Déjame que te cuente: la religión

Paz Santo Tomás


Capítulo 10

Yo de pequeña creía en Dios, en los santos, en los ángeles, en los milagros y en que teníamos una madre buenisísima que cuidaba de todos nosotros y a la que yo metía en mi cama todas las noches. Sí, dormía con una estatua de unos 20 centímetros que representaba a la Virgen María, con su manto y sus manos en posición de rezo. Era de marfil y se sostenía sobre un pedestal de ébano con cuatro picos, que en contra de lo que se pueda pensar no me clavaba en las costillas.

Todo esto, que puede parecer que no está tan mal, implica tener que creer también en el infierno: en el malísimo demonio que está todo el rato tentando. Creer en que aquel señor clavado en una cruz, que estaba por todas partes, había sufrido tanto para redimirte de tus pecados. Creer en que no ir a misa ¡un solo domingo! me podía condenar por los siglos de los siglos. O en que los no-católicos eran malas personas, o salvajes de lejanos países, a donde iban los intrépidos misioneros a salvar sus condenadas almas. Aquella virgencita con la que yo dormía en plan peluche preferido había venido desde África, de alguna misión de estas, y la habían tallado con el colmillo de algún pobre elefante que se metió donde no debía. Porque por supuesto la culpa era del elefante.


Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa, rezábamos, dándonos golpes en el pecho con el puño cerrado. La culpa, el arma perfecta para manipular al personal. La religión católica es la mejor en este sentido, por eso ha tenido siempre tanto poder político y económico. Te dicen que si te portas bien -obedeces- irás al paraíso donde serás eternamente feliz, rodeada de ángeles, descansando sobre mullidas nubes de algodón. Y si te portas mal -desobedeces- irás al infierno a quemarte también eternamente, con un pestilente olor azufre proveniente de los horribles demonios que te rodean.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa, rezábamos, dándonos golpes en el pecho con el puño cerrado. La culpa, el arma perfecta para manipular al personal.

Lo curioso es que todo esto está basado en la vida de Jesús, que realmente debió ser alguien excepcional: un auténtico influencer. Sin redes sociales, enfrentándose a todo el Imperio Romano, consigue convencer a tanta gente de su verdad y además difundirla por toda una civilización y llegar hasta nuestros días. Increíble.

En la época de Franco, España era la Reserva espiritual de Occidente y como tal, todos los españoles teníamos que vivir de acuerdo a esta prestigiosa fama. Las aulas estaban presididas por la foto del caudillo y el crucifijo. Se rezaba al entrar y al salir. En cursos más avanzados se iba a misa a diario y luego estaba la del domingo con tus padres. En la fiesta de la Inmaculada se rezaba la novena, en mayo íbamos con flores a María, en Semana Santa se hacía el Viacrucis y no había televisión, ni cines, ni teatros, salvo que fueran vidas de santos: El divino impaciente, Fray Escoba, Marcelino pan y vino, Los diez mandamientos...

Leíamos unos tebeos que narraban las hazañas y sacrificios de algunos cristianos que habían alcanzado la santidad. En su vida terrenal lo habían pasado de pena, pero vivir eternamente en el paraíso lo compensaba todo. La colección se llamaba Vidas ejemplares, se vendían en los kioskos o te los prestaban en el colegio. Había un montón: muchos eran mártires a los que yo admiraba, pero me producía mucha inquietud pensar que yo no iba a dejarme comer por los leones solo por no renunciar a la fe cristiana, con lo cual la opción que quedaba era ir al infierno de cabeza.

En la época de Franco, España era la Reserva espiritual de Occidente y como tal, todos los españoles teníamos que vivir de acuerdo a esta prestigiosa fama. Las aulas estaban presididas por la foto del caudillo y el crucifijo. Se rezaba al entrar y al salir.

En clase de religión, asignatura a la que dedicábamos el el cincuenta por ciento del horario escolar, había que aprenderse el Catecismo de memoria.

¿Eres cristiano? Soy cristiano por la gracia de Dios

¿Qué quiere decir ser cristiano? Quiere decir discípulo de Cristo

… y así hasta ciento y pico preguntas con sus respectivas respuestas, todas seguidas, de carrerilla. Y con esto hacíamos concursos, supongo que por la cosa de motivar. Una niña empezaba con una pregunta y su respuesta y luego la niña de al lado tenía que decir la siguiente, no valía decir la que te supieras, tenía que ser la siguiente en el mismo orden que aparecían en el libro. Así hasta que alguna fallaba y quedaba eliminada. La última niña, la que se quedaba sola porque ya todas las demás estaban fuera, se llevaba el premio. Y el premio era una tarjetilla de color rosa en la que aparecía impresa una máxima de Santa de Teresa de Jesús, del tipo: Quien a Dios tiene nada le falta o esta que suena muy bien pero a saber lo que quiere decir: Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero. Solo una más, para que os deis cuenta de lo mal considerado que está por los católicos lo de ser feliz: La única razón que encuentro para vivir es sufrir y eso es lo único que pido para mí.

Otra actividad recurrente eran las procesiones dando vueltas alrededor del edificio del colegio cada 25 de mes, para rememorar el cumple mes de Cristo. Nos poníamos un velo blanco largo, hasta la rodilla o así y cantábamos: “De Jesús soy ovejita y es mi estandarte la cruuuuz, siempre mi grito de guerraaaa ha de ser ¡Viva Jesús!”

En cuanto dejé el colegio de las monjas perdí la fe. El primer verano, después de acabar el bachillerato, 16 años tenía. A los seis había hecho la primera comunión y todos dijeron que me volví muy buena: diez años después hice la última comunión y me volví muy mala. El demonio por fin había conseguido que me pasara al lado oscuro, como se diría ahora. Mis motivos son bastante frívolos, nada de rezos no escuchados o injusticias cercanas.

Pasé de la misa olímpicamente, así que para ser coherente decidí volverme atea. ¡Qué alivio! Mis argumentos eran del tipo: ya he ido a tantas misas como para cumplir con todos los domingos que me quedan de vida.

Era domingo por la tarde: solo me quedaba la misa de las siete para salvarme y el chico que me gustaba me había invitado a una fiesta en su casa. No era cuestión de ir más tarde a la fiesta o salir de la fiesta y volver, porque no se podía ir andando; hacía falta coche y yo no tenía ni carné, ni edad, ni chófer. El padre de un amigo de la panda se había ofrecido a llevarnos a las seis y recogernos a las diez. Era la única opción. Como comprenderéis, pasé de la misa olímpicamente, así que para ser coherente decidí volverme atea. ¡Qué alivio! Mis argumentos eran del tipo: ya he ido a tantas misas como para cumplir con todos los domingos que me quedan de vida. Si no puedo creer en las hadas por qué tengo que creer en un dios que tampoco nadie ha visto. Y me quedaba tan pancha.

Es verdad que no tener que volver al colegio a escuchar a diario todas esas mentiras que nos cuentan y rodearme de todo ese ambiente ayudó mucho. Además, al poco murió Franco y España dejó de ser la Reserva espiritual de Occidente. La Iglesia perdió gran parte de su influencia, la educación pública empezó a recuperarse y ya no era tan normal ir a colegios de curas o de monjas. Además, los niños iban al mismo colegio que las niñas. ¡Oh my god!

Todavía hoy andamos en la lucha de no dejarnos asustar y la Iglesia Católica tiene un montón de privilegios en este país, que se supone laico. Y todavía a la gente le da como cosa decir que es atea, les suena a palabra peligrosa. Conozco muchos que dicen “creer” pero nunca van a misa, ni se confiesan, ni rezan, ni cumplen con aquello de amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.