Déjame que te cuente: viajar

Paz Santo Tomás


CAPÍTULO 5


“El viajar es un placer que nos suele suceder...” cantaban los Payasos de la Tele en los años 70. Yo cambiaba el “nos” por “no”: no lo hacía a propósito, simplemente lo había entendido mal y no me resultaba extraño, porque en realidad la mayoría de la gente no solía viajar más de dos veces al año: ir y volver del pueblo.

Era complicado; solo unos pocos tenían coche, se viajaba en tren o en el autobús de línea. Viajar en avión era cosa de ricos o de trabajadores de Iberia. Todos los empleados de la compañía tenían derecho a dos billetes ida y vuelta gratis a destinos nacionales y otros dos al extranjero para él, su mujer y sus hijos. Un verdadero privilegio del que yo disfrutaba gracias a mi padre.

Tampoco os vayáis a creer que hacíamos todos esos viajes, la mayoría de los años perdíamos los billetes gratis. Hay que tener en cuenta que éramos siete hermanos, un hotel salía por un ojo de la cara y no teníamos parientes ni amistades que nos pudieran alojar. Lo que sí recuerdo es estrenar ropa para los viajes en avión: aunque solo fuéramos a Valencia, nos íbamos a codear con los ricos y había que tener “buena pinta” como decía mi madre.

También viajábamos para hacer compras. Ahora es raro ir a un sitio y encontrar algo no visto nunca en Madrid, muy lejos te tienes que ir, pero en los sesenta Londres estaba “muy lejos”. Allí la lana era muy barata y de buena calidad. Mi madre y una de nosotras, con mi padre que era el que hablaba inglés, nos íbamos derechitas a Oxford street: almacenes Mark&Spencer, jerseys de lana, faldas escocesas, abrigos, rebecas, todo de seis en seis. A veces hasta volvíamos en el día y así no gastábamos en hotel. Cuando ya fui un poco mas mayor me dejaban ir a Carnaby Street y me volvía loca con la ropa hippie, las minifaldas, las prendas de plástico... todo muy vintage, como se dice ahora.


Ahora es raro ir a un sitio y encontrar algo no visto nunca en Madrid, muy lejos te tienes que ir, pero en los sesenta Londres estaba “muy lejos”. Allí la lana era muy barata y de buena calidad.

De todas formas, reconozco que esta ventaja de los viajes gratis fue algo estupendo. A los 20 años ya había estado en Nueva York, en Montreal -a 30º bajo cero, no pude hacer mucho turismo- y en Caracas, aunque de lejos porque no salimos del hotel en cinco días. Es verdad que era un resort de esos en los que hay de todo y que se veía la ciudad allí, en la ladera de una montaña, pero a mi padre le daba mucho miedo salir del hotel: decía que te pegaban un tiro por menos de nada y que tenían pistola hasta los niños.

También gracias a esto me fui de aupair con una familia americana, en vez de con una familia de los suburbios de Londres, como hacían casi todas las aupairs. A mí el precio del billete de avión no me importaba. Por eso pude vivir durante nueve meses en pleno Uptown de Manhatan, en la 64 con Lexington, al lado de Central Park. Esto sí que fue un verdadero viaje. Te da tiempo hasta de añorar la Cibeles y cruzarte la ciudad para ir a ver una película española. Lo dejaremos aquí, que este viaje da para mucho.

Bueno, todo esto como ya os he dicho no era lo normal: lo normal eran carreteras sin asfaltar con un millón de curvas, donde mi padre metía su moto con sidecar y nos montábamos dos adultos sin casco con dos niñas y un bebé sin maxi-cosi ni nada, yo sentada bien apretada en el sidecar con mi madre embarazada o con un bebé en brazos y mi hermana mayor de pie entre las piernas de mi padre. Esto que hoy en día resulta muy temerario se hacía sin que nadie protestara o por lo menos así lo recuerdo. A nadie le daba miedo, ni nadie te ponía multas.

La policía de tráfico debían ser dos o tres, se necesitaban mucha más policía que se dedicara a disolver manifestaciones, hacer redadas o simplemente a pedir la documentación a melenudos y demás personas con pinta de vagos o de maleantes. Había que mantener en el poder al Generalísimo.

Lo normal eran carreteras sin asfaltar con un millón de curvas, donde mi padre metía su moto con sidecar y nos montábamos dos adultos sin casco con dos niñas y un bebé sin maxi-cosi ni nada, yo sentada bien apretada en el sidecar con mi madre embarazada o con un bebé en brazos y mi hermana mayor de pie entre las piernas de mi padre.

Y llegaban las vacaciones. En la estación del Norte, lo que ahora es el Centro Comercial Príncipe Pío, se cogía el tren para ir a Las Navas del Marqués, el pueblo en el que veraneábamos. Como ya he dicho en los otros capítulos nos pasábamos cuatro meses de los doce que tiene el año viviendo en este pueblo de Ávila. Antes, los niños teníamos muchas más vacaciones, pero es que el día a día durante el curso era de 9 de la mañana a 6 de la tarde con sábados incluidos.

La casa a la que íbamos se montaba y desmontaba cada verano. Cargábamos con sábanas, cortinas, cacharros de cocina, ademas de la ropa de seis niños y tres adultos. Todo esto viajaba en “bultos”. Un bulto se preparaba extendiendo una manta en el suelo para luego ir poniendo las cosas en el centro; cuando ya tenías una buena montaña atabas las cuatro esquinas de la manta como podías, algunas veces sacando cosas, y al final quedaba como una especie de hatillo para gigantes. Estos bultos viajaban con nosotros en el tren con su cartoncito colgando, en el que ponía nuestra dirección. Para colmo, en Las Navas, el pueblo está separado de la estación. Todavía quedaban tres kilómetros que recorríamos en un autobús cafetera denominado la camioneta. Estoy tratando de recordar cómo llegaban los bultos a la casa porque la camioneta te dejaba en la plaza y porteadores no había.

Y me quedarían los viajes en barco. Si el avión era de ricos, los cruceros eran de multimillonarios. El único barco que conocía era el de la serie de televisión Vacaciones en el mar, en inglés “Love boat” (nunca entendí por qué no podía llamarse El barco del amor: ¿sonaba a orgía?). Los argumentos siempre eran de parejas que se enfadaban y se reconciliaban o de flechazos a bordo. Los viajeros no se bajaban hasta el final del capítulo y nunca se veían ciudades ni paisajes, solo agua y barco. Cuando ya con 22 o 23 años me subí por primera vez a un ferry para cruzar a Ceuta fue un auténtico desastre, allí vomitaba hasta el perro del capitán. Yo no sabía si estaba mareada o atufada. En fin, no le veo la gracia a los cruceros por mucho que se la busque y mirando desde la costa lo veo como una auténtica invasión. Efímera, eso sí. Cien mil personas llegan, se dan un paseo de un par de horas y se van.


Un bulto se preparaba extendiendo una manta en el suelo para luego ir poniendo las cosas en el centro; cuando ya tenías una buena montaña atabas las cuatro esquinas de la manta como podías, algunas veces sacando cosas, y al final quedaba como una especie de hatillo para gigantes.

Ahora si no viajas eres muy raro o muy pobre. La gente se va a Vietnam, a la Patagonia, a pasar el fin de semana a París, todo con una facilidad pasmosa. Lo que antes solo hacían intrépidos exploradores o ricos vividores ahora lo hace cualquiera. Te sale más barato viajar que una tele de 55 pulgadas o un tresillo para el salón. Es verdad que pasas un poco de estrés en el aeropuerto, y que seguramente te tienes que tragar alguna cola para ver algo, pero con unos cuantos ¡qué maravilla! te vuelves a casa con la satisfacción de haber corrido una gran aventura. Y con los móviles ni siquiera te hace falta cargar con la cámara de fotos.