Conversar con Bárbara Carvacho

Berta Gómez Santo Tomás


I.


Bárbara Carvacho nació en Santiago de Chile, en 1991. Es feminista, periodista especializada en música y editora de la revista POTQ Magazine y de la plataforma Picnic TV. Y tú, ¿tan feliz? es su primer libro: una narración en primera persona sobre el trágico recorrido que tiene que hacer una mujer para abortar en un país donde se considera una práctica ilegal –solo existen tres supuestos que podrían permitir abortar a una mujer, violación, peligro de vida de la madre o inviabilidad fetal, y aun hoy, más de la mitad de los médicos se niegan por objeción de conciencia–. Pero este no es solo un libro sobre cómo meterse pastillas de Misotrol en repetidas ocasiones por la vagina hasta la entrada del útero para abortar, Y tú, ¿tan feliz? es también el relato de muchas “nadies”, como las llama la autora, en distintos tonos, edades y situaciones que luchan por no tener que morir ni sufrir por no querer tener un bebé. Es la exposición de la cultura patriarcal desde su crudeza más íntima, desde su violencia más pública.


Y tú, ¿tan feliz? salió a luz en 2019 en la editorial chilena La Secta, un colectivo de 12 mujeres que tenían el objetivo de democratizar el derecho a la palabra impresa. Carvacho había presentado antes el libro a varias editoriales que le exigían suavizar el tono, la forma y el contenido. Dijo que no y le propuso al colectivo de mujeres con el que compartía un taller literario convertirlo en editorial. Así lo hicieron y este fue su primer libro bajo la fórmula de “editoras en visita” (es la autora quien elige a su editora y mentora). Ahora llega a España como la última apuesta de Luna Miguel y Antonio J. Rodríguez para Caballo de Troya.


II.


Pasamos rápido al lugar en el que todo iba a suceder, aunque no todavía. No es así de fácil la historia, a pesar de que me hubiera encantado que el resto se resumiera en un “llegamos/lo–hicimos//limpiamos/nos–fuimos”, pero, como cualquier aborto en la clandestinidad, las vueltas para conseguirlo son bastante más largas. Y caras. A menos que el apellido y el contacto de la hipocresía esté de tu lado.*


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No sé cómo abordar este libro. Qué decir que no esté de más. Miro el pañuelo verde que tengo colgado desde hace un año y medio al lado de mi escritorio. Aborto legal para no morir. Educación sexual para decidir. Anticonceptivos para no abortar. Me lo trajo una amiga de Argentina con la que ya no me hablo, igual que Bárbara cuenta que ya no se habla con la amiga que estuvo con ella durante el proceso del aborto. Mi cabeza teje conexiones absurdas y yo sigo bloqueada.


Me gusta cada vez menos escribir y leer reseñas. Pienso que la crítica literaria es un corsé demasiado pequeño, un juego demasiado reglamentado para la vastedad de la escritura. No sé si es un argumento endeble y sin fundamento, pero mi intuición nace de tantas expectativas defraudadas. De tantas reseñas con adjetivos demasiado similares sobre lecturas que tenían que gustarme, que era lo que quería y necesitaba leer, y que a las dos páginas no sabía qué hacía allí, qué era eso. También de tantas críticas elogiosas a libros que había leído y disfrutado -cinco estrellas en Goodreads, foto a contraluz en Instagram- que eran incapaces de transmitir la idea, la textura, la violencia, el ruego. Es un pensamiento intrusivo, pero me sirve como excusa: me niego a reseñar Y tú, ¿tan feliz? de Bárbara Carvacho. Me niego porque no se puede –porque yo no puedo– hablar de los libros que están ya hablando: esa es mi crítica.


La duda, entonces, es si se puede conversar con el libro. Si se puede escribir junto a Bárbara Carvacho en los márgenes de ‘Y tú, ¿tan feliz?’. No para reseñarlo, no para criticarlo: para acompañarlo.


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“Todo hombre, en el fondo, sabe que es una mierda que no vale nada”. Lo escribe Valerie Solanas en el Manifiesto Scum. Y lo transcribo aquí porque el texto de Bárbara es también un manifiesto. No defiende lo mismo que Solanas, ni busca un efecto parecido, pero sí opera una misma intervención sobre el lector: la historia no empieza ni acaba, aquí toda palabra, subrayado y mayúscula es intencionalmente política, una declaración materialista que despierta empatía, que causa dolor, que rompe con la fantasía de una vida feliz.


Lo de Bárbara son ganas de provocar, dirán; pero diremos que, de ganas, pocas. No hay ganas en el hastío o en la náusea. No hay ganas en el contar porque no queda otra, en el tender la mano a unas y escupir en la cara de otros. Libro-manifiesto es también Teoría King Kong de Virgine Despentes. Lecturas violentas que cambian la estructura física de quien lee: los fluidos, las lágrimas, el temple de la voz. Ellas gritan. Están hartas de la Literatura. Violentas también porque interpelan sin preguntar. No hay estructura, no hay canon. Tampoco ganas de pedir perdón. La teoría pierde aquí su valor e incluso razón de existir. Las metáforas no pueden ahogar el grito: haz algo ya porque me estoy muriendo. Los libro-manifiesto son un puñetazo en ausencia de pelea. Un golpe que sorprende al adversario, tan efectivo como aparatoso.


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Ardo. La cabeza está caliente por dentro y por fuera. Mi frente arde, todos mis pensamientos arden. Quiero arder pero no de esta forma. Quiero verlos a todos arder. A las iglesias, a las que dan la espalda, a los que se entrometen. Prenderle fuego a la moral, a tu moral, a tu moralina.


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Pero la pregunta que me persigue no es quién es capaz de escribir algo así, sino por qué no lo estamos haciendo las demás.


Por miedo, por parálisis, porque quién soy yo para decir eso con tanta seguridad. No sé si tengo razón. Por condiciones materiales, porque el trabajo paga el alquiler. Porque somos débiles, cobardes, porque falta espacio abierto para soltar aire y luego que haya quien lo recoja. Por mi madre, por mi padre. Porque eso no servirá para nada, porque preferimos rendirnos a lo institucional, al cobijo de la norma. Porque si escribo una novela o un ensayo o un artículo sin señalar a nadie será más fácil venderlo. Mejor rendirse a lo universal que a lo femenino. La sangre de la regla se ve menos en el negro que en el rosa. Porque lo otro es difícil, porque ya nos han exprimido y agotado la imaginación, las ganas de luchar. Es el capitalismo, dicen, y es verdad, pero no es toda la verdad. Nuestros cuerpos son vulnerables, ceden, se cansan, aceptan que esto es lo que hay, se encogen. Porque un día en Twitter de peleas es siempre peor que un día en Twitter sin peleas. Imaginate fuera. No se te revuelve el estómago. “No sirve para nada que te enfades tanto”. Pero leo a Bárbara y pienso: yo no he tenido que abortar; no he tenido que hacerlo en estas condiciones.


Quizá algunas no estamos tan mal como para golpear tan fuerte. O quizá es más cómodo decir que no estamos tan mal como para golpear tan fuerte.


Qué de excusas tiene el privilegio, ¿os dais cuenta? Y qué vergüenza produce verlas todas juntas ahí, escritas una detrás de otra, como un autorretrato. La exposición sofisticada de incapacidad frente a las que sí son capaces, que no valientes; capaces de ser justas, de encarnar ese valor y defenderlo en nombre de todas.


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Y tú, ¿qué fue lo más grande que hiciste para sobrevivir? ¿Estuviste en real peligro alguna vez por culpa de personas que decidían por ti? Porque no es lo mismo andar borracho en bici buscando pitos que meterte casi sesenta misoprostoles por la vagina. Porque no es lo mismo que tus compañeros se rían de ti por no querer jugar a la pelota a que tu tía te corra la mano mientras te pregunta qué quieres por Navidad. No es igual ser asaltado que ser violado. Te aseguro que no es igual tener un mal día en la pega a que te hagan llorar porque no secaste bien la sartén antes de ponerle aceite. No es lo mismo agarrarte a combos curado en un concierto a que te pegue un curado que es tu pareja. Piénsalo, ¿qué es lo más grande que hiciste para sobrevivir?


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Imagino que Bárbara Carvacho no quiere una respuesta. Espera que me calle, que te calles.


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Sigo mirando el procesador de textos, sigo mirando el pañuelo, y pensando en conexiones absurdas. Este año Bárbara y yo hemos publicado unos cuantos artículos en VICE, pero desde hace unos meses ninguna de las dos lo hacemos. Resulta que Bárbara y yo ya nos seguíamos en Twitter, no sé desde cuándo ni por qué razón, pero hay algo de ilusionante en esa pequeña conexión. Bárbara tiene echado el candado en su cuenta, quiere proteger lo que escribe. Quiere protegerse a sí misma. Quiere protegerse imagino del usuario arroba sholomontendual que contesta a un tuit de Luna Miguel con un fragmento del libro diciendo “todas las que abortan entran en un dolor que puede llegar a ser eterno si no se arrepienten. Rezamos para que salgan de ese infierno”. 49 likes de mierda. Nos acosan y lo máximo que podemos hacer es hablar con candado, hablar en bajito. Yo rezo para alimentar la ira.


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El miedo a diario: en el mensaje de voz, en las lágrimas que manchan mangas, en las descargas de manuales, en el recuerdo de mi cama. Y yo soy nadie. Solo una periodista abortista que sabe lo que significa esta decisión. Soy nadie y lo único que me queda es darle una mano a todas esas cabras que estuvieron solas, como una. Sin medicina, sin leyes, sin familia, sin amores a su lado. Solas. Ellas contra el mundo. Nosotras contra el mundo.


Que todas esas lágrimas valgan la pena. Que mi cara roja de rabia ahora signifique algo, porque yo, Bárbara, no quiero leer más nadies sin nombres. Esto es por cada una de nosotras. Por todos nuestros úteros, por los de nuestras abuelas que murieron con alambres, por nuestras mamás que quieren otra vida y no pudieron porque hacer familia era lo correcto, por todas las decisiones truncadas. Por las que se murieron en el proceso. Por las que terminaron en la cárcel. Por cada una de nuestras lágrimas y úteros. Por mí, que siempre voy a estar para ustedes”.


III.


En el mismo espacio y tiempo donde nació este libro se estrenó un cortometraje bajo la dirección de Penélope Fortunatti, también miembro de La Secta, donde se recogen pequeños fragmentos del texto original de Y tú, ¿tan feliz?.




*Todas las cursivas del texto son fragmentos del libro Y tú, ¿tan feliz? de Bárbara Carvacho (Caballo de Troya, 2020).