El laberinto de la maternidad: entre la culpa y la necesidad de autonomía

Irene García Llorente

Madre, Joaquín Sorolla

La maternidad y la crianza han sido, de una forma u otra, temas de discusión para el feminismo en todas sus olas y corrientes. De la definición de los hijos como una cárcel para las mujeres que nos hizo ver Simone de Beauvoir, hemos llegado hoy a un punto en el que vale cuestionarse si la crianza puede ser un desafío al capitalismo patriarcal.


Sin embargo, fuera del feminismo las imposiciones han variado muy poco: el relato social de que la maternidad es la única vía para la alegría femenina y la realización personal sigue pesando sobre nuestros hombros. Actualmente, este relato coexiste con la idea de que la maternidad no es la única fuente de satisfacción y realización personal de las mujeres. A nivel individual compatibilizar ambos relatos es una tarea difícil y las exigencias son cada vez mayores. Como cuenta Jacqueline Rose en el libro Madres. Un ensayo sobre la crueldad y el amor: “Debido a que las madres son vistas como nuestra vía de entrada al mundo, nada es más fácil que hacer que el deterioro social parezca algo que las madres tienen el deber sagrado de evitar, una versión socialmente actualizada de la tendencia, en las familias contemporáneas, a desacreditar por todo a las madres. Esto las convierte en claras culpables, tanto de los males del mundo como de la rabia que provoca siempre la decepción inevitable de una nueva vida”. Si las exigencias para las “buenas madres” son innumerables, parece evidente pensar que llegar a conseguirlo es una tarea que no está al alcance de ninguna.


¿Cómo hemos llegado hasta aquí? A los relatos sociales que han unido los términos madre y mujer -desde la Biblia a las películas y anuncios publicitarios actuales, pasando por cuentos y canciones tradicionales- se suma un esfuerzo incansable para identificar, especialmente desde la psicología de las diferencias, las características esenciales del hombre y la mujer. Las investigaciones que otorgan a las mujeres valores expresivos -somos más afectuosas, cooperativas, amables, capaces de reconocer e identificar los sentimientos y necesidades de los otros- siguen formando parte de los discursos aceptados dentro de las universidades. Autores como Baron-Cohen han contribuido a este estereotipo estudiando las diferencias del cerebro según el sexo, como consecuencia de las diferentes especializaciones evolutivas ¿El resultado? El cerebro de las mujeres es empatizador.


En un mundo en el que, como señala Amparo Moreno en Debates sobre la maternidad: maternidad y maternidades, “convertirse en madre constituye un factor fundamental de las mujeres, encargado de proporcionales una identidad positiva, un sentido de la realización y el estatus definitivo como persona adulta”, aquellas que no quieren o pueden tener descendencia sufrirán las consecuencias de no responder a su destino “esencial”. Al mismo tiempo, el ejercicio de la maternidad, para aquellas que sí tienen criaturas, no está exento de juicio social.


Las investigaciones que otorgan a las mujeres valores expresivos -somos más afectuosas, cooperativas, amables, capaces de reconocer e identificar los sentimientos y necesidades de los otros- siguen formando parte de los discursos aceptados dentro de las universidades.

Por todo esto no es casualidad que la culpa sea un sentimiento frecuente que rodee la maternidad. Como señala Jane Lazarre en esta entrevista hablando de su libro El nudo materno, “una de las fuerzas más poderosas y negativas de la maternidad es la culpa”, relacionada con el innatismo en el conocimiento de la crianza. Ella relaciona este sentimiento de culpa con la falta de relatos honestos sobre qué implica la maternidad, porque “no es solo un asunto personal, sino que es intrínseca a esta experiencia”.


¿Por qué sucede esto? El ideal de la Buena Madre se identifica con una mujer que únicamente piensa en lo que es mejor para sus criaturas; las quiere y las considera buenas por encima de todas las cosas, identificando sus necesidades sin esfuerzo y su cuidado como fuente de placer que no implica autosacrificio. Es decir, una madre que, de forma natural, sabe qué hacer y cómo educar a sus criaturas. En oposición encontramos a la Mala Madre: esa mujer que no quiere suficientemente a sus hijos, que piensa en ella -egoísta y narcisista-, se aburre con la crianza, y no es sensible a las necesidades y sentimientos de sus criaturas.


¿Qué pasa cuando algo no va según lo esperado? ¿Qué pasa si la hija fracasa o está a punto de hacerlo? Es común escuchar esta frase: ¡Sé que le tengo que dejar que se tropiece, pero no soy capaz! Si le dejásemos caer, ¿quién estaría fracasando? ¿La hija por no saber resolver los problemas de forma más exitosa? ¿O la madre, por no saber cómo indicarle el camino, por no conocer la respuesta perfecta ante las necesidades de su hija? Si respondiéramos a esta pregunta desde el peso de todos los estereotipos sobre la maternidad, sería común que la madre se sienta doblemente culpable: por ver a su hija sufrir y por no haberle evitado el problema. Por tanto, la solución para evitarlo sería no dejarla caer.


Virgine Despentes, en su libro Teoría King Kong, identifica que las características asociadas a la feminidad y masculinidad hegemónica se reflejan en distintos modos de afrontar la crianza.

Sin embargo, ésta no parece la mejor solución: estaríamos generando una criatura dependiente de la figura materna, incapaz de responsabilizarse de su vida y de resolver los problemas de forma autónoma. La exigencia a la figura materna será cada vez más alta, a medida que vaya creciendo, y llegará un momento en que la madre sea incapaz de controlar y resolver todos los obstáculos. Virgine Despentes, en su libro Teoría King Kong, identifica que las características asociadas a la feminidad y masculinidad hegemónica se reflejan en distintos modos de afrontar la crianza. Mamá sabe, intrínsecamente, qué es lo mejor para su hijo. Además, la feminidad está fuertemente ligada al control de sus libertades para la protección propia y de sus seres queridos. En contraposición, los valores masculinos se asocian con la experimentación, riesgo, ruptura con el hogar y ocupación del espacio público.


Poniendo como criterio las necesidades de exploración y desarrollo de autonomía de las criaturas, la forma de afrontamiento asociada a la masculinidad las satisface mejor. El ejercicio de la autonomía y de la participación implica informarse, formarse, tomar decisiones, llevarlas a cabo y evaluar si nos han llevado al sitio que queríamos o esperábamos. Ahí radica la importancia de la autonomía: no dejar poner en práctica trasmite el mensaje de incapacidad. Desde este punto de vista, la crianza supone acompañar en este proceso y ayudar a reflexionar en el camino.


La educación no es intuitiva: las madres no tienen una bola de cristal, ni las criaturas vienen con un manual debajo del brazo. Las relaciones humanas son variables, y relación madre-hijo es una más. Ante el mandato de deber controlar lo incontrolable, y la percepción de no saber ni ser capaz, debemos asumir que la incertidumbre formará parte de la crianza. Reconocer y desechar los estereotipos tradicionalmente asociados con la maternidad. Construir una maternidad a la medida de cada madre y cada criatura. Y en el proceso, ayudarnos de los relatos alternativos a la maternidad y crianza tradicional y los grupos de apoyo.