Del siglo XVII al meme feminista: cinco artistas del bordado

Anabel Alcázar Llamas


El bordado, junto con el resto de técnicas textiles y todas aquellas artes mal llamadas decorativas, se encuentra dentro del paraguas de la prácticas artísticas consideradas femeninas. Durante siglos, su carácter artesanal lo ha relegado al ámbito de lo doméstico; su función decorativa ha condenado a la mayoría de sus autoras al anonimato, y al acusarlo de carecer de reflexión conceptual tampoco ha contado con reconocimiento artístico –ni se estudia en la universidad, ni se le dedican exposiciones a gran escala ni espacio en los museos–.


Por eso mismo el bordado está compuesto de herencias: se transmite de generación en generación, de abuelas y madres a hijas y nietas, lejos de escuelas y academias. Es una actividad que permite hacerse en compañía de las otras, junto con una conversación o una lectura en voz alta, y tiene un potencial marcadamente narrativo. En el mito de Filomela y Procne, las dos hijas del rey de Atenas, Filomela utilizó el bordado para contarle a su hermana que había sido violada y encerrada por su cuñado. Durante su encierro en la prisión en la que este la recluye, después de cortarle la lengua para que no le cuente a nadie su crimen, Filomela borda una tela de lino con hilo púrpura contando su historia para hacerle saber a Procne que no está muerta. Aquí el bordado se convierte en palabra y en elemento de subversión; algo que recuerda a Penélope, la esposa de Odiseo que utiliza su tejido para manipular a los pretendientes que la acosan mientras su marido está luchando en la Guerra de Troya. En estas historias, las mujeres utilizan sus conocimientos artesanales para librar sus batallas, convirtiéndolos en arma de defensa.


Más adelante, en la época victoriana, la educación de las señoritas incluía el estudio del bordado, así como del piano y otras artes que se estudiaban superficialmente, manteniendo a las mujeres al margen de la excelencia que supone la especialización: una diletante no supone peligro alguno. Sin embargo, un siglo después, el feminismo se reapropió de esta técnica, convirtiéndola en un instrumento de protesta y retomando su anterior significado. El movimiento sufragista, en su intento por ofrecer una imagen más femenina y contrarrestar la publicidad negativa a la que se veían expuestas, confeccionó pancartas, bandas, estandartes y pañuelos en los que bordaban las iniciales de la Unión Política y Social de Mujeres y utilizando los colores del movimiento. Estas mujeres también incluyeron los nombres de personajes como Marie Curie o Emily Brontë, una manera de reivindicar aquellas figuras. Más de cincuenta años más tarde, Judy Chicago utilizó el bordado como una de las técnicas principales en su obra The dinner party, una instalación con la forma de una mesa triangular a la que se sentaron simbólicamente 39 mujeres de la historia.


Estos cinco nombres que se presentan a continuación son ejemplos de vidas y obras trastocadas por una condición de feminidad que se representa a través de los bordados, es decir, de su obra, de su arte.



Mary Linwood


Nacida en Birmingham en 1775, fue la primera mujer en exponer públicamente su bordados. Comenzó a bordar a los trece años y su talento llamó la atención de la Familia Real. Creó más de cien piezas que copiaban las obras de arte más famosas; en 1789 se celebró una exposición en Londres con todo su trabajo y algunas de las piezas llegaron a venderse por un precio superior al de los cuadros originales. Esta exposición se fue repitiendo año tras año, atrayendo a más de 40.000 visitantes anuales. Sus exposiciones llegaron a Rusia, donde Catalina la Grande intentó comprar todos los bordados. Sin embargo, ella rechazó la oferta porque siempre deseó que su trabajo se quedase en Inglaterra. Llegó a tener tanto éxito que John Hoppner la retrató sujetando el bastidor y los hilos que la hicieron famosa.


Phoebe Anna Traquair


La autora de la Capilla Sixtina de Edimburgo siempre consideró el bordado como una de sus principales ocupaciones artísticas, por delante de la pintura. Esta irlandesa, que formó parte del movimiento Arts and Crafts, combinó su trabajo como ilustradora, pintora de murales y diseñadora de joyas con la fabricación de bordados que bebían de influencias literarias y bíblicas con una fuerte influencia de la estética prerrafaelita. Fue en el bordado donde encontró un terreno de experimentación más fértil y donde comenzaron los temas que posteriormente trasladó a la pintura mural. Uno de sus trabajos de bordado más reconocido es La salvación de la humanidad, un tríptico que narra el juicio del alma tras la muerte, centrándose en la idea de redención cristiana. Cada uno de los tres paneles le llevó aproximadamente veinte meses de trabajo.



Orly Cogan


Cogan conecta con el aspecto narrativo del bordado creando piezas que cuentan historias. Recupera telas antiguas y bordados vintage y les da una nueva vida con su trabajo, como una forma de colaborar con las mujeres que fabricaron esas telas décadas atrás, recuperando su memoria. Reivindica la herencia del bordado tradicional utilizando materiales originales y trabajando sobre colchas, sábanas y manteles que utiliza para decorar su casa y crear la narrativa de su propia línea de vida. En su obra, explora los estereotipos y arquetipos relacionados con las mujeres y se hace preguntas sobre la identidad de las mujeres americanas y su rol en la sociedad.



Hanna Hill


Hanna Hill es una artista millenial que decidió utilizar el bordado para crear memes feministas. Nacida en Londres, su trabajo explora temas como la identidad sexual, la salud mental, la brutalidad policial o la igualdad de género. Comenzó con el bordado a partir de una investigación sobre el arte textil, su ausencia en los libros de historia y su relación con el feminismo, y ha creado todo un nuevo lenguaje a partir de elementos generaciones de la cultura pop e internet. Ha trabajado con la Tate en una exposición sobre el futuro del arte comisionada por jóvenes, y su trabajo defiende que el meme y el bordado tienen un lugar en el museo de las próximas décadas.



Tessa Perlow

El trabajo de Perlow conecta directamente con una de las funciones originales del bordado, la de adornar prendas de vestir. Desde pequeña ha creado sus propias piezas de ropa, inspirada por la creatividad de su madre y sus hermanas. Comenzó a bordar para personalizar sus propias prendas cuando era una adolescente, y combina el bordado con la pintura acrílica y el ganchillo. En su galería de Instagram, con más de 250K seguidores, muestra toda una colección de camisas, vestidos y jerseys customizados con ella misma como modelo. Sus influencias van desde Leonora Carrington hasta los herbario; y sus motivos ornamentales más utilizados son las flores y los elementos de la naturaleza.