Feminismo, ecología y antiespecismo: mapa de ideas para situarse en el debate -PARTE 2-

Berta Gómez Santo Tomás


Feminismo antiespecista


En los últimos años han sido varias las autoras que, desde la ética animal, reclaman que el feminismo debe superar la visión androcéntrica e incorporar a su lucha la preocupación por las hembras no humanas. Siguiendo la línea explicativa del ecofeminismo, se entiende que todas las opresiones comparten la misma lógica y que por tanto no será suficiente ni efectivo acabar con la discriminación sexista mientras se mantenga el sistema que la sostiene. ¿Puede el feminismo ser exitoso si olvida la situación de subordinación y explotación en la que se encuentran miles de millones de animales no humanos como consecuencia de nuestras actitudes de dominio? ¿La sociedad que aspiramos a construir como feministas puede estar fundada en la explotación de los más débiles? Para la filósofa Angélica Velasco, la respuesta a estas preguntas es clara: no. A través de su libro La ética animal, ¿una cuestión feminista? (2017) la autora argumenta esta negativa basándose en la importancia de eliminar los marcos conceptuales opresivos donde “la diferencia siempre es interpretada como inferioridad y la inferioridad sirve, a su vez, para determinar que la dominación del inferior es justa”. Es decir, si como feministas denunciamos que las diferencias -al menos físicas- de las mujeres frente a los hombres no deberían servir para someternos, también deberíamos desechar el argumento de que los animales no humanos pueden ser explotados porque tienen unas capacidades distintas a las nuestras.


¿Puede el feminismo ser exitoso si olvida la situación de subordinación y explotación en la que se encuentran miles de millones de animales no humanos como consecuencia de nuestras actitudes de dominio?

La discusión sobre los animales no humanos ha supuesto un nuevo punto de inflexión en las teorías ecofeministas: si las corrientes anteriores, llamadas holistas, se preocupaban por las vidas de los animales no humanos como una forma de preservar los ecosistemas, para las corrientes atomistas es imprescindible la consideración moral de los individuos concretos. Un libro esencial en esta línea es The Sexual Politics of Meat (1990), donde Carol Adams defiende que comer carne es una construcción social y que, al mismo tiempo, cuando se afirma que los humanos son depredadores naturales, se está falsificando la realidad. Esta base convierte a los animales en instrumentos utilizables que son olvidados como referentes del análisis de la ideología patriarcal feminista. Así, la tesis principal de Adams -que intentará demostrar con ejemplos de publicidades- es que el proceso cultural que reduce a las mujeres a objetos sexuales es el mismo que convierte a los animales en cuerpos comestibles: “la violencia sexual y el consumo cárnico, que parecen ser formas distintas de violencia, encuentran un punto de intersección en el referente ausente. Las imágenes culturales de violencia sexual, y la violencia sexual real, a menudo dependen de nuestro conocimiento sobre cómo los animales son descuartizados y comidos. Por ejemplo, Kathy Barry nos habla de “maisons d’abattage” (literalmente: mataderos) donde seis o siete chicas sirven a entre ochenta y ciento veinte clientes cada noche. Además, el equipamiento bondage de la pornografía (cadenas, picanas, sogas, collares de perro y correas) nos hacen pensar en el control de los animales. Así, cuando las mujeres son víctimas de violencia, recordamos el trato que se da a los animales. De un modo similar, en imágenes de matanza animal, matices eróticos sugieren que las mujeres son el referente ausente. Si los animales son el referente ausente en la frase “la matanza de mujeres”, las mujeres son el referente ausente en la frase “la violación de animales”. A raíz de este análisis, Adams concluye recordándonos que nuestras elecciones dietéticas reflejan -o al menos deberían hacerlo- nuestras ideas políticas: si al comer carne estamos perpetuando los valores patriarcales y reinscribiendo el poder masculino, “comer arroz es tener fe en las mujeres”.


Estos argumentos se han encontrado con críticas provenientes del ecofeminismo holista: autoras como Van Plumwood sostienen que el veganismo de Adams supone universalizar un privilegio de clase media. Puesto que la mayoría de los modelos de vida y formas de consumo no occidentales, como la indígena, están adaptados a las condiciones ecológicas de su territorio, para ellos no comer carne es una opción casi imposible. “Desde la perspectiva de la ‘persona de la biosfera’ que utiliza el planeta entero para necesidades alimenticias definidas en el contexto de opciones de consumo en el mercado global, es relativamente fácil ser vegano y el alimento animal es un mal innecesario. Pero el modo de vida de la persona de la biosfera es, en su mayor parte, destructivo y ecológicamente irresponsable. Desde la perspectiva mucho más ecológicamente responsable de ‘la persona del ecosistema’ que debe proveer a las necesidades alimenticias de un grupo pequeño y localizado de ecosistemas, por el contrario, es muy difícil o imposible ser vegano”, explica Plumwood. Del mismo modo, la ya citada Vandana Shiva también se encontraría en esta corriente holista, pues aunque apuesta por una sociedad predominantemente vegetariana que proteja a los animales de los acuerdos de libre comercio por ser “recursos vivos”, también encuentra necesario su sacrificio a pequeña escala para el consumo local.


Puesto que la mayoría de los modelos de vida y formas de consumo no occidentales, como la indígena, están adaptados a las condiciones ecológicas de su territorio, para ellos no comer carne es una opción casi imposible.

Ángelica Velasco, sin embargo, se cuestiona si poner el énfasis en las totalidades dificulta el respeto de los intereses de los individuos. De hecho, rescatando la disputa de Haraway y Shiva, Velasco afirma que “preferiría ser una vaca libre considerada un fin en sí misma que una vaca sagrada concebida como un recurso vivo”. Ampliar nuestras obligaciones morales a los individuos de las demás especies es también el punto de partida para el pensamiento de la filósofa y activista Catia Faria. Desde un posición tan controvertida como innovadora, Faria usa el lema lo personal es político con el fin de argumentar por qué actuar para preservar las vidas de los animales no humanos debe ser un tema prioritario en la agenda feminista. Así lo explica en un artículo de la Revista Latinoamericana de Estudios Críticos Animales: “en un contexto de desigualdad estructural, no es suficiente oponerse al trato discriminatorio. Es necesario, además, luchar por aquellos cambios que beneficien a quienes están peor, para así garantizar una igualación real entre los individuos. Y una vez ampliemos la mirada más allá de la especie, constatamos que la aplastante mayoría de animales no humanos se encuentra infinitamente peor que los seres humanos, incluso teniendo en cuenta a aquellos que están en muy mala situación”.


Se trata de una visión especialmente crítica con el ecofeminismo tradicional por presuponer que los animales son simplemente partes del medio ambiente, no sólo porque esta autora los considere seres sintientes individuales, sino porque “hay fuertes razones para creer que el sufrimiento predomina enormemente sobre el bienestar en la naturaleza”. Para Faria, esto tiene una repercusión directa para la práctica ecofeminista: identificar a los animales como plenamente considerables moralmente implica que, en la medida de la posible, debemos ayudarles mediante la intervención en la naturaleza. Por ello, considera que ser vegana no puede ser en ningún caso una simple opción personal, sino estrictamente política, llevando así el eslogan a su máxima exigencia: “abrazar lo personal es político más allá de la especie humana, tiene serias implicaciones a nivel individual y colectivo. Por supuesto, cada une de nosotras debe adoptar el veganismo y hacer activismo en defensa de los animales. Ello es lo que mejor nos permite contribuir a erradicar la discriminación especista en nuestras sociedades y aproximarnos a un mundo más justo para todes. Pero, específicamente, requiere de nosotres que dejemos de ver nuestras decisiones erótico-afectvas o procreativas como pertenecientes al ámbito personal, o bien como políticamente relevantes solo desde una perspectiva feminista. Tales decisiones pueden afectar de formar significativa a los animales no humanos. Tenerles en cuenta supone no validar con nuestras relaciones actitudes especistas y, al menos somos activistas antiespecistas, renunciar a procrear”.


“En un contexto de desigualdad estructural, no es suficiente oponerse al trato discriminatorio. Es necesario, además, luchar por aquellos cambios que beneficien a quienes están peor, para así garantizar una igualación real entre los individuos."

Ecofeminismo queer


En un intento por sumar las aportaciones queer a la lucha ecológica, Greta Gaard desarrolla un “ecofeminismo queer”. Esta autora replica a las ecofeministas anteriores no haber tenido en cuenta la opresión de las personas trans y queer en sus planteamientos, y decide hacer de ellas el eje fundamental para su propuesta. Aunque se trata de una línea de pensamiento aún incipiente, esta propuesta deja una puerta abierta para pensar un ecofeminismo no binario ni heterosexista, que tenga en cuenta la sostenibilidad, pero que deseche por completo el pretexto de lo natural para cometer algún tipo de injustica.


NOTA: En la primera parte de este mapa se desarrollan las corrientes del ecofeminismo esencialista, ecofeminismo del Sur y ecofeminismo crítico.