Déjame que te cuente: la política

Paz Santo Tomás


CAPÍTULO 7


Toda la política de mi infancia está concentrada en lo que contaba mi madre: que los rojos habían ido a buscar a mi abuelo a casa y mi abuelo se había tenido que esconder. Cuando pasó esto solo tenía cinco años, así que supongo que más que recordarlo lo habría escuchado de boca de sus padres, mis abuelos. Empiezo con esto para que se sepa en qué bando le había tocado estar a mi familia: es lo que se solía hacer cuando salía el tema de la guerra, para dejar claro si eras perdedor o ganador, o como luego, cuando murió Franco, que se empezó a decir víctima o culpable.

Salvo la breve anécdota de mi abuelo, todo lo que sé de la guerra lo he leído o lo he visto en las películas y el teatro, pero nada que haya escuchado en directo de un familiar o conocido. Mi padre tenía quince años en 1936 y su historia es más corta aún: su hermano mayor había muerto en la guerra y su padre, el abuelo que no conocí, se había muerto de la pena que le entró. Aquí ni siquiera se sabe lo del bando. Ahora me arrepiento de no haber preguntado a mi padre sobre esta versión tan rara de su historia familiar, pero supongo que no me dio pie porque decir que tu hermano o tu padre eran del bando perdedor, además de mal visto, podía causarte bastantes problemas.

Un día me anunció que tenía algo importante que decirme, algo que podía provocar que me enfadase mucho y rompiéramos. Yo, en vez de imaginar que me estaba poniendo los cuernos, pensé que me iba a confesar que se había afiliado al Partido Comunista.

De todas formas una guerra no es política, es precisamente el fallo de la política. Esto no es mío, es de alguna cabeza pensante (no tengo ni idea de dónde lo he leído ni a quién se le ocurrió, espero que no se entere de que lo he usado). Una guerra es una cosa muy mala en la que se pasa hambre y se muere muchísima gente. Siempre pensé que viviría alguna guerra. Estudiando historia, hice mis cálculos y entre sublevaciones, batallas, levantamientos, revoluciones, invasiones, conquistas y reconquistas te dabas cuenta de que, por lo menos en España, nunca habíamos tenido mas de treinta años seguidos de paz. Así que o te morías joven o fijo ibas a tener que vivir una guerra. Con este temor crecí, pero parece que de momento me estoy librando y ya tengo mas de sesenta.

Un poco antes de morir Franco, la política dejó de ser esa parte de la geografía en la que te tenías que aprender todos los países con sus capitales y pasó a ser eso en lo que nuestros padres decían que no había que meterse. Los que habían sobrevivido a la guerra tenían casi cuarenta años más y seguían silenciosos, pero la gente joven, los estudiantes, los que salían al extranjero, empezaban a entender que en España las cosas eran muy diferentes. ¿Por qué aquí había tantas cosas prohibidas? ¿Por qué la policía te pedía la documentación por estar riéndote en una esquina con un par de amigos? No nos merecíamos vivir con tanto miedo y empezamos a protestar, algunos apuntándose a partidos clandestinos y otros yendo a las manifestaciones, por supuesto prohibidas, en las que principalmente lo que buscabas era el subidón de adrenalina. Tengo que reconocer, para mi vergüenza, que hasta la manifestación por la matanza de los abogados de Atocha no fui consciente de por qué se convocaban las protestas, solo recuerdo gritar consignas a base “libertad, libertad, libertad” y de tener que salir corriendo a esconderte para que los grises no te crujieran a palos.

Hacer esas cosas era muy emocionante y yo admiraba a mi novio de entonces porque se enteraba de dónde había que ir para meterse en líos y también de cómo salir de ellos sin demasiadas consecuencias. Un día me anunció que tenía algo importante que decirme, algo que podía provocar que me enfadase mucho y rompiéramos. Yo, en vez de imaginar que me estaba poniendo los cuernos, pensé que me iba a confesar que se había afiliado al Partido Comunista. Pues ninguna de las dos cosas: el pecado era que se había fumado un porro. Los activistas de aquella época, los que de verdad se implicaban, corrían riesgos, luchaban contra Franco y sufrían en sus carnes la dictadura; si leyeran esto les parecería una frivolidad y una absoluta falta de respeto. Mil perdones, de verdad.

Cuando años después murió el Generalísimo, la gente se empezó a interesar por la política. Me refiero al público en general, a esa gran mayoría de españoles que oía por primera vez la palabra democracia y querían hacer uso de su voto estudiando en profundidad a todos esos que se lo pedían: véase mi madre. Cuando salió Arias Navarro en la tele diciendo eso de “Españoles, Franco ha muerto” por las mejillas de mi madre bajaron un par de auténticos lagrimones, que yo los vi, y nos tuvo con la tele puesta durante horas viendo el desfile de todos esos que fueron a ver a Franco en el ataúd. Seguramente estaba intentando tomar la decisión de si ponerse en la cola o no. Pero vino la transformación, la de mi madre y la de todo un país. Pasó de ser franquista a ser profundamente democrática.

Es verdad que algunos se resistían: cuando lo de los abogados de Atocha ya se había muerto Franco y mira. Y es que era duro renunciar a tanto privilegio: no era lo mismo ser policía pudiendo dar de hostias a quien te diera la gana, sin que nadie te pudiera decir ni mu, que tener que reprimir esas ganas de ser un cabrón porque a lo mejor tu jefe te venía con el rollo de que la policía estaba para proteger. Estoy segura de que tuvo que haber jefes que empezaron a decir ese tipo de cosas y son a los que tenemos que agradecer que la transición fuera, dentro de lo que cabe, bastante pacífica. Bueno a ellos y a todos esos, como mi madre, que aprendieron tan rápidamente a ser demócratas.

Cuando salió Navarro en la tele diciendo eso de “Españoles, Franco ha muerto” por las mejillas de mi madre bajaron un par de auténticos lagrimones, que yo los vi, y nos tuvo con la tele puesta durante horas viendo el desfile de todos esos que fueron a ver a Franco en el ataúd. Seguramente estaba intentando tomar la decisión de si ponerse en la cola o no.

Las primeras elecciones, las del 77, a mí me pillaron en Nueva York, trabajando de au-pair con una familia americana. Mi jefa había trabajado en la ONU de intérprete y había vivido en tres países: Argentina, España (bueno, Gibraltar) y Estados Unidos, por lo que tenía una gran cultura política. Le parecía que yo tenía que estar entusiasmada con lo del fin de la dictadura; que socialista, fascista, justicia social, derechas, izquierdas, capitalismo, feminismo, nacionalismo, eran palabras que yo conocía de sobra. En cuanto tenía oportunidad sacaba el tema y me increpaba: y tú qué piensas, a quién vas a votar... y yo no tenía ni idea de nada.

Eso mismo le debía pasar a muchísimos de los votantes de aquellas elecciones. Pero eso sí, a votar fueron todos (algo más de un 80% de participación). ¿Y quién ganó con mayoría absoluta? Estaba cantao: Unión de Centro Democrático, la UCD, el partido de Adolfo Suárez. Que, por cierto, convocó elecciones a pesar de que el rey Juan Carlos ya le había nombrado presidente. ¿Te imaginas? Tu rey te dice que tal señor es lo mejor que tenemos, ¿cómo le vas a contradecir? Tú, que hace dos días creías que urna era esa caja transparente en la que guardaban el brazo incorrupto de Santa Teresa.

Ahora sabemos demasiadas cosas de política y de los políticos pero a mucha gente no le gusta ir a votar. Yo si voy, pero siempre votando lo menos malo. Aunque ya conozca el significado de todas esas palabras que me explicaba mi jefa americana, las diferentes formas en que las usamos unos y otros, me siguen confundiendo y llego a la misma conclusión que aquel antiguo filósofo: solo sé que no sé nada.