Déjame que te cuente: la comunicación

Paz Santo Tomás


CAPÍTULO 2.


¿Sabéis qué es un telegrama? Pues mi hija no lo sabía. Un día le dije: Me han mandado un telegrama para que me presente mañana en… “¿Qué es un telegrama?” Me corta. A mí me dio la risa.

Antes, la forma más rápida de comunicarse con alguien que no estaba lo suficientemente cerca era el telegrama. El procedimiento era el siguiente: primero, había que buscar la oficina de Teléfonos más cercana para ir en persona; segundo, una vez allí, pedir un telegrama indicando el nombre y apellidos del destinatario y su dirección exacta; y tercero, redactar el aviso que querías hacer llegar a esa persona con el menor número de palabras posibles, ya que te cobraban por palabra. Como veis, no era muy rápido y además resultaba bastante caro a poco que te enrollases. Los textos eran del tipo: “Llego a las cinco” o “Felicidades. Besos. Papá”. En cuestión de horas, al destinatario le entregaban en persona un papelito doblado en cruz con las palabras pegadas de una en una a modo de anónimo. Una cosa muy rara.

Cuando pasábamos el verano en el pueblo y queríamos decirle algo a mi padre, que se quedaba en Madrid, había que ir a Teléfonos a poner una conferencia. Esta vez necesitabas que el destinatario tuviera teléfono o que estuviese en algún sitio con teléfono, y por su supuesto también tenías que dar su nombre y apellidos. Te dejaban sentarte en unos bancos que siempre había en estas oficinas y al rato te decían: pase a la cabina 3, y allí hablabas de lo que querías, sabiendo que los minutos se cobraban, claro. Si la persona no estaba te ibas a tu casa con un aviso: vuelva a las cinco -o a la hora que fuese- y mientras tanto, la señorita operadora (siempre eran mujeres jóvenes, ¿por qué?) seguía llamando hasta localizar al destinatario. Cuando por fin conseguías contactar, le avisaban de que no se moviera de ahí porque a las cinco le iban a llamar. A veces era al revés y era mi padre el que llamaba, y entonces una persona tenía que ir hasta mi casa a decir que a tal hora teníamos que ir a Teléfonos para una conferencia.

Tiempo después tuvimos un teléfono en casa, con el número 60, y lo compartíamos con los del piso de arriba. Una clavija pasaba la comunicación arriba o abajo. Si el teléfono estaba arriba, pero la llamada era para alguien de abajo, los de arriba empezaban a dar patadas en el suelo. Si era al contrario, los de abajo teníamos que dar golpes en el techo con el palo de la escoba, que de aquella era de madera maciza sin forro de plástico ni nada, y con él los golpes eran bastante contundentes. Y de nuevo, con una patada, el de arriba avisaba que estaba preparado, para que desde abajo pusieras la clavija en posición. Solo había una clavija y estaba abajo, todo un privilegio porque si te daba la gana oías lo que hablaban. Eso sí, conversaciones a tres, no. El que llamaba de fuera solo podía escuchar al que tuviera la clavija a su favor. No soy teleco así que no puedo explicaros el funcionamiento de esta tecnología inventada por mi padre, pero así podíamos compartir el lujo de tener teléfono privado.

Supongo que aun así teníamos suerte de que en este pueblo hubiese centralita, ya que en otros ni siquiera había. En Madrid era más normal tener teléfono en casa, aunque no debía haber muchos porque los números solo tenían seis cifras.

¿Y los medios? ¿Qué teníamos para enterarnos de lo que pasaba? Poco. Primero, porque no interesaba que nos enterásemos de nada (estábamos viviendo en una dictadura) y segundo, porque la tecnología de las comunicaciones estaba en pañales. Solo había radio y periódicos de papel.

¿Y sabéis quién es el pregonero? Pues un señor con una trompetilla y un volumen de voz considerable que se recorre todo el pueblo dando voces cuando hace falta que la gente se entere de algo urgente. El mensaje o pregón siempre empezaba: “se hace sabeeeer...”. Otro sistema de comunicación eran las campanas de la iglesia para dar diferentes informaciones: hora de misa, alguien se ha muerto, hay fuego en el pinar... La gente se sabía el significado de cada tipo de campanadas. Esto, seguramente, lo habéis visto en las películas, pero yo lo he visto en directo. En el pueblo, vale, pero no hace tanto. ¿Y los medios? ¿Qué teníamos para enterarnos de lo que pasaba? Poco. Primero, porque no interesaba que nos enterásemos de nada (estábamos viviendo en una dictadura) y segundo, porque la tecnología de las comunicaciones estaba en pañales. Solo había radio y periódicos de papel.

En casa, las mañanas siempre tenían de música de fondo las coplas o canción española. A la hora de la siesta, había un programa de cuentos para niños, no había mucha variedad, pero me gustaban. Oías a la Ratoncita Valiente -se llamaba así el cuento- con su voz de pito cantando: “valiente has de ser, valiente has de ser... Aunque así te mueraaaas...”. Se había escapado de casa para ver mundo, pero a la mínima que se pone a beber un poco de agua, le pica un cangrejo en el hociquito y ya quiere regresar. Luego resulta que no encontraba el camino de vuelta y se hacía de noche; en fin, un desastre que finalmente se solucionaba no recuerdo cómo.

A media tarde las tatas y mi madre se pegaban a la radio para no perderse ni una coma del Consultorio de Elena Francis. La gente escribía cartas a la tal Señora Francis exponiéndole sus dudas: que si mi novio se empeña en besarme en los labios, ¿debo dejarme?; que si me gusta mucho el de la tienda, pero no sé si estará casado, ¿debo preguntárselo?; que ya hemos salido solos dos veces y todavía no me ha pedido que sea su novia, ¿debo dejarle? Ni una sola vez escuché una carta remitida por un hombre, estaba claro que los tíos no tenían problemas amorosos.

Un programa que me gustaba mucho era Peticiones del oyente. Llamabas a pedir que te pusieran una canción y, al final, al oyente que había pedido la mejor canción le regalaban el disco -vinilo, claro, y pequeño- de los de solo una canción por cada cara. Recuerdo un día en el que me tuve que quedar sola y mi padre para consolarme llamó a la radio y pidió para mí No tengo edad, la canción con la que Gigliola Cinquetti acababa de ganar el festival de Eurovisión (buscadla en YouTube, la letra no tiene desperdicio). Bueno, el caso es que gané y tuve que ir a la Gran Vía, 32 (de aquella, Avda. de José Antonio) a recoger el disco. Súper emocionada, momentazo, como se dice ahora.

De la prensa no puedo decir mucho: a mi casa llegaba el ABC, pero yo no lo leía. Luego me he enterado de que todas las noticias llegaban de la misma fuente: la agencia EFE y, encima, tenían que pasar por la censura, así que muy variadas no debían ser. Y también estaba el NODO: un noticiero que ponían en el cine antes de la película y en el que siempre salía Franco cazando o inaugurando pantanos. Supongo que dirían algo más, pero a mí no me gustaba tenerme que tragar ese rollo y no hacía ni caso.

Había tele, pero en pocas casas. Además, solo emitían unas pocas horas y en una sola cadena y en blanco y negro y con resolución 0,0000001 píxeles. Recuerdo el programa infantil Boliche y Chapinete y que fuimos a un bar a ver cómo llegaba el hombre a la Luna.


Puedes recibir un mensaje de alguien que está a mil kilómetros o, mejor, hablar con él viendo su cara. Puedes opinar sobre cualquier tema y que la gente lo lea. Puedes enterarte de algo a los 30 segundos de que haya pasado. Puedes contar tu vida en imágenes, incluso inventártela.

Como veréis, se parece mucho a lo de ahora: puedes recibir un mensaje de alguien que está a mil kilómetros o, mejor, hablar con él viendo su cara. Puedes opinar sobre cualquier tema y que la gente lo lea. Puedes enterarte de algo a los 30 segundos de que haya pasado. Puedes contar tu vida en imágenes, incluso inventártela. Y todo muy deprisa. Todo enseguida. ¡Ya! ¿Qué hacéis aquí perdiendo el tiempo?

Hemos entrado en la era de Acuario, la constelación del entendimiento, la comunicación y la conexión entre humanos.