Feminismo, ecología y antiespecismo: mapa de ideas para situarse en el debate -PARTE 1-

Berta Gómez Santo Tomás


Son los años 70. Nos encontramos con un escenario en el que están floreciendo numerosos movimientos contraculturales cuyo punto en común es la redefinición de la realidad y una base antisistema. La suma del movimiento LGTB, la lucha por la liberación animal, el ecologismo y el feminismo no resulta tanto de la necesidad interna de cada corriente, como de su oposición común a los teóricos y militantes de izquierdas que defendían -y siguen defendiendo- que la economía es la única base explicativa de todo fenómeno social.

Hoy, 2018. Los movimientos que se consolidaron en los años setenta copan el debate público y no sólo se han convertido en marcos conceptuales dentro de la academia y los círculos activistas, sino también en narraciones sociales que nos permiten entender nuestras vidas con respecto a todo lo demás: al resto de seres humanos, pero también a los animales no humanos y al lugar que habitamos. Sin embargo, esta confluencia no ha llegado todavía al punto al que aspiraba Kate Millet en Política Sexual, donde afirmaba que solo con la unión de todos los grupos desposeídos sería posible la auténtica revolución. Y si no ha llegado a ese punto es, en parte, porque quienes han sido testigos de que la anexión de estos movimientos implica una simplificación de sus objetivos en pro de un supuesto interés general, ya no están dispuestos a aceptarlo. Esta tensión es visible, por ejemplo, cuando se habla de ecofeminismo: las mujeres no queremos volver a vivir una historia de esperanza defraudada por tomar partido en la ecología.

Ahora bien, quizá no debamos valorar tanto la compatibilidad entre ecología y feminismo en base a los beneficios que pueden surgir de este matrimonio, sino como un movimiento nuevo que es capaz de resolver muchas de múltiples crisis que vivimos. De manera limitada, este mapa de ideas indaga en las posibilidades -y también los problemas- que surgen cuando intentamos dar respuesta a esta cuestión: ¿Cuál es el mundo al que aspiramos y cómo vamos a conseguirlo?

Ecofeminismo esencialista

Cronológicamente, esta unión entre ecología y feminismo -o más bien entre naturaleza y mujer- es la primera en manifestarse. Muy cerca de la espiritualidad, su discurso se basa revalorizar la experiencia de la maternidad y poner en valor el vínculo que une a las mujeres con la naturaleza, mientras se demoniza a los varones por ser animales intrínsecamente destructivos. En realidad, sus planteamientos no se salen de la línea de la filosofía natural clásica, que entiende que hombres y mujeres son biológicamente distintos, aunque su intención es tratar de revertir el orden jerárquico que esta había establecido. La idea es simple: si las acciones y el poder de los hombres nos han llevado hasta a la actual situación de emergencia, ahora deben ser las mujeres quienes asuman el mando para restaurar este mundo con sus virtudes.

Mary Daly, la autora esencialista con más repercusión, reclama las diferencias entre hombres y mujeres de manera explícita, aproximando lo femenino al pacifismo y la naturaleza, y lo masculino a la destrucción, la guerra y la violencia. Así, una de las conclusiones más controvertidas a las que llega el ecofeminismo esencialista es la afirmación de que el cuerpo femenino posee una capacidad de resistencia especial contra el tecnopatriarcado, y que por este motivo deberían ser ellas las encargadas de salvar el planeta.

Como cabría esperar, las siguientes corrientes serán especialmente críticas con estas propuestas, dado que no solo aceptan la distinción patriarcal, sino que además cargan a las mujeres con una nueva responsabilidad. Por si fuera poco, también resultan problemáticas por hacer de lo natural un orden sagrado (a veces explícitamente religioso, en términos panteístas): la asociación directa entre mujer y madre favorece la discriminación heterosexista y olvida que hay cuerpos no menstruantes que también son de mujeres.

Ecofeminismos del Sur

Hablar de ecofeminismos del Sur es hablar de Vandana Shiva, premio Nobel alternativo en 1993. Su pensamiento es relevante porque nos empuja a pensar de manera global: en un mundo hiperconectado, el feminismo no puede olvidarse de las mujeres que sufren de manera directa las consecuencias de la forma de vida y consumo del primer mundo.

Para esta autora, el ecofeminismo no es otra cosa que ser feminista y ecologista al mismo tiempo. Aunque Shiva entiende que es necesario acabar con las violencias hacia las mujeres, añade que la lucha será inútil si no enfrentamos los modelos de desarrollo patriarcales que también están destruyendo la naturaleza. En sus palabras, los patrones ideológicos y culturales que han colocado a la naturaleza como un sistema externo que no tiene nada que ver con los humanos, son los mismos que relegan a las mujeres al ámbito del hogar, donde permanecen igualmente invisivilizadas. Su visión ecofeminista, -explicada con detenimiento en el libro Ecofeminismo. Teoría crítica y perspectivas (1997)- reconoce las relaciones históricas, culturales y simbólicas entre la explotación y opresión contra las mujeres, y la explotación y opresión contra la naturaleza, siendo ambas resultado de la ideología patriarcal. Apoyándose en esta base, el pensamiento de Shiva no encuentra la relación entre patriarcado y capitalismo como un hecho casual, sino que considera a este último como un efecto del patriarcado.


En palabras de Shiva: “la naturaleza y la mujer han sido convertidas en objetos pasivos para ser usadas y explotadas por los deseos descontrolados e incontrolables del hombre alineado.

Superando el plano conceptual, este ecofeminismo trata de corregir lo que Shiva ha llamado el modelo del “mal desarrollo”: el racionalismo, el individualismo egoísta y la organización mercantil de Occidente, que considera especialmente dañina para la biodiversidad y las mujeres rurales del mundo. Al sustituir los cultivos tradicionales por monocultivos destinados al mercado, las personas que trabajan en el campo -70% mujeres en todo el mundo- se ven en la obligación de comprar semillas manipuladas que requieren, a su vez, el uso de pesticidas vendidos por las mismas empresas que suministran las semillas, entrando en un círculo interminable de endeudamiento. A esto se suma la destrucción de la flora local y la alteración del ecosistema que acaban provocando, toda clase de desastres “naturales” -eso que aquí solo vemos desde la televisión-.

En este caso el enemigo no sería el varón, sino una forma de vida colonizadora cuyo máximo representante es el hombre blanco. En palabras de Shiva: “la naturaleza y la mujer han sido convertidas en objetos pasivos para ser usadas y explotadas por los deseos descontrolados e incontrolables del hombre alineado. De creadoras y sustentadoras de la vida, la naturaleza y la mujer están reducidas a ser recursos en el modelo del mal desarrollo, fragmentado y contrario a la vida”.

Aunque de forma generalizada se reconocen sus planteamientos como imprescindibles y oportunos, algunas autoras también han considerado que roza el esencialismo de forma peligrosa. Es conocida la frase irónica que Donna Haraway lanza al ecofeminismo en el final de su Manifiesto para cyborgs (1985): “a pesar de que los dos bailan juntos el baile en espiral, prefiero ser un cyborg a una diosa”. Para Shiva esta afirmación es una demostración de la racionalización académica que está atacando al Tercer Mundo. Ella misma se encargará, años más tarde, de continuar con la disputa con una frase que se ha asumido como respuesta a Haraway: “prefiero ser una vaca sagrada a una vaca loca”.

Ecofeminismo crítico

Se trata de una corriente que toma el relevo de las disputas previas para construir un mundo en base a una premisa simple: poner la vida en el centro. Para esta transformación, el primer paso debe ser la revisión de nuestra conciencia como individuos: debemos entender que somos seres interdependientes y ecodependientes, y que la existencia en solitario es inviable. Como se expone en el libro La vida en el centro (2018), “nuestros cuerpos solo pueden sobrevivir si se insertan en un espacio de relaciones que garantice cuidados y atenciones a lo largo de toda la vida”.


El modelo de mujer deseable sigue siendo aquel que asume tanto las funciones del trabajo asalariado como las de los cuidados -lo que Arlie Russell Hochschild llamó “el segundo turno”-, convertida así en una especie de “superwoman” que lleva una doble jornada agotadora.

A pesar de que históricamente estas funciones han sido asumidas por las mujeres, el ecofeminismo crítico no solo nos advierte de la importancia de los cuidados, sino también de la universalización de los mismos. Ahora mismo nos encontramos que mientras las mujeres han empezado a asumir las características y labores que en principio se atribuían a los hombres, a la inversa este fenómeno se ha producido en mucha menor medida. El modelo de mujer deseable sigue siendo aquel que asume tanto las funciones del trabajo asalariado como las de los cuidados -lo que Arlie Russell Hochschild llamó “el segundo turno”-, convertida así en una especie de “superwoman” que lleva una doble jornada agotadora.

Partiendo desde esta posición -que bebe directamente de la ética de los cuidados- el ecofeminismo crítico pone sobre las mesa razones prácticas que sirven de enlace entre la ecología y el feminismo. A pesar de que podemos afirmar que vivimos una situación de emergencia a nivel global, los efectos negativos del mal desarrollo son especialmente perjudiciales para algunos grupos sociales. No solo por las dificultades para acceder a los recursos, también porque sobre ellos recaen las consecuencias directas de la sociedad química. Mujeres y niñas, en especial de las poblaciones del Sur, son el grupo más vulnerable y a la vez, sobre el que se sustenta nuestro modo de alimentarnos: a pesar de que son ellas quienes producen el 70% de los alimentos, no poseen ni un 2% de la tierra cultivable del planeta. Frente a la globalización neoliberal, el ecofeminsmo crítico apuesta por la ecojusticia, la sororidad y la sostenibilidad, denunciando los intereses económicos implicados en la devastación mediombiental, pero también las identidades de género subyacentes.

En esta línea el libro de Alicia Puleo Ecofeminismo para otro mundo posible (2017) es, sin duda, un manual de referencia. Si las propuestas de Puleo son significativas es porque se deshacen de cualquier rémora de esencialismo, con el fin de acabar de una vez por todas con los significados del ecofeminismo clásico que aún planean sobre el movimiento. Muestra de ello es la convicción de la autora al considerar una prioridad la determinación de las mujeres sobre su propio cuerpo: “las mujeres deben ser reconocidas como sujetos con poder de decisión en cuestiones demográfica, es decir, sujetos de su propia vida que eligen si van, o no, a tener hijos y, en el caso de que los deseen, cuándo y cuántos dar a luz en el marco de una cultura ecológica”. También en el uso de la tecnología el ecofeminimo crítico se aleja de las teorías decrecionistas y asume que, aunque no debemos aceptar ciegamente toda innovación, es inviable que es optemos por volver a una vida preindustrial.

Además, en un gesto conciliador con las tendencias postestructuralistas, el texto de Puleo dialoga con las críticas vertidas sobre el ecofeminismo, sin desvalorar sus aportaciones ni simplificarlas hasta el absurdo. Por ejemplo, la autora ve muy significativas las vías que está abriendo Paul B. Preciado en cuanto a las transgresiones de fronteras humanas, aunque desde una perspectiva ecológica advierte de los peligros que esto encierra: “a la hora de tomar ciertas decisiones siempre hay que tener presente que ignorar los límites biológicos cuando los medios para hacerlo son aún tan rudimentarios puede ser fuente de innumerables trastornos y sufrimientos físicos”.

NOTA: En la segunda parte de este mapa se desarrollarán las corrientes ecofeministas antiespecistas, que muestran una preocupación especial por los animales no humanos; y el llamado “ecofeminismo queer”.