Guía sobre las cosas que están pasando en tu vagina (y alrededores)

Berta Gómez Santo Tomás

Ilustraciones por Isa Muguruza

Las feministas sabemos lo difícil que es hacer del cuerpo un campo de batalla. Entender que lo personal es político nos ha llevado inevitablemente a cuestionarnos desde las posibilidades de nuestras acciones más íntimas, hasta la exposición y el cuidado de nuestros cuerpos. Lejos de ser un acto de autocensura, resulta enriquecedor cuestionar las normas aprendidas, encarnadas, y comprender los motivos que nos empujan a creer que ciertos comportamientos son los adecuados; y a su vez, transformarlos como un acto de rebeldía. La “polémica” de la semana nos vale como ejemplo: Amaia enseñando sus piernas sin depilar -el verbo ya está enormemente sesgado-, en una gala de la revista Cosmopolitan, constituye una decisión política, un manifiesto en favor de la visibilización, porque al hacerlo transgrede aquellas normas que nos han metido en el cuerpo, literal y simbólicamente: los pelos de Amaia están donde no deberían estar.


La posibilidad de estas conversaciones internas depende de un elemento tan básico, y a la vez tan escaso, como es la información. Especialmente al hablar con y sobre nuestros cuerpos, necesitamos lo que no tenemos, ni hemos tenido nunca: datos, estudios, estadísticas, testimonios y redes de cuidados; lo necesitamos hasta el punto de que su búsqueda ha acabado convirtiendo el conocimiento -la relación inextricable entre saber y poder- en un arma central de batalla feminista. Una primera respuesta a este vacío informativo surgió en 1969 con un manual que todavía hoy nos sirve de referencia: Nuestros cuerpos, nuestras vidas, elaborado por The Boston Women's Health Book Collective. El libro era mucho más una enciclopedia sobre sexualidad, ya que recogía importantes datos médicos, pero también el testimonio de miles de mujeres, y lo hacía con un lenguaje claro y asequible que favorecía la difusión de ese conocimiento.


Desde entonces, han sido muchas las iniciativas que han recogido el impulso de Nuestros cuerpos, nuestras vidas y, con el mismo espíritu divulgativo, han tratado de abrir nuevas puertas a la información. Una de los proyectos más recientes e interesantes ha sido el que han llevado a cabo las doctoras noruegas Nina Brachmann y Ellen Stokken Dahl con la publicación de El Libro de la Vagina*. Su propósito, que se describe en las primeras páginas, es ofrecer una guía sobre cómo funciona el aparato genital de las mujeres para que podamos tomar mejores decisiones.


Estas son solo algunas de las cosas que pasan -y no pasan- en nuestra vagina y sus alrededores.


Isa Muguruza

La virginidad de las mujeres es un mito. Aunque es cierto que el himen existe, no se trata de una membrana que cubra la entrada vaginal completamente -salvo en contadísimas excepciones- sino de un repliegue membranoso flexible y elástico, con forma de anillo, que se sitúa justo en el interior de la abertura vaginal. Lo único que sucede en las primeras relaciones vaginales es que que este se estira y en ocasiones puede producir un leve sangrado (entre un 40% y 56% de las mujeres lo sufren). En resumen, si una mujer no ha sufrido abusos sexuales, no se aprecia ninguna diferencia entre el himen de las chicas que han practicado relaciones sexuales vaginales y el de las que nunca las han mantenido.


Aún no se sabe con claridad dónde se encuentra el punto G. De hecho, incluso su existencia está en duda.

Una vagina saludable huele. Se suman dos motivos: el flujo reciente tiene un olor y un sabor un tanto acres debido al ácido láctico que contiene y el sudor que producen las glándulas sudoríparas en las ingles y en la vulva. Conocer el olor, el color y la consistencia de tu flujo es importante para advertir cualquier anormalidad.


Lo que llamamos clítoris en realidad es solo una pequeña parte de este órgano. Su extensión se sitúa entre 0,3 y 0,5 centímetro de longitud, pero parece menor porque está cubierto con una especie de capucha. En realidad, la cabeza del pene y el botón del clítoris son prácticamente lo mismo, ambas son las partes más sensibles de nuestros cuerpos con unas 8.000 terminaciones nerviosas. De la misma forma, cuando nos excitamos, el clítoris puede hincharse hasta doblar su tamaño.


Aún no se sabe con claridad dónde se encuentra el punto G. De hecho, incluso su existencia está en duda. En teoría se encuentra en la pared vaginal frontal y algunas mujeres cuentan que su estimulación con los dedos es más placentera que la de cualquier otra parte de la vagina. Sin embargo, las pruebas médicas que se han hecho al respecto no han dado grandes resultados y la hipótesis que se ha planteado es que el punto G sea una parte profunda e interna del clítoris; o que guarde relación con las glándulas de Skene (encargadas de la eyaculación femenina). 


No es que las mujeres tengamos menos líbido, es que nuestro deseo sexual es reactivo. Esto significa que no surge de manera espontánea, sino como resultado de un contacto físico íntimo o una situación sexual. En el libro Come As You Are se afirma que casi una de cada tres mujeres tienen una forma de deseo sexual reactivo, mientras que en el otro extremo -aquellas que tienen un deseo sexual “clásico”- se encuentra el 15%. El resto de mujeres estarían en un lugar intermedio.


No, las reglas de las mujeres que pasan mucho tiempo juntas no se sincronizan. El mito parece haberse extendido tras un estudio de un psicólogo de Harvard que se basó en el ciclo menstrual de algunas de sus alumnas que compartían dormitorio. Los investigadores evolucionistas abrazaron la teoría porque afirmaban que serviría como motivo para que los hombres no fueran de mujer en mujer y prefirieran formar una pareja estable. Sin embargo, aunque un 80% de las mujeres cree que su menstruación se sincronizan con aquellas compañeras con las que pasan mucho tiempo, las investigaciones más recientes sobre parejas lesbianas, compañeras de estudio y mujeres de África occidental que viven bajo el mismo techo, no han mostrado ninguna sincronización.


La sangre menstrual puede pasar en pequeñas cantidades al vientre, pero en ningún caso es peligroso. Aunque es habitual escuchar a profesores que no es aconsejable hacer el pino, correr una maratón o prácticar yoga cuando se tiene la regla, no hay ningún tipo de advertencia que lo desaconseje, a menos que sientas fuertes dolores. De hecho, sí es cierto que alguna pequeña parte del tejido endometrial puede acceder por las trompas uterinas y al vientre, pero el cuerpo lo arregla con rapidez sin problemas. 


Aunque un 80% de las mujeres cree que su menstruación se sincroniza con aquellas compañeras con las que pasan mucho tiempo, las investigaciones más recientes sobre parejas lesbianas, compañeras de estudio y mujeres de África occidental que viven bajo el mismo techo, no han mostrado ninguna sincronización.

Cuando una mujer y un hombre tienen sexo, el resultado puede ser un bebé. La forma de evitarlo es usar anticonceptivos. Existen cuatro tipos: los preparados combinados con estrógenos y progestágnos (píldora anticonceptiva, parche articonceptivo transdérmico y anillo vaginal), los preparados con solo progestágenos (inyección aticonceptiva, implante subcutáneo, DIU hormonal, minipíldora y píldora sin estrógenos), los anticonceptivos sin hormonas (preservativo, DIU de cobre y días seguros) y los anticonceptivos de emergencia (dos típos de píldoras “para el día después).


Los descansos en la toma de la píldora (anillo vaginal o parches anticonceptivos) son innecesarios. Usualmente los preparados combinados de hormonas (la píldora) están concebidos con una pausa incorporada. Recibes hormonas durante tres semanas (21 días) y a continuación viene una semana (siete días) sin hormonas, es decir, sin píldoras de ninguna clase o con píldoras de placebo. Durante estos días se produce el sangrado por deprivación. Ahora bien, no hay ninguna razón médica para tener esta regla simulada cada tres semanas. Si no quieres quedarte embarazada debes tomar un mínimo de 21 píldoras y nunca dejar pasar más de 7 días entre el final de un paquete y el siguiente, pero no pasa nada por tomar la píldora durante 30, 50 0 100 días seguidos. En el caso de que decidas tomar la píldora de manera continuada es probable que tengas un sangrado por disrupción en algún momento. Haz una pausa de la píldora para terminar de sangrar, pero ten en cuenta que nunca debe superior a los siete días porque se podría producir la ovulación.

 

Si es innecesario ¿Para qué obligan a las mujeres que toman anticonceptivos hormonales a tener la regla? La primera repuesta está en sus orígenes: si querían convencer a la la iglesia de que la píldora podía ser un anticonceptivo “natural” las mujeres no podían dejar de tener la regla durante meses y meses. Se decidió entonces que la píldora debía tomarse en ciclos de cuatro semanas, 21 días de pastillas y una semana de descanso para que se produjera el sangrado por deprivación. A partir de aquí los motivos son diversos, pero en la actualidad probablemente la razón por la que la mayoría mujeres que se hormonan no pueden decidir si desean o no sangrar es la falta de información. 


El aborto espontáneo es la complicación más común en la fase inicial de gestación. Sucede en aproximadamente uno de cada cinco embarazos clínicos, es decir, aquellos en los que la mujer es consciente. Pero si además se tienen en cuenta los abortos espontáneos que ocurren antes de que el embarazo pueda detectarse en un test, se estima que solo la mitad de los óvulos fecundados llevan a gestaciones viables. Por ello puede decirse que un aborto espontáneo es igual de frecuente que un embarazo que concluye con éxito.


*Todos los datos que se exponen en este artículo están basados en los 253 estudios médicos que se recogen entre las páginas 353 y 376 de El Libro de la Vagina (Grijalbo, 2017). Encontramos en la publicación de Nina Brachmann y Ellen Stokken Dahl una limitación relevante: los sujetos de referencia de los estudios son, en aproximadamente un 70% de los casos, mujeres cisgénero occidentales. Sin embargo, dado el vacío en este campo hemos considerado relevantes sus aportaciones, aunque no completas ni universales.