Al cine con las gafas moradas: el matrimonio, el gran invento del patriarcado

Paz Santo Tomás


Los hombres adquieren una propiedad, la esposa, que cuidará de él y con la que podrá joder cuando se lo pida el cuerpo y las mujeres nos procuramos protección, porque solas no vamos a ninguna parte. Este es el único final feliz para esa historia de amor que nos hemos montado, y la única manera decente de tener hijos. Y así, con este cuento, llevamos siglos esforzándonos en “pescar” marido para no convertirnos en solteronas. Por su parte, ellos se esfuerzan en elegir la mujer apropiada: que no de mucho la lata, cocine bien, sea buena madre, no despilfarre y mantenga la casa limpia y ordenada. Con mi selección de películas ya veréis que no exagero. Las dos primeras son antiguas y retratan otras épocas, pero la última, por desgracia, es bastante actual.


El hombre tranquilo, otra vez película del año de maricastaña que nadie va a querer ver -lo siento, pero es para notar la evolución-. Nada más y nada menos que de 1952, ni se había muerto Stalin. Por alguna extraña razón en España se estrena en 1982; no he encontrado por ningún sitio de Google el porqué del retraso, pero desde luego no creo que fuera por censura. Aunque pensándolo bien, al protagonista se le moja mucho la camisa y se le transparenta la musculatura, a lo mejor sí que fue por eso. Dirigida por John Ford (1898-1973), se llevó no sé cuantos Oscars y está clasificada como cine clásico del bueno. El protagonista es John Wayne, el de los andares raros, que rodó con este mismo director un montón de westerns de esos súper racistas y machistas, pero que nos tragábamos con asiduidad en los 60 y 70. Siempre ganaba el guapo que además era bueno, listo y más chulo que un ocho. Por supuesto se quedaba con la chica, y ya de paso nos iban contando de dónde ha salido ese gran país llamado Estados Unidos de América que ahora dirige el orden mundial.


Con una atracción mutua así de fuerte, en este siglo, enseguida entablarían una picante conversación y se meterían en faena sin pensárselo mucho, pero de aquella no, las cosas no se hacían así, para follar tenías que tener firmado tu contrato matrimonial.

En esta ocasión la peli no es del oeste: está rodada en Irlanda y fue un homenaje que se dio el gusto de filmar John Ford para calmar la nostalgia que según todos sus amigos sentía por su país de origen. El protagonista, Sean Thornton (John Wayne), abandona Irlanda para probar suerte en la tierra prometida con sus padres a la tierna edad de ocho años. Las cosas no salen muy bien y a la muerte de sus padres, ya con treinta añitos más o menos, vuelve a su querida isla esmeralda con la idea de quedarse en el mismo pueblo y en la misma casa en la que se crió. En su cabeza suenan las palabras de su madre hablando de verdes praderas, sonoros riachuelos y humo saliendo de chimeneas. Nada más llegar, que aún no había deshecho las maletas ni nada, aparece por ahí la bella Mary Kate Danaher (Maureen O'Hara) paseando sus vacas irlandesas. Se miran y al momento se gustan, lo que viene a llamarse “flechazo”. Con una atracción mutua así de fuerte, en este siglo, enseguida entablarían una picante conversación y se meterían en faena sin pensárselo mucho, pero de aquella no, las cosas no se hacían así, para follar tenías que tener firmado tu contrato matrimonial. Él es muy moderno porque viene de América y ella de armas tomar por su condición de pelirroja, pero aún así el machismo hace estragos.



Sigamos, nuestra pareja de enamorados tiene un problema: el hermano de ella es el matón del pueblo, todo lo arregla a puñetazos, como un verdadero hombre, y él está traumatizado porque en América se ganaba la vida como boxeador y en uno de esos combates había matado de un puñetazo a su contrincante. Así que se deja pegar por el pesado del cuñado que no quiere soltar la “dote” (sí, sí, encima tenías que pagar para que se casaran contigo) y todos le tachan de cobarde, incluida su pelirroja mujer con la que había conseguido casarse pero con la que sigue sin follar: le tiene a pan y agua hasta que no le traiga la dichosa dote. A nuestro hombretón esto le tiene cabreadísimo y casi se la cepilla por la fuerza, pero en el último momento recapacita y la tira sobre la cama con desprecio. Pero que le quede bien claro que lo podía haber hecho sin despeinarse.


Realmente no les hace falta la dote, pero ella insiste en que es suya y que es su sueño tener las cosas de su madre en una casa propia. A su marido le parecen gilipolleces pero ella, usando la fuerza que le da el tenerlo a raya, hasta que no consigue que se pegue con su hermano no para. La pelea es una fiesta, todo el pueblo está encantado, hasta los curas, y ella le dice a modo de premio: me voy a casa a preparar la cena.


La siguiente peli es El piano. Su directora y guionista es Jane Campion, nacida en Nueva Zelanda. Se llevó el Oscar al mejor guión y Holly Hunter a mejor actriz. Es del año 1993. Está rodada en su tierra y nos traslada a la época en la que los europeos, como no, estaban intentando colonizar Nueva Zelanda. Es un poco rara y un poco triste pero la he metido en este tema por cómo refleja claramente ese cariz de adquisición de propiedad que tiene el matrimonio. Alisdair (Sam Neill) es uno de esos colonos europeos y necesita una mujer a su lado así que la pide por el Amazon de la época. Le mandan un retrato acompañado de una carta con todas las características del producto: es viuda, de treinta y tantos años, toca el piano, tiene una hija de diez, es muda aunque no sorda, etc... y como parece que se ajusta a lo que está buscando, incluido lo de que no hable, -a veces puede ser un alivio, comenta con sus amistades-, pues la pide y se la mandan.


El paquete: Ada (Holly Hunter) llega en un barco con su hija y es abandonada en una hermosa playa con todos sus bártulos, incluido un piano. Como el presunto marido no estaba esperándola, las ofrecen esperar en el barco y ella contesta por señas que traduce su hija: antes muerta que volver a subir a ese asqueroso barco. Nos ha salido contestona, vaya por Dios. Total, que se quedan solas en la inmensa playa y duermen debajo del armazón de tela y varillas que llevaban los vestidos de las mujeres de aquella época. Mira qué práctico. Nunca había sabido para qué se ponían eso. Cuando por fin llegan a recogerlas Alisdair y su amigo George (Harvey Keitel, el poli majo de Telma y Louise) y un montón de maorís, él no quiere llevarse el piano. El camino es largo y dificultoso y pasa de cargar con semejante trasto. Ella le dice, siempre a través de la hija, que deje en la playa los baúles de vajilla y de la ropa, que prefiere llevarse el piano, pero él ni caso, solo es una excéntrica mujer, sus deseos no cuentan.


Cuando Alisdair le pregunta en plan conversaciones de chicos qué te parece, el contesta creo que está muy cansada. Han dormido en la playa, llevan no sé cuántos días metidas en un asqueroso barco y solo piensas en si tiene un buen culo. Por lo menos George le ha mirado las ojeras.

Seguramente recordaréis la imagen de un piano en una solitaria y hermosa playa: es una imagen muy bella que se difundió mucho por ser la portada del disco de la banda sonora de la película y se vendió como churros. Toda la fotografía de la película está muy cuidada, desde el paisaje, que es espectacular, hasta los primeros planos de la nuca de Holly Hunter. Desde el primer encuentro en la playa se ve que el matrimonio por Amazon no va a funcionar y que George, el amigo, mola mucho más, está hecho de otra madera. Cuando Alisdair le pregunta en plan conversaciones de chicos qué te parece, el contesta creo que está muy cansada. Han dormido en la playa, llevan no sé cuántos días metidas en un asqueroso barco y solo piensas en si tiene un buen culo. Por lo menos George le ha mirado las ojeras.


Para ella el piano es su forma de comunicarse, la manera que tiene de expresar sus emociones y necesita tenerlo cerca. En vista de que su marido pasa, se monta una historia con George y consigue que le traigan el piano, pero lo instalan en casa de George, no en la de ella. Imaginaos lo que pasa, es fácil. Ada intenta mantener su condición de casada impoluta pero se lo ponen muy difícil. Y George está flipando con los conciertos de piano que salen de las manos de Ada. Más adelante, de nuevo la violencia contra las mujeres: Eres mía, me has traicionado, así que como soy el más fuerte tengo el deber y el derecho de hacer contigo lo que quiera. No lo dice así, pero está claro que lo piensa. No quiero contaros más para motivaros a que la veáis. Aparte de que os puede gustar el argumento, es una película para enseñarnos Nueva Zelanda y una parte de la historia de su colonización, un tema del que debe haber muy pocas películas.



La última película del tema de hoy se llama 10 años y divorciada y trata de los matrimonios de adultos con niñas. Y no me refiero a los concertados para cuando sean adultas, que también tiene tela, me refiero a los matrimonios en los que el marido se lleva a la niña lejos de su familia a trabajar para él y en muchos casos se acuestan con ellas aunque tengan ocho años y estén lejos de tener la regla. Está rodada en Yemen, país en el que la ley todavía permite estas cosas. Ahora mismo mantienen una cruenta guerra civil desde hace tres años, de esas a las que dicen “civil” pero en la que participan Alemania, Francia, Estados Unidos, Al Qaeda, el ISIS y medio mundo, así que no sé si celebrarán muchas bodas.


Está basada en el libro Nojoom, cuya autora nos cuenta su matrimonio a los diez años, todo lo que sufrió, y cómo se fue al juzgado y le dijo al juez que se quería divorciar. Gracias a este juez, que no era tan borrico como sus compatriotas, y a la abogada yemení que la defendió, consiguió librarse de su marido. La niña de la película vive en una casa en la que puede oír como su padre, sus amigos y vecinos dicen cosas como cásala a los ocho y tendrás felicidad y gozo. Incluso al principio parece que le gusta la idea de la boda, hasta que le llega el momento y se da cuenta de que su marido no la va a proteger, al contrario, la va a forzar a tener relaciones, la va a obligar a trabajar duro y encima tiene que estar contenta porque casarse es una bendición. La directora es Khadija Al-Salami, a la que casaron a los once años, hija de una madre que se casó a los ocho. En el festival de San Sebastian de 2016 recibió el premio del Público de Cine y Derechos Humanos. Ahora vive en Francia y ha rodado varios documentales denunciando estas prácticas, que no solo ocurren en Yemen.


Es curioso que estas tres mujeres, víctimas del matrimonio, sean mujeres fuertes y valientes, con pinta de poder vivir perfectamente sin marido. El caso de la niña puede parecer tercermundista, pero también se apoya en el patriarcado y en lo bien que les viene que nos creamos que somos débiles y necesitamos que un hombre nos proteja y nos diga lo que tenemos que hacer.