


Sin embargo, lo que ellas no sabían era que en realidad un poco sí me había dejado y aquello del sexo, después de todo, no me pareció tan desagradable. Por supuesto no se llamaba sexo, se llamaba estar enamorada. “Los chicos con las chicas deben estar” decían los Bravos en su escandalosa canción. Esto me recuerda que durante las clases de labor, una hora cosiendo todas las tardes, nos dejaban llevar discos y ponerlos en un pequeño tocadiscos que nos habíamos agenciado, pero con una pequeña condición: las letras no podían tratar de temas amorosos (o sea el 99% de las canciones); menos mal que algunas estaban en inglés y por entonces solo entendían inglés los ingleses.


A este primer novio de pandilla de verano, un buen día, se le ocurrió acariciarme una teta, ¡oh my god!, tuve un orgasmo, así sin saber lo que era, de verdad verdadera. Por supuesto me gustó, claro, pero cómo no sabía de dónde venía y todo apuntaba a que era pecado, ni se lo dije al novio ni a nadie y como no teníamos Google no pude averiguar nada -aunque no sé qué habría puesto: ¿gustirrinín inesperado?-.


El sexo era algo malo para Dios, era pecado incluso si solo existía en el pensamiento. Te tenías que sentir sucia. Para colmo si te morías sin haber confesado estas guarrerías, arderías eternamente en las llamas del infierno. No sé cómo pegábamos ojo.


Ya un poco más enteradilla, me empezó a preocupar lo de quedarme embarazada, que eso era ya lo peor de lo peor. Todo el mundo se enteraría de que lo habías hecho, lo que fuera que había que hacer, porque muy claro no lo tenía.


Para que entendáis todo esto os cuento una historia: en uno de aquellos largos veraneos de mi adolescencia, llegó a nuestros oídos que la hermana pequeña de Elsa no era su hermana, era ¡su hija! ¿Y sabéis quién era Elsa? pues ¡la que me había quitado el novio! Imaginaos, todo cuadraba. El que la hace la paga. Yo la miraba como si fuera un marciano; un marciano pecador, claro. Sentía una especie de compasión porque al fin y al cabo era una desgraciada, había perdido la honra, pero ella se lo había buscado, ¿o no?


Esto lo cantaban los chicos de la panda cuando venían a rondarte en la noche de las fiestas y nosotras les reíamos la gracias.


Un estudiante a una niña le pidió, ¿qué le pidió?

Le pidió su prenda dorada y la muy puta se la dio

Solo le queda a la niña mucha tripa y mal color

Los estudiantes somos la hostia ¡viva la madre que nos parió!


Hace poco hablaron en el programa de Salvados sobre la educación sexual, y aunque la mayoría de los jóvenes participantes habían tenido a su alcance todo tipo de información, se quejaban de no poder hablar de sexo de una forma natural, sobre todo con sus padres, sus profesores o adultos en general, que seguían considerándolo algo muy íntimo. En esto, como os decía al principio, no hemos avanzado mucho pero bueno, supongo que es normal, hay muchos otros temas de los que no hablamos con cualquiera.


Yo la miraba como si fuera un marciano; un marciano pecador, claro. Sentía una especie de compasión porque al fin y al cabo era una desgraciada, había perdido la honra, pero ella se lo había buscado, ¿o no?

Eso sí, una cosa buena: nos hemos quitado de encima lo de la santísima virginidad. En muchas culturas y religiones esto es algo que la mujer ofrece al hombre como su mayor tesoro, “su prenda dorada”, como dice la canción. Solo hace falta pensar en los católicos que han hecho que María, la madre de Jesús, fuera virgen a pesar de parir y de tener marido, porque una mujer tan santa no podía echar un polvo. Y en el Islam: la recompensa para los que mueren santos es el recibimiento que le hacen en su otra vida, nada más y nada menos que 72 vírgenes; ojo, que no dice guapas, sexis, inteligentes... no, no. Tienen que ser vírgenes.


Así cómo íbamos a pensar las mujeres que disfrutar del sexo era algo bueno y saludable, que no teníamos por qué sentirnos menos respetables por haber tenido experiencias sexuales con más de un hombre.


Ahora, según decían las jóvenes de Salvados, seguir siendo virgen a los 18 es algo que no puedes decir porque queda mal. Otro tipo de presión social que sigue dándole vueltas a lo mismo: la famosa virginidad. Siempre tratada como norma moral, ahora sabemos que es algo meramente biológico, o ni eso, más bien la virginidad es un invento del maldito patriarcado para tenernos bajo control y una vez más, poner nuestra libertad a su disposición.