El nenúfar, la araña y el sentido de un final

Eudald Espluga

Foto: Donna Salama

Claire Legendre no se suicidó, y por eso hoy lleva tatuada la palabra ficción en el brazo. Se señala el tatuaje como respuesta a una de las muchas preguntas que le hago sobre su último libro, El nenúfar y la araña (Tránsito Editorial). Un gesto que sería una mala respuesta -o por lo menos una especialmente efectista, casi melodramática-, si no fuera porque con ella no establece una relación de causalidad entre la vida y la literatura, ni le otorga algún tipo de cualidad salvífica o rendentora a la literatura. Su respuesta, por el contrario, es un resumen especialmente sintético de la intuición que recorre las páginas de El nenúfar y la araña: que los humanos somos animales narrativos, y que cualquier forma de terror existencial que podamos llegar a sentir -miedo a la muerte, a la enfermedad, a ser engañados, a tener una araña trepando bajo la ropa-, no es otra cosa que incapacidad para articular y dar sentido narrativo a nuestra experiencia.


“Contar historias es en sí mismo una forma de vivir, y lo es para todos, no solo para escritores”. Según Legendre, es imperativo contar nuestra historia, “incluso si es una historia espantosa, porque si no puedes, si no sabes cuál es tu historia, ni qué rol estás jugando en tu propia vida, la existencia resulta muy angustiante, te sobreviene el pánico”. Como escribe en uno de los pasajes más memorables del libro: “la vida, quiero decir, la consistencia de la vida, es siempre desesperadamente menos importante que la forma que puedo darle, o que parece tomar en tanto que historia”.


Para pensar el miedo, Legendre habla de su hipocondría, de su aracnofobia, del miedo a morir en un accidente de coche; habla de la decisión que tomó a los trece años de suicidarse el 3 de julio de 2003; del miedo a que el amor no dure; de perder -de repente y para siempre- a un mejor amigo; habla del miedo a pillar la gripe.

El nenúfar y la araña nació como una exploración de la idea de pavor, después de que la editorial canadiense Les allusifs le propusiera escribir sobre ello. “Decidí entender el encargo que me hicieron desde la editorial en forma de ensayo, y puse autobiografía en él porque me parecía lógico”. Sin embargo, no se trata de un libro de autoficción, pues Legendre no utiliza su experiencia para tensar el arco dramático de un personaje, sino que aborda su biografía de forma limpia, como el trampolín desde el que lanzarse a pensar. “Es un ensayo autobiográfico, mi primer ensayo. Para explorar cómo funcionan los miedos tuve que hablar de mi vida, aunque no abordase la cuestión en un sentido psicológico, ni en un sentido religioso, sino desde una perspectiva literaria”.


Para pensar el miedo, Legendre habla de su hipocondría, de su aracnofobia, del miedo a morir en un accidente de coche; habla de la decisión que tomó a los trece años de suicidarse el 3 de julio de 2003; del miedo a que el amor no dure; de perder -de repente y para siempre- a un mejor amigo; habla del miedo a pillar la gripe y a que el cáncer que como un nenúfar le brotó en el pecho acabase siendo peor que la propia muerte.


Aunque son muchas las formas de terror que describe en el libro, ya desde el título se anuncia una división -entre el nenúfar y la araña- que nos permite empezar a ordenar las ideas: “el primero es el miedo que viene de dentro, del desconocimiento, de no saber qué hay en el interior de tu cuerpo; el segundo el miedo de la araña, el miedo del afuera, del Otro, de la alteridad”. Sin embargo, Legendre niega que esta sea una división natural, metafísica, pues como en el caso del nenúfar, “tampoco sabes nunca dónde está la araña. Incluso cuando ya la has matado, piensas que puede haber otra, que puede estar en cualquier sitio, precisamente porque no la ves. Es lo mismo que los celos, lo mismo que la ironía trágica”.


“Como novelista, yo acostumbro a ser el Dios de mis personajes, pero para mí misma no puedo ser Dios, y yo no creo en Dios. Por lo tanto, no puedo saber dónde está el peligro y, si no sé dónde está, puede estar en todas partes.

Es esta referencia a la ironía trágica -la ironía de que solo el protagonista de la historia desconozca su inevitable final trágico- lo que desde las primeras páginas de El nenúfar y la araña le permite hacer el salto hacia lo literario, pues para Legendre todo miedo, también a un nivel físico, tiene que ver con ese desconocimiento del propio destino, con la incapacidad de neutralizar el azar y la fragilidad, con la existencia de una narración cuyo desenlace no esté definido de antemano. “Como novelista, yo acostumbro a ser el Dios de mis personajes, pero para mí misma no puedo ser Dios, y yo no creo en Dios. Por lo tanto, no puedo saber dónde está el peligro y, si no sé dónde está, puede estar en todas partes. Este es el punto donde lo físico, en forma de ataque de pánico, entronca con la ironía trágica: eres un personaje que no sabe qué le va a pasar”.


Tanto la creencia en el destino como la idea del suicidio son dos formas narrativas de controlar el miedo a lo desconocido, asegurándonos un final coherente para nuestra historia: lo que el crítico literario Frank Kermode llamó “un sentido del final”. Legendre, sin embargo, despacha la primera: “destino es una palabra de derechas”, escribe en uno de los últimos capítulos. “Individualista como una tragedia, presupone héroes, casta elegida, divinidad, y te susurra al oído que no sirve de nada cambiar el curso natural de las cosas”. El suicido, en cambio, Legendre no lo contempla como una simple palabra: “tenía 13 años, y el suicido era una solución romántica para aceptar la vida, para aceptar el hecho de ser. El suicidio puede ser una forma de decidir el final de la historia: tú lo controlas todo y no tienes miedo a morir porque ya lo has decidido. Pero cuando llegué al punto en el que tenía que suicidarme, me sentí en peligro. Pero entonces el suicidio no era una idea, es una idea ahora que he tratado de entender cómo era de adolescente”.


Claire Legendre no se suicidó, y por eso hoy lleva tatuada la palabra ficción en el brazo. “La libertad es elegir tu propio destino, soy muy sartreana. Incluso si no es una decisión real”. Así, ahora entendemos por qué, para Legendre, entre la aceptación de la vida más allá del suicidio y el hecho que nuestra vida sea un constructo narrativo no hay una relación de causa-consecuencia: “la idea de que la literatura o los libros nos pueden salvar está hoy muy de moda. Me molestó mucho cuando en una librería de Canadá pusieron El nenúfar y la araña en una estantería de desarrollo personal. Los libros no son necesariamente buenos. De hecho, la mayoría de los autores que me gusta leer, como Georges Bataille o Atonin Artaud, no son buenos para mi salud mental”. Escribir sobre el miedo, la pérdida o la enfermedad tampoco tiene propiedades redentoras. “Mi amigo Thierry sigue estando muerto, no lo he podido salvar. No hay nada mágico en la literatura”. Y precisamente este es el reverso terrible del hecho que seamos animales narrativos, y la idea central sobre la que gira El nenúfar y la araña: que la ficción nos constituye, pero no nos protege. “Si crees en ella, si crees en la ficción, puede ser tan peligrosa como la realidad”.