“Eres igual que Lord Byron, brillante pero superficial”: un retrato de Mary McCarthy

Berta Gómez Santo Tomás

Mary McCarthy

“Cuando mis amigas y yo teníamos veintitantos años, en la década de los cincuenta, leíamos a dos escritoras -Colette y Mary McCarthy-, por lo mismo que otros leían la Biblia: para entender mejor quiénes éramos y cómo íbamos a vivir, considerando la limitaciones que nos imponía nuestra condición”. Vivian Gornick describe con estas palabras a una escritora de la que siempre se dijo, más que cualquier otra cosa, que era cruel y algo despiadada usando las palabras, tanto las que salían de su boca como las que ponía sobre el papel; y puede que hubiera algo de esto en ella, pero Mary McCarthy fue también una niña maltratada, una joven católica que perdió la fe, una mujer experta en dar conversación y montar fiestas, una de las mejores amigas Hannah Arendt y, como concluye Gornick, una escritora “brillante y hermosa, dotada de una mirada desprovista de sensiblería, de una mente increíblemente despierta y de una lengua temida por todos los que habían sido objeto de su portentoso sarcasmo”.


McCarthy nació en Seattle, en 1912. Era la primera de cuatro hermanos, y no puede decirse que en su hogar hubiera problemas de dinero -ella misma se reconoció como “una niña mimada”- con todas las comodidades que esto conlleva. O al menos así fue hasta que sus padres murieron por la epidemia de gripe que atravesaba Estados Unidos cuando tenía solo seis años. Como cuenta en Memorias de una joven católica, si hasta entonces había considerado que llevaba una vida normal, o sencillamente no se había planteado que existieran otra formas de existencia, fue esta pérdida lo que le hizo ser consciente de los privilegios de los que antes gozaba. “El comportamiento de la gente que nos rodeaba, brusco, desatento y preocupado, nos hizo comprender sin tapujos que nuestra importancia había disminuido”, narra en este libro, “nuestro valor había palidecido, y una nueva imagen de nosotros mismos -la imagen del huérfano, aunque no lo sabíamos- comenzó a formarse en nuestra mente”.


Lo cierto es que los cuatro hermanos McCarthy perdieron el confort que les ofrecía el dinero, pero también se quedaron sin amor. Pasaron a ser tutelados por una tía abuela ya anciana y su ascético marido, viviendo durante cinco años bajo un estricto régimen de crianza. Esto suponía, entre otras restricciones, una dieta casi exclusivamente a base de tubérculos y pasas, la prohibición de la lectura -excepto de materiales escolares- y lo que es peor, palizas recurrentes y un maltrato emocional sistemático. Hay algunos ejemplos especialmente extenuantes en este texto que recoge las memorias de su infancia y adolescencia, como cuando la pequeña Mary, con tan solo 10 años, ganó el premio infantil de su estado al mejor ensayo, y lo que recibió al llegar a casa fue peor que una reprimenda: “Mi tío se levantó en silencio de su silla, me llevó al oscuro lavabo de la planta baja, que siempre olía a crema de afeitar, y me azotó furiosamente con la correa de afilar las navajas, con el fin de darme una lección, dijo, no fuera que me convirtiese en una engreída”.


No cabe duda de que estos difíciles años marcaron el carácter de McCarthy: nunca llegó a reproducir esa misma violencia contra los demás, pero sí que cambió su visión del mundo.

Sin embargo, no fueron estos horribles episodios lo que hizo que sus abuelos maternos la sacaran de allí, sino un hecho puntual, que tacharían de inaceptable: los tíos de Mary se negaron a arreglarle las gafas. Decidieron que la niña se trasladaría a su casa, y metieron al resto de sus hermanos en un internado. No cabe duda de que estos difíciles años marcaron el carácter de McCarthy: nunca llegó a reproducir esa misma violencia contra los demás, pero sí que cambió su visión del mundo. Esta prematura experiencia quizá explique por qué nunca creó personajes con una maldad de naturaleza esencialista, sino que eran capaces de denostar su propia imagen a través de las palabras y el pensamiento. Mary McCarthy nunca quiso dar una lecciones morales, solo trataba de reírse del ser humano ante la imposibilidad de cambiarlo.


“Siempre me preguntan cómo perdí la fe y quienes me lo preguntan imaginan que pasé una larga temporada de profundas luchas interiores. La verdad es que el estupendo proyecto me vino a la cabeza de golpe”. La propia McCarthy explica que su rechazo del catolicismo fue, al principio, una estrategia para llamar la atención durante sus años en el colegio del Sagrado Corazón al que asistió tras salir de casa de sus tíos. Era una adolescente que no conseguía encajar y decidió no comulgar el domingo por la mañana, para que así todas las miradas se posaran en ella. Y lo consiguió. Luego, por supuesto, vino el miedo -“me hundí en una estéril desesperación. Cualquier tonto sabía que los científicos instrumentos humanos no podía aprehender de Dios. La existencia del cielo y del infierno no era contraria a la ciencia, sino a algo mucho diferente a la ciencia, más allá de la ciencia. ¿Y los milagros qué?”- y, más tarde, la incertidumbre -“parecía que el espíritu de la duda se hubiera infiltrado en la misma trama de mi pensamiento, por lo que los axiomas que una hora antes me parecían sencillos y claros, ahora eran oscuros y me producían perplejidad. Y por último, la convicción de todo lo contrario a lo que había creído hasta entonces: “intentaba con todas mis fuerzas sentir fe, aunque solo fuera para cumplir con mi deber social, pero cuanto más insistía y buceaba dentro de mí, más me sentía obligada a reconocer que no creía. En cuanto yo sabía incluso el alma había huido de mi”.


Pero aunque no tuviera las amigas que ella consideraba adecuadas, las monjas del convento siempre vieron a Mary como una joven distinta. “La madre superiora lloró cuando me fui, y predijo que sería novelista, lo que me sorprendió”, cuenta en Memorias de una joven católica. E incluso será una frase de “la más severa y la más silenciosa” de las profesoras lo que le dio, al fin, eso que tanto anhelaba. “Eres igual que Lord Byron, brillante pero superficial”, le espetó madame Barclay produciendo en McCarthy un pensamiento y un repercusión instantánea: “nunca me he sentido tan halagada […] Al mediodía, en el refectorio, no me faltó la popularidad precisa para enriquecer aquel momento”. Ahora era una chica popular, una futura escritora.


A pesar del reconocimiento que se había ganado por escribir en revistas literarias de prestigio, su estilo ya estaba sentenciado. “Escribe como una inteligente arpía armada con un arpón que clava solo para divertirse” apuntaban en Vogue en 1947.

Esta actitud desafiante fue en aumento cuando entró en el instituto en Vassar. Al describirla, sus compañeras señalaban su inteligencia, “había pocas cosas más desalentadoras en el mundo que estar en primer curso con Mary McCarthy”, y a continuación la golpeaban con ella, “me parecía extraordinaria y me intimidaba. Te destrozaba completamente el ego. No es que Mary fuera grosera contigo, era más un aire de superioridad”. En el libro Agudas, Michelle Dean narra el siguiente paso en la vida de McCarthy casi como una correlación natural: convertirse en una crítica feroz, trabajando en publicaciones neoyorquinas como The Nation o Partisan Review. “Siempre había en sus reseñas una nota de maldad, la sensación de que su autora sabía que estaba desafiando las convenciones de la etiqueta de la crítica literaria. Su impertinencia se convirtió en una suerte de tarjeta de visita”, explica Dean.

Pocos años después vendría, también de forma irremediable, su salto a la ficción con The Company She Keeps, una recopilación de relatos que produjo las quejas de muchos hombres porque consideraban que los retratos que se hacían de ellos eran demasiado severos, o todavía peor, porque les dejaba como seres ridículos. Sin embargo, recibió críticas entusiastas, entre las que se cuentan la de Vladimir Nabokov -calificó el libro de “inteligente y poético”- o la del por entonces aspirante a joven escritor, Norman Mailer. La honestidad del libro fue una revelación para muchas lectoras que al fin encontraban como protagonista a una mujer independiente, que tampoco tenía reparos en describir lo que implicaba liberarse sexualmente. A pesar de ello, y del reconocimiento que se había ganado por escribir en revistas literarias de prestigio, su estilo ya estaba sentenciado. “Escribe como una inteligente arpía armada con un arpón que clava solo para divertirse” apuntaban en Vogue en 1947.


Antes de comenzar a escribir la que sería su obra de más éxito, El grupo, McCarthy publicó en 1949 una novela que despertó en el mundo intelectual innumerables ofensas y acabó por confirmar, si es que quedaba alguna duda, lo supuestamente desagradable que se esforzaba en ser. El oasis cuenta la historia de un grupo de intelectuales utópicos que se reúnen para establecer una comuna cooperativa que, por el mero hecho de existir, creen que constituirá una protesta contra la vida en occidente. Lo que molestó de la novela, y al mismo tiempo la convirtió en una sátira excelente, fue que McCarthy sacó a todos los personajes del círculo social en el que se movía: personas de izquierdas, la mayoría judíos, bohemios y en general, hombres que se tomaban a sí mismos demasiado en serio. Tanto se enfadaron que incluso dejaron de invitarla a sus fiestas o directamente le retiraron la palabra. Quizá el episodio más sangrante lo protagonizó Philip Rav, con el que la escritora había mantenido una relación, puesto que llegó a amenazarla con una demanda para impedir la publicación del libro. Ante este escenario Mary se quedó atónita, pues su intención era, en el fondo, la autocrítica; y si bien se mofaba de las motivaciones intelectuales de quienes la rodeaban, nunca lo hacía desde la crueldad, sino desde el compromiso con el conocimiento y con las ideas que estos creían defender.


Seguro que hubo momentos felices para ella, pero jamás fue esa dama de hielo que tan bien cuadraba con la única explicación de que una mujer pudiera tener éxito en el mundo editorial.

En realidad, como les ocurrió a muchas otras escritoras de su generación, aunque podría parecer que McCarthy pudo llegar al mismo lugar que sus colegas -fue a sus fiestas, debatía entre ellos y sus libros se vendían igual de bien- jamás pudo escapar de su condición de mujer: su obra sería calificada siempre como “maliciosamente femenina” y las argumentaciones en cuanto a su físico y forma de vestir eran inagotables. Podría estar entre ellos pero nunca sería uno de ellos. Eso explica la multitud de personalidades que se preguntaron, y aun siguen preguntándose, cómo una filósofa como Hanna Arendt -quizá la única mujer de esta generación que fue considerada uno de ellos- pudo llegar a tener una amistad profunda y duradera con alguien como McCarthy. “Muchos pensaban que no era una pensadora a la altura de su amiga”, explica Dean. Pero basta con leer las cartas que se escribían la una a la otra, y el grado de afinidad intelectual y emocional que existía entre ellas, para darse cuenta de que su relación de amistad fue realmente sólida. Como puede comprobarse en Entre amigas, el volumen que recoge su correspondencia, ambas mujeres compartían un mismo talante irónico y mordaz; también ambas sufrían a los “filósofos de cabaret” - así llamaba Arendt llamaba a los pensadores de su círculo neoyorquino- y coincidían siempre en su desprecio hacia la mediocridad de muchos de sus contemporáneos.

A nuestros ojos, a ojos de los demás, podría pensarse que McCarthy era una mujer segura de sí misma, que paseaba aireada, con la cabeza bien alta entre críticas y comentarios machistas y desalentadores. Nada más lejos de la realidad. Solía describir su propia existencia como desgraciada, empezando por su difícil infancia y después por el maltrato de su primer marido, Edmun Wilson, con el que tuvo un hijo y acabaría divorciándose siete años después. “Su infelicidad durante este periodo afloraba en ramalazos de fuerza histérica, según el otro hijo de Wilson. Uno de estos ataques, en junio de 1938, terminó con McCarthy ingresada en el pabellón psiquiátrico del hospital Payne Whitney”, escribe Dean en Agudas. Después, la escritora contará en su segundo volumen de memorias que el ataque se desencadenó cuando su marido, borracho, la pegó, estando ella embarazada de dos meses y medio.


Seguro que hubo momentos felices para ella, pero jamás fue esa dama de hielo que tan bien cuadraba con la única explicación de que una mujer pudiera tener éxito en el mundo editorial. Mary McCarthy era una mujer inteligente a la vez que insegura de sus cualidades, precisamente porque después del reconocimiento siempre le llegaban hordas de ataques malintencionados, difícilmente asimilables. Ya nos avisa Gornick en el prólogo de El Oasis: “el libro no es cruel. No busca venganza. Es innegable que la ironía implica falta de compasión, pero la ironía que hay aquí no es salvaje. Su exquisita e ingeniosa estructura sintáctica nace de la sentida decepción de una moralista, y el lector percibe que ésta deseaba de todo corazón que lo bueno (es decir, lo genuino) de nuestro mundo prevaleciera”.