Déjame que te cuente: la familia

Paz Santo Tomás



CAPÍTULO 6


Mientras yo crecía, a mi alrededor también estaban creciendo otros muchos cachorros humanos: la calle estaba llena de niños, no porque fuese menos peligroso como se dice a veces, si no porque era imposible tener a siete, diez o más niños encerrados en un piso. Los colegios, si te quedabas a comer, duraban desde las nueve de la mañana hasta las seis y media de la tarde, incluidos los sábados.

Me acuerdo de cuando empezó lo de no tener que ir al colegio los miércoles por la tarde. Sí, sí, al principio era los miércoles, luego ya fue los sábados. Lo recuerdo perfectamente

porque gracias a eso podíamos ver Daktari, la serie de la leona bizca y la mona Judy, que solo la ponían los miércoles.

Había que formar una familia y además numerosa, que era necesario llenar España de gente: éramos muy pocos y así no ganaríamos ninguna guerra. Esto era lo que nos decía la profesora de Formación del Espíritu Nacional y yo me lo creía a pies juntillas.

Ahora los niños salen del cole a las cuatro y los sábados no hay clase. Los padres protestan porque necesitan que alguien atienda a sus hijos el tiempo que ellos no pueden: la jornada laboral casi siempre es más larga que la escolar. Pero antes, el problema era bien distinto. Vale, las madres no solían trabajar, la mía desde luego no, pero me imagino lo a gusto que se quedaba cuando salíamos por la puerta. Siete hijos llenan todo el espacio del que dispones, y olvídate del silencio.

Yo pertenezco a la generación del baby boom. Para las mujeres como mi madre, tener hijos era alcanzar su meta, realizar sus sueños y cuantos más hijos mejor, mayor satisfacción. No importaba si no te gustaban los niños, o si preferías hacer otra cosa, la maternidad era la aspiración de toda mujer que se preciase de serlo. Había que formar una familia y además numerosa, que era necesario llenar España de gente: éramos muy pocos y así no ganaríamos ninguna guerra. Esto era lo que nos decía la profesora de Formación del Espíritu Nacional y yo me lo creía a pies juntillas.

Me pongo en la piel de mi madre. A los 22 años recién cumplidos tuvo su primer hijo y ya no paró hasta los 35: en trece años parió siete veces, estuvo embarazada 63 meses, lo de dar el pecho no me lo sé, pero seguro daría más de dos mil biberones, limpiaría unos diez kilos de mocos y quitaría miles de cacas. Cuando uno aprendía a ir al baño, ya estaba ahí el siguiente bebé con sus esfínteres descontrolados y sin pañales desechables, muy ecológico. ¿Y pegar gritos y soltar collejas? Todo muy relajado. ¿Estrés? Esa palabra no se conocía.

Y ahora viene la guinda, cuando mi madre ya se creía que por fin sus retoños habían crecido y ya no la necesitaban tanto, pues va y se queda otra vez embarazada. Tengo una hermana a la que saco 19 años. Menos mal que para entonces ya habían inventado los dodotis.


En su pueblo la costumbre era que las mujeres pusieran todo lo de la casa, incluida la casa, y los hombres no pusieran nada, porque a partir de la boda se encargarían del sostenimiento de la familia.

Los que no habéis oído hablar del baby boom pensaréis que mi madre era una friki de la maternidad, pero no, todas mis amigas tenían tantos o más hermanos que yo. Y no solo eso, las mujeres con hijos eran respetadas socialmente y las familias numerosas recibían ayudas de todo tipo. En mi colegio de monjas, privado, como la mayoría de los de Madrid, la primera hija pagaba la mensualidad entera, la segunda el 50% y a partir de la tercera ya no pagabas nada.

Otra cosa que ayudaba bastante era tener chicas internas, las llamadas tatas. En mi casa siempre hubo dos, eran del pueblo donde pasábamos los veranos. Con 15 o 16 años se venían a Madrid con nosotros, estaban durante dos o tres años de internas ahorrando para el ajuar y luego se iban para casarse. Me gustaba mucho que me enseñaran las cosas que iban juntando: sábanas, manteles, juegos de café... En su pueblo la costumbre era que las mujeres pusieran todo lo de la casa, incluida la casa, y los hombres no pusieran nada, porque a partir de la boda se encargarían del sostenimiento de la familia. Seguramente se les pagaba muy poco y por eso la clase media se lo podía permitir, no lo sé, pero sí recuerdo que la mayoría de mis compañeras del colegio y mis primos y los vecinos, también tenían tata, al menos una, era bastante normal.

Las familias de esos años siempre íbamos a misa los domingos, a ser posible todos juntos, porque la familia que reza unida permanece unida. Menuda preocupación tenía yo con este tema. No se qué año sería pero se convocó una gran manifestación religiosa, católica por supuesto, para rezar todos a la vez el Santo Rosario. Teníamos que ir todas las familias a una gran explanada que había en Madrid, en lo que ahora llamamos Azca, al lado de Nuevos Ministerios, que de aquella si eran nuevos, y allí todos juntitos rezar cincuenta avemarías, cinco padrenuestros, con sus glorias y no sé que más cosas, que era en lo que consistía el rezo de un rosario completo.

Pero lo malo no fue tener que estar en aquel descampado a pleno sol rezando, lo malo fue que a mi profesora no se le ocurrió otra cosa que organizar un concurso. Este consistía en conseguir que toda tu familia rezase el rosario, todos juntos, en tu casa, cada noche, ¡en vez de ver la televisión! Si lo conseguías, tu palomita avanzaba por una de las lineas que había pintadas en la pizarra: cada fila de niñas tenía su línea y si alguna de las niñas de tu fila no lo conseguía, las palomitas de tus compañeras de las otras filas se adelantaban y te quedabas atrás. No solo era malo para ti, todas las niñas de tu fila no avanzaban por tu culpa.

En mi casa preferían la tele, no hubo manera, y yo no podía mentir, esa opción no existía, así que me rezaba yo sola cinco o seis rosarios, ya no me acuerdo, el caso es que la dichosa palomita pudiera avanzar. ¡No era una mentira! Yo me rezaba un rosario por cada miembro de mi familia, más juntos imposible. Este es uno de mis recuerdos infantiles mío mío, ya que nadie me lo ha podido contar porque nunca confesé que había hecho trampa.

A mi profesora no se le ocurrió otra cosa que organizar un concurso. Este consistía en conseguir que toda tu familia rezase el rosario, todos juntos, en tu casa, cada noche, ¡en vez de ver la televisión!

Fijaos qué definiciones tan diferentes nos da la RAE de lo que es una familia:


-Conjunto de personas que tienen alguna condición, opinión o tendencia común.

-Conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje.


A mí me tocó claramente la segunda definición.

El amor a la familia no fue algo que mis padres me supieran inculcar. Yo estaba hasta el gorro de aguantar a tanta gente, y de tener que compartir todo: en cuanto pude me largué de casa. Lo que ahora la gente llama compartir piso, de aquella era una comuna hippie. Te ibas de casa de sus padres y te metías en cualquier sitio, lo importante era conocer a alguien que tuviera una casa donde acoplarse, luego ya cada uno aportaba lo que podía o quería. Para mí, esa gente eran mi familia. Podía pasarme dos y hasta tres meses sin ver ni a mis padres, ni a mis hermanos.

Luego te vas haciendo mayor, sobre todo cuando tienes tus propios hijos, y empiezas a apreciar lo qué es una abuela, una madre, tener hermanos, primos, tíos, sobre todo si los has seguido más o menos de cerca. Es cierto que muchas veces el amor a los parientes es forzado y sin embargo el amor a un amigo siempre es sincero, por eso le llamas amigo. Un hermano, aunque le dejes de hablar, sigue siendo tu hermano.