Déjame que te cuente: las drogas

Paz Santo Tomás


Intento acordarme de cuándo empecé a ver a la gente drogándose en mis narices, o de cuándo la palabra droga empezó a tener sentido para mí.

Recuerdo los problemas con el Minilip. Las amas de casa descubrieron que tomándote una pastillita de esas te era mas fácil cumplir con tus responsabilidades. Se la tomaban para quitar el hambre y así adelgazar, pero en realidad eran anfetaminas: te ponías como una moto, dejabas la casa reluciente, cocinabas para ocho si hacía falta y te sobraba tiempo para estar de palique con la vecina. Pero eran adictivas; cuando dejabas de tomarlas te venía un bajón que te querías morir y cada vez necesitabas tomar más pastillitas para volver a notar el efecto superwoman. Muchas mujeres se hicieron drogadictas, esa palabra que suena tan mal, pero así era. Estas pastillas eran fáciles de conseguir en cualquier farmacia y con el tema de adelgazar, tan común entre las mujeres, encontraron la excusa perfecta. La gente lo pasó mal, aunque seguramente lo pasaba bien cuando se sentía superwoman. Es lo que tiene la droga. Y no hablo de algo que pasara en mi casa, fue algo tan popular que hasta Carmen Maura interpretó un ama de casa enganchada al Minilip en la peli ¿Qué he hecho yo para merecer esto?.

En mi primera borrachera me lo pasé tan bien que me pregunté por qué no se podría estar así siempre. A la mañana siguiente tuve la respuesta. Me dolía la cabeza y el estómago, vomité quince veces y juré otras tantas veces que no volvería a probar el alcohol. Pero claro que lo probé. En nuestra cultura beber alcohol es algo normal. Puedes decir yo, cuando alguien no bebe ni fuma, no me fio, y te contestarán sí, es un poco raro. Ya desde pequeños vemos como en casa todos los adultos beben y se habla de lo buenísimo que está tal o cual vino, tal o cual whisky, e incluso en aquellos tiempos de mi infancia, nos lo daban a los niños para probar.

Las amas de casa descubrieron que tomándote una pastillita de esas te era mas fácil cumplir con tus responsabilidades. Se la tomaban para quitar el hambre y así adelgazar, pero en realidad eran anfetaminas: te ponías como una moto, dejabas la casa reluciente, cocinabas para ocho si hacía falta y te sobraba tiempo para estar de palique con la vecina.

En mi casa había unos preciosos vasos de colores, del tamaño de los chupitos de ahora. Después de comer se rellenaban de licor de plátano y se repartían entre los niños que se habían portado bien y se habían comido todo. No sé cuántos grados tendría pero seguro tenía, lo de las bebidas alcohólicas “sin alcohol” no se había inventado aún. Y así nos íbamos todos a la siesta, a dormir la mona. Lo peor era para los que no recibían premio, que encima les castigaban de nuevo por no dejar dormir a los demás. Y luego estaban las quinas, bebidas reconstituyentes, que tenían casi tantos grados como un vermú. El protagonista del anuncio televisivo era Kinito, que se ponía ciego de quina y se le abría tanto el apetito que le tenías que tirar un jamón por la ventana cuando llegaba a tu casa. Así, te acercabas al alcohol sin ningún tipo de precaución: si encima tu metabolismo lo aceptaba sin consecuencias desagradables (mañana será otro día) y además te volvía simpática, ocurrente y desinhibida, ¿para qué queremos más? A reírse mucho.

Algún porrito de vez en cuando también te lo podías permitir. Se compraban en cualquier parte sin mucho peligro, te dejaban fumar dentro de los bares y mucha gente tenía para invitar. Es verdad que socialmente no estaba tan bien visto como el alcohol: decían que te arrastraban a las drogas duras y te metía en ambientes poco recomendables porque no era legal, pero de momento estaba poco perseguido. Por lo menos no ponían multas. Al principio, yo no fumaba ni tabaco ni porros, pero a mi alrededor todos mis amigos lo hacían mientras yo miraba y me reía con ellos. Les decía que no fumaba para no malgastarlo porque yo no sabía tragarme el humo. Quedaba como una santa.

Y llegó la moda de la droga dura y la vida dura, para los que se enganchan y para los que no. Conozco mucha gente que ha muerto por drogarse. Todos nos morimos en algún momento, ya lo sé, pero aquello fue una epidemia de muertos en plena juventud. Y por si eramos pocos, empezó lo del sida. Muchos yonkis se murieron de esa enfermedad, porque se trasmitía por las jeringuillas. El sida estuvo campando a sus anchas durante unos añitos, cuando aún no existían tratamientos, y se llevó por delante a unos cuantos.


En Madrid, cerca del famoso barrio de Malasaña, había un bar regentado por toda una familia, creo que eran nueve hermanos, y entre los padres y los hijos se curraban la cocina, la barra y las mesas. [...] Pues tres de aquellos chavales palmaron en un margen de tiempo de tres años.

Las familias numerosas de las que os hablé en el capítulo seis perdían a sus hijos de esta manera que no era, ni de lejos, una muerte tranquila ni agradable. En Madrid, cerca del famoso barrio de Malasaña, había un bar regentado por toda una familia, creo que eran nueve hermanos, y entre los padres y los hijos se curraban la cocina, la barra y las mesas. Estaba siempre lleno de gente joven, se ponían raciones y se pillaba droga con la misma naturalidad. Pues tres de aquellos chavales palmaron en un margen de tiempo de tres años. Por sobredosis, por intoxicación, por el sida, yo qué sé. La droga mataba. Pienso en sus padres y se me pone la carne de gallina. Y así, familiares, amigos, allegados, conocidos y famosos. En mi familia nos metimos en esa vaina los seis primeros hermanos, solo que algunos con más prudencia, o con menos intensidad o con menos cantidad o de más calidad, no sé muy bien, pero los seis. Vaya generación de pasotas, y luego dirán de los millenials.

Entonces drogarse era de valientes: nuestros ídolos lo hacían continuamente y se sabía. La música que se escuchaba la hacía gente que aparecía en los medios de comunicación poniéndose hasta arriba o saliendo y entrando de la cárcel. No se conocía la parte chunga de las drogas, solo la parte agradable en la que te sentías poderoso y se te pasaba el mal rollo y la ansiedad: por unos momentos encontrabas la paz interior. Pero pasado ese ratillo, la ansiedad se había duplicado, te habías convertido en un yonki y ser un yonki duele mucho y produce dolor a mucha gente.

Luego llegaría la coca. La gente al principio decía que no enganchaba como el caballo, que la coca no daba mono. Engancharse a la coca era caro; al caballo también, pero entre pico y pico trapicheabas, no sé muy bien por qué pero la coca tenía más glamour. El rollo de la coca era más pijo. Te quitaba el cansancio de ese curro que cansaba mucho porque había que ganar mucho dinero para poder pagar la coca. Se empezó a hablar del stress y de los yuppies, dos palabras que la gente normal no conocíamos. Muchos acabaron en el hospital o en el psiquiátrico, porque demasiado stress tampoco hay corazón que lo aguante. Claro que como tenían pelas se sometían a tratamientos de desintoxicación que les dejaban como nuevos.


El rollo de la coca era más pijo. Te quitaba el cansancio de ese curro que cansaba mucho porque había que ganar mucho dinero para poder pagar la coca.

También había quien se drogaba con pastillas para la tos, o con pegamento o con el olor a gasolina. O con la religión, que alguien dijo que es el opio del pueblo, ¿no? O era el fútbol. Estar enganchado a algo es necesitar tanto ese algo que llegue a ser la prioridad en tu vida y haga que te olvides hasta de ti misma. Esta es la percepción que me ha quedado de aquel mundo, eso y que siempre he pensado que faltó información: la gente no sabía en lo que se estaba metiendo. La heroína era un auténtico veneno que te enganchaba desde el primer día.

A mi edad ya no salgo mucho y no puedo hablar de cómo está el patio; aparte del alcohol, no tengo ni idea de con qué se pone ciega la gente. Si no aceptas la realidad, este tipo de drogas no la van a cambiar; por huir de la realidad, la realidad no desaparece. Yo ahora mismo me acabo de fumar un porro pensando que como iba a escribir sobre drogas estaría mas inspirada y me ha salido igual de rollo que siempre.