El yo más íntimo de Kate Millett también es político

Teresa Avendaño


Un año después de la muerte de la activista feminista Kate Millett (1934), Alpha Decay publica Sita. Es el diario más íntimo de Millett, en el que la escritora narra su gran historia de amor lésbico con Sita, una mujer diez años mayor que ella que pertenece a un mundo opuesto al de Millett: un mundo que las hace chocar constantemente y que las acabará llevando a pequeños y dolorosos finales.


Todas las que hemos leído y seguido a Kate Millett situamos su figura como una de las autoras necesarias e imprescindibles de la segunda ola del feminismo. Política Sexual (1970), su tesis doctoral –que acabaría convirtiéndose en un libro de gran éxito y en un manifiesto para las feministas– es uno de los más sólidos y sugerentes análisis del feminismo radical. En él, Millett describe y anuncia, de forma persuasiva, la idea de que la relación entre ambos sexos es siempre política. El patriarcado, en contra de lo que había anunciado la revolución feminista, no se desprende del capitalismo, sino que tiene sus propias formas de opresión y, por tanto, debe eliminarse también con nuevas herramientas.


Sin embargo Millett, con esta obra, decidió mostrarnos una cara oculta que luchaba contra su yo político: su yo más íntimo y personal. En ella decide confesarse, dejando a un lado su faceta de pensadora y rompiendo con su ideología, enseñándonos sus reflexiones más profundas y dolorosas. Tal y como lo escribe Núria Molines en el prólogo de esta edición, Millett nos revela que es “incapaz de vivir acorde a sus ideales y convicciones”. Su fuerza por seguir siendo una mujer independiente y libre se ve afectada por la relación con Sita, una relación basada en la dependencia, el miedo y el amor enfermizo. Paralelamente Millett, a lo largo de las páginas, se aferra a su cuaderno donde declara sin adornos sus sentimientos, incluso se mantiene cerca de Sita en numerosas ocasiones para poder escribir, aunque ello le resulte angustioso y desolador. Así, nuestra escritora, convierte a Sita en la protagonista real de la novela, de su historia y de su vida.


Su fuerza por seguir siendo una mujer independiente y libre se ve afectada por la relación con Sita, una relación basada en la dependencia, el miedo y el amor enfermizo.

Quizá conocer este lado de Kate Millett es, en un principio, desconcertante. La imagen de mujer reivindicativa comienza a difuminarse según avanza la historia y, al final, olvidamos por completo lo que conocemos de Millett y conseguimos verla como alguien que quiere abrirse más allá de sus creencias conscientes, alguien más salvaje e impulsivo. Estas memorias nos evocan una historia que podría pertenecer a cualquiera de nosotras, un error que se repite a lo largo del tiempo; donde todo se reduce a un hogar que, simplemente, deja de serlo, convirtiéndose en un lugar destartalado y vacío. Millett nos lleva hasta la pérdida más dolorosa y hasta un final que lleva anunciándose desde el principio: lucha constantemente contra los hombres, intenta que Sita la elija a ella antes que a ellos —aun sabiendo que no lo hará—. Quiere ser la vencedora y acabará siendo la vencida y, a pesar de que su interior siempre lo supo, espera con ansias la derrota que siempre está llegando pero nunca termina de hacerlo.


Pero Sita es más que una historia de amor: es un puente hacia la vida real donde se esconde la muerte natural, donde Millett siente que perder a Sita la hace envejecer y, por ende, morir. Se trataría de perder, tal y como lo escribe la propia Millett, el último amor, la última conquista, la última esperanza. El amor se convierte en un sentimiento macabro, tóxico y trágico; en el cual Sita está al mando de todo y su figura de autoridad es irrefutable para Millett. Constantemente, la política de la feminista se ve debilitada y desgastada. Su fuerza, que tan bien conocemos, parece destruirse en este romanticismo tan arraigado, un romanticismo que viene de la mano de la educación y la sociedad donde, en el caso de Sita, la escritora se siente incompleta sin su amante: se siente una mitad vacía. Millett cree ser la salvadora de Sita, intenta protegerla y curarla de su tormentoso pasado —en el que la violaron—, cree tener el derecho de compensarle todos los males que ha vivido y solo esta sensación la mantiene esperanzada.


Estas memorias nos evocan una historia que podría pertenecer a cualquiera de nosotras, un error que se repite a lo largo del tiempo; donde todo se reduce a un hogar que, simplemente, deja de serlo, convirtiéndose en un lugar destartalado y vacío.

Así, esta obra nos lleva a meternos en la piel de ambas, creando una fuerza empática en la que somos conscientes del mal que están viviendo y de cómo la posesión transforma a las personas, echando por tierra cualquier ideología establecida que creíamos consistente. Esta autobiografía es el lado más frágil de la autora; trata de una vulnerabilidad constante y nos deja la puerta abierta para que conozcamos lo que había tras su imagen pública. Un diario doloroso que Millett escribió sin conocer el verdadero final de Sita: su inesperado suicidio dos años después de la publicación de la obra. Una obra sin matices en la que simplemente se plasma lo vivido junto a Sita, una historia repleta de altibajos donde los personajes se desgarran mutuamente sin saber frenar.


Conocer el lado más personal de los activistas es una forma de llegar a ellos con franqueza y libertad, una manera de descubrir que el yo político también puede enfrentarse a nuestro yo más íntimo, aunque ambos vayan de la mano. Lo personal es político y las vivencias personales, aunque en ocasiones puedan ser contrarias a las políticas que perseguimos, son una vía para conocer aquello que no queremos volver a repetir, una vía para sanar errores y rectificar nuestras propias historias. Kate Millett perseguía todo lo contrario que nos enseña en Sita: fue consciente de ello en todo momento —así lo admite en estas memorias— y, aunque no pudo acabar con esta historia casi interminable, siempre tuvo presente lo insana que era esa necesidad y lo difícil que era huir de ella. Los ideales divulgados por Millett fueron (y siguen siendo) necesarios para la lucha feminista, al igual que lo es este diario.