Déjame que te cuente: el trabajo

Paz Santo Tomás


CAPÍTULO 11


El trabajo nace con la persona... Es como una condena que ninguno puede eludir... Esto cantaba Raphael y esto también pensaba yo. Te decían que si ahora te quejabas del colegio y de tener que estudiar, lo de trabajar era mucho peor. Por otro lado estaba mi madre, con su idea de que trabajar era cosa de pobres: lo que teníamos que hacer era buscar un buen partido, un hombre que además de guapo, simpático y sin caspa, tuviera dinero suficiente para no tener que pensar en esas cosas, poder vivir sin más esfuerzos que los dedicados a tu persona. “Vosotras, con lo monas que sois” nos decía para animarnos.

No sé si por los mismos motivos, pero todas mis amigas y yo misma lo que más deseábamos era ganar dinero para poder irnos de casa de nuestros padres. Y para ganar dinero había que trabajar, o por lo menos trabajar hasta que encontrásemos a ese mecenas de nuestra vida.


Lo que teníamos que hacer era buscar un buen partido, un hombre que además de guapo, simpático y sin caspa, tuviera dinero suficiente para no tener que pensar en esas cosas, poder vivir sin más esfuerzos que los dedicados a tu persona.

Con 16 o 17 años, ¿de qué puedes trabajar? Pues cuidando niños, de dependienta o de camarera. Estas dos últimas opciones, no sé muy bien por qué, pero tenía la impresión de que no eran para mí. Para cualquiera de las dos necesitaría habilidades sociales y yo de eso cero patatero. Al final, mi primer trabajo fue en una bombonería de la calle Serrano. En Navidades siempre necesitaban gente para rellenar las cajas de bombones. Tenía una amiga del colegio que ya lo había hecho el año anterior y me preguntó si quería, por supuesto dije que sí. Además de rellenar, si en la tienda -que era muy pequeñita- había más de tres o cuatro clientes había que salir a despachar. A veces solo querían un bombón para tomar: elegían y se lo dabas con una servilleta.

No me dieron de alta, ni firmé ningún contrato, algunos días no podía ir a casa a comer -pero te dejaban comer todos los bombones que quisieras- entrabas a las 10 y salías cuando terminases los pedidos. Tampoco me dieron el sobre con el aguinaldo, como a los demás empleados, porque yo el día de Nochebuena dije que no me podía quedar. Mi madre me había estado aleccionando sobre “derechos laborales” ¡ja! No podía permitir que me explotaran de esa manera, era Nochebuena, llegaría tarde a la cena familiar porque ¡venía de trabajar! Que si me echaban no pasaba nada ya que solo iba a trabajar durante las Navidades y que a mí no me hacía falta el dinero. Todo eso que no sé si pueden parecer “derechos laborales” a mí me pareció fatal, pero el caso es que no me quedé. A las ocho me largué. No me echaron pero no me dieron las mil pesetas (6€) en un sobre con la felicitación y al año siguiente no me llamaron. Cobré siete mil pesetas (42€) por cinco semanas de condena, justo lo que me dijeron el primer día, ni un céntimo más.

Pero esto no servía para irse de casa. Como mucho para ir a cenar a un restaurante de comida muy rica, comprar regalitos, discos, ropa. Y ni eso, porque el mismo día que me dieron el sobre con la pasta me lo robaron. Dejé el bolso encima de una mesa un momentito y desapareció. He dudado si contar este desastre, porque parece poco creíble, pero es totalmente cierto. Me acababa de comprar una cartera de piel para guardar los billetitos que me habían dado: era el primer gasto y se fue también junto con mi sueldo.


Pero vino la crisis. ¿La crisis económica? No, la crisis existencial. ¿Por qué tenía que dedicarle tanto tiempo al trabajo? ¡Ocho horas! ¡De lunes a viernes! Metida en un sótano con aire acondicionado, sin ver si llovía o si hacía sol.

Es verdad que trabajar tantas horas de lunes a sábado podía ser cansado, pero no recuerdo que esa parte me molestase... el problema era mi madre y sus sermones sobre la explotación de los obreros. Ella, que no había trabajado en su vida fuera de casa. La postura de mi madre no me gustaba porque no valoraba para nada mi esfuerzo: me ponía de tonta para arriba por trabajar y por no pedirle el dinero a ella. Pero yo no quería ser “hija de papá”. De aquella, era lo peor que me podían llamar.

Después cuidé niños y también me gustó, pero se ganaba muy poco: nada me servía para independizarme. Hasta los 24 años no conseguí un trabajo con su sueldo, sus vacaciones pagadas, sus pagas extraordinarias, sus descuentos para pagar el IRPF y cotizando para la pensión... Lo conseguí por enchufe, pero por fin me pude independizar. Mi primera casa la compartí con mi hermana y era bastante cutre, pero a los seis meses quedó libre uno de los pisos que administraba mi abuelo. Costaba igual que el otro, 20.000 pesetas (180€), pero era mucho mejor aunque no tenía ni un solo mueble. Yo ganaba 35.000 (210€) y por tanto tenía que compartir, pero aún así era un chollo. Mis padres me compraron una mesa, una cama, cacharros de cocina y me dejaron ir sin mucha pena. Y la gente me seguía llamando “hija de papá”.

Pero vino la crisis. ¿La crisis económica? No, la crisis existencial. ¿Por qué tenía que dedicarle tanto tiempo al trabajo? ¡Ocho horas! ¡De lunes a viernes! Metida en un sótano con aire acondicionado, sin ver si llovía o si hacía sol. En invierno cuando entraba era de noche y cuando salía casi también. El trabajo era bastante llevadero pero muy repetitivo y sin ninguna posibilidad de ponerle algo de creatividad. Llevaba cuatro años y medio y me empezó a entrar el runrún: estoy malgastando mi vida, esto no es como lo imaginaba, no puedo seguir... y lo dejé. Me arreglaron los papeles para poder cobrar el recién inventado paro y me dediqué a estudiar Biología, la última asignatura que me quedaba para acabar Magisterio. A nadie le pareció bien, ni a mis padres, ni a mis amigos. Al final, yo misma contestaba “porque estoy loca” cuando me preguntaban cómo había podido dejar un trabajo tan bueno como ese. Y por supuesto me seguían llamando “hija de papá” porque gracias a mi “clase” podía permitirme semejante irresponsabilidad.


A nadie le pareció bien, ni a mis padres, ni a mis amigos. Al final, yo misma contestaba “porque estoy loca” cuando me preguntaban cómo había podido dejar un trabajo tan bueno como ese.

Aprobé la Biología pero no conseguí aprobar las oposiciones, así que al cabo de un año y medio empecé a buscar trabajo: contestaba anuncios del periódico y poco más, ya que Infojobs, Linkedin, las ETT, esas cosas aún no existían. Y lo de los enchufes, después de lo que había hecho, tampoco existían. Podía haber llevado currículos por todos los colegios privados de Madrid pero no lo hice, yo creo que por no poder poner que tenía algún tipo de experiencia como profesora, mi profesión frustrada. Y empecé a trabajar de encuestadora, trabajo precario donde los haya. Me acordaba de mi oficina y me deprimía. Llegué a trabajar gratis en una guardería y cuando digo gratis, es gratis del todo. Lo llevaba una sola chica y le vino de perlas, pero según ella no ganaba suficiente para pagarme. Aunque me gustaba, lo tuve que dejar: había que comer, ni aparecía el buen partido ni “mi papá” podía pagarme el alquiler.

En el trabajo de encuestadora, te pagaban por encuesta y cuando querían. Por supuesto no te daban de alta, éramos lo que ahora se llama “falsos autónomos”, un nombre muy bien buscado. En vez de nómina te pagaban a través de una factura que ellos mismos hacían: tanto por horas de oficina, tanto por encuestas, con su descuento del 15% para Hacienda como auténticos profesionales. Lo más gracioso es que les denunciamos en Inspección de Trabajo y ganamos. Nos echaron y tardaron mucho tiempo en pagarnos la indemnización pero nos reconocieron dos años de trabajo por cuenta ajena y volví a cobrar el paro. Todo esto mezclado con mi primer embarazo: tenía 32 años.

Como veis, este tema no ha cambiado mucho: el trabajo de los jóvenes siempre ha sido precario. Es verdad que ahora hay más inestabilidad. Las empresas y los tipos de trabajo cambian muy rápidamente, tanto para los empleados como para los autónomos; lo que hoy es un gran negocio en un par de años es ruinoso y desde luego se han perdido muchos derechos. Lo que me pasó a mí hace años, ahora es totalmente legal.