Experimentos

Eudald Espluga


El progresismo ha abrazado lo queer. No lo digo yo, lo dice Daniel Bernabé en un artículo titulado La izquierda claudicante, en el que aprovecha la polémica en torno al Partido Feminista para reconducir el debate sobre el sujeto del feminismo a las tesis de su libro La trampa de la diversidad. Hasta aquí nada nuevo si no fuera porque uno de los argumentos que utiliza, y que no llega a desarrollar, consiste en clasificar la teoría queer como un trampantojo académico cuya puesta en práctica resulta necesariamente peligrosa: “debería ponernos en alerta de las consecuencias de estos experimentos llevados de los ensayos a las leyes sin una reflexión en profundidad”.


En su artículo este argumento importa poco, en la medida que la teoría queer ha sido invalidada de entrada, a través de una definición caricaturesca que la reduce a una frivolidad de autoexpresión individualista no muy diferente a escoger entre diferentes marcas de pasta de dientes. Pero lo cierto es que se trata de un argumento persistente en el debate público que, como en el artículo, casi nunca se enuncia de forma explícita, sino que se asume como una actitud de rechazo a la popularización de estos discursos más allá del ámbito académico; algo así como el resentimiento del indie que repite que en la maqueta sonaban mejor.


Es un razonamiento inquietante, que no se produce en un vacío comunicativo: como se ha podido comprobar estos días, son muchos quienes pasan sin solución de continuidad de cuestionar la teoría queer a cuestionar los derechos de las personas trans. Pero es que además, ya sea por ignorancia o por mala fe, se trata de un razonamiento fallido que incurre en errores de bulto que contribuyen a enturbiar el debate.


En la historia de la teoría queer hay muchos más cócteles molotov, persecuciones policiales y sororidad entre subalternas que referencias paratextuales a Luce Irigaray

El primero de esos errores consiste en sobreintelectualizar la teoría queer y tratarla como pura abstracción surgida de las divagaciones filosóficas, verborrea incomprensible que se limita a mezclar anglicismos con fantochadas lacanianas. Casi nunca se reconoce, y mucho menos se explica, que su origen está en un movimiento de resistencia por parte de aquellos que fueron excluidos de la categoría heteropatriarcal de lo normal: en la historia de la teoría queer hay muchos más cócteles molotov, persecuciones policiales y sororidad entre subalternas que referencias paratextuales a Luce Irigaray.


Las disidencias identitarias queer aparecieron en entornos activistas como Act Up, en los años ochenta, donde el rechazo a las categorías de género estaba lejos de ser una coquetería consumista: en pleno auge de la pandemia del sida, este rechazo era una lucha a vida o muerte contra la estigmatización homófoba de los cuerpos. Abrazar lo queer era también una forma de politizar la supervivencia en el contexto de la lucha trans antagonista de grupos como S.T.A.R (Street Transvestite Action Revolutionaries) -Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, sus fundadoras, fueron dos figuras en la revuelta de Stonewall- o en agrupaciones como el colectivo gay anticarcelario ‘Hombres contra el Sexismo’ que lideró Ed Mead, quien se definía a sí mismo como un “marica político”.


El segundo error tiene que ver directamente con el primero, pues solo sobre la base del olvido interesado de esta historia de luchas y disidencias puede mantenerse una división tajante entre lo académico y lo político. Por supuesto, a la lucha activista de los años setenta y ochenta les siguió una sistematización teórica de tales planteamientos: de Teresa de Lauretis a Judith Butler y de ahí a la actualidad. Pero aislar la teoría de las prácticas y construir una oposición entre lo académico queer y la lucha emancipatoria -la de verdad, la que sí tiene en cuenta las condiciones materiales- es una operación ideológica grotesca y falaz, crítica cultural forocochera que aspira a rentabilizar el antiintelectualismo reaccionario como conciencia de clase. Además, esta contraposición simplista que enfrenta conceptos al tuntún -el postporno a la huelga general, el lenguaje inclusivo al sindicato- es la que permite presentar la teoría queer como una forma de elitismo narcisista, mera tecnología neoliberal de la elección.


Por ello el argumento indie de que en-la academia-sonaba-mejor resulta tan cómodo y se repite tan a menudo: porque permite echarse las manos a la cabeza por la popularización de la teoría queer sin subirse alegremente al bus de HazteOír

Porque es cierto. Resulta extremadamente fácil reírse de los neologismos y los tecnicismos, de los intentos por subvertir el lenguaje y sus categorías, especialmente cuando te permites tergiversar las nociones más básicas de la teoría, descontextualizarlas y utilizarlas como espantajo: la purpurina como subalternidad, el dildo como arma anticapitalista. De ahí que se pueda caricaturizar la teoría queer como un experimento descabellado, transgresión de cartón-pluma, puro onanismo postestructuralista que nunca debería considerarse en serio desde la política institucional.


Pocos se atreven a desestimarla del todo, claro. Quien más quien menos entiende que hablar de “lobby trans” es ponerse en ridículo, una retórica peligrosamente cercana a la crítica fascista de la “ideología de género”. Por ello el argumento indie de que en-la academia-sonaba-mejor resulta tan cómodo y se repite tan a menudo: porque permite echarse las manos a la cabeza por la popularización de la teoría queer -incluso cuando esto significa legislar para proteger los derechos de las personas trans- sin subirse alegremente al bus de HazteOír; es más, al optar por la condescendencia del connaisseur, estos críticos se presentan como solidarios con la causa: si son políticamente incorrectos es porque saben que la teoría queer es una triquiñuela del sistema neoliberal que, a la larga, dañará los intereses reales del colectivo LGTB.


Por supuesto, todo lo dicho hasta ahora no significa que leer a Judith Butler o Paul B. Preciado sea automáticamente revolucionario, o que en sus obras no haya dificultades teóricas insalvables. No seré yo quien defienda, por ejemplo, el concepto deleuziano de “rizoma” o El manifiesto contrasexual. Tampoco significa, por cierto, que el capitalismo no sea capaz de apropiarse de ciertos rasgos de la cultura queer, los despolitice y los convierta en formas de consumo estético: Elizabeth Duval analizó las ambivalencias de este proceso en el campo del arte y la literatura en el provocador artículo Contra la cultura queer. Por último, tampoco significa que la historia de lucha y resistencia que hay detrás del concepto lo salve de convertirse en una herramienta para perpetuar otro tipo de opresiones: en su artículo “no soy queer, soy negro, mis orishas no leyeron a Judith Butler”, piña narvéz cuestiona cómo lo queer se ha convertido en una categoría ajustada a la blanquitud académica que ha borrado la genealogía racializada de su historia: “las únicas fronteras que no pasan lxs blcxs queer son las fronteras de los Centro de Internamiento para Extranjerxs. Allí está la carne más barata del mercado, la carne nega, sudaka, racializada.”


Defender el valor de la teoría queer no significa abrazarla sin condiciones, sin contradicciones. Pero encerrarla en una dicotomía entre el trabalenguas académico y la farsa neoliberal de la autoexpresión individual resulta mucho más deshonesto. El progresismo no ha abrazado la teoría queer, porque la teoría queer no es una exterioridad discursiva, una quimera conceptual que amenace nuestro sentido común; más bien funciona un espejo que refleja como toda categoría implica una toma de posición ideológica, que nos sitúa en el mapa de las relaciones de poder. Quizá algunos prefieran no mirar, y está bien, pero que no digan que el espejo estaba mejor encerradito en los departamentos de filosofía.