Insumisas: una crónica de las alianzas contra el patriarcado que se gestaron en el Primavera Sound

Lucía Morales

Brigitte Vasallo, Remedios Zafra, Cristina Morales y Rebeca Lane | Fotografía: Gerardo Diego García

El Primavera Sound 2019 fue el Primavera Sound de las mujeres y los sujetos disidentes. Y eso, por desgracia, no es algo normal, pero como explican en su web: tendría que serlo. Su eslogan The New Normal ha quedado plasmado en un cartel con una programación compuesta por más del 50% de mujeres y personas no binarias representando una multiplicidad de géneros que oscilaban entre la electrónica más vanguardista, el pop, el folk, el rock, el trap o el R&B en cualquiera de las posiciones del cartel.


También hubo feminismo fuera del cartel: a lo largo de la semana se celebró el ciclo 'Insumisas' en el marco del Primavera Pro, en el que se visibilizaron la precariedad de las trabajadoras dentro del sector cultural, la infravaloración del trabajo femenino o los techos de hormigón. Asimismo, surgieron debates en torno a la necesidad del cumplimiento de cuotas en los programas culturales y las fracturas geopolíticas que influyen en la hegemonía de los discursos.

El escenario cultural: imprescindible para el feminismo

En la actualidad nos enfrentamos a un escenario mercantil y de producción que continúa presentando los lastres del sistema capitalista, que asentó sus bases en torno a la división sexual del trabajo, en cuyas dinámicas las mujeres posibilitábamos el trabajo público y asalariado de los hombres mediante el trabajo doméstico y reproductivo en la esfera privada. Pero incluso cuando las mujeres se incorporan a estas dinámicas de producción su situación no mejora: trabajar en la fábrica y en dedicar el resto del tiempo a los cuidados acaba con su tiempo de ocio.

Nos sentimos reconocidas socialmente en base a unos méritos basados en el “pago inmaterial” y la explotación (o autoexplotación) y la consecuente vulnerabilidad emocional y económica.

Muchas de las nietas de aquellas mujeres, como fue el caso de mis abuelas, nos encontrábamos sentadas en el Auditori del CCCB ávidas de escuchar las ponencias de las mesas redondas que tuvieron lugar en el ciclo 'Insumisas', organizado conjuntamente por MIM (Mujeres en la Industria de la Música) y Primavera Pro.

“Hoy se congregan becarias con o sin sueldo, cantantes de distintos lugares del mundo y de distintas culturas con distintas historias, traductoras, actrices, asistentes de festivales, profesoras interinas, falsas autónomas, poetas, ilustradoras, colaboradoras de posgrado, polivalentes artistas y comisarias, gestoras culturales, periodistas, investigadoras en formación, doctorandas casi siempre embarazadas, mujeres creativas e incondicionalmente conectadas”, señalaba la escritora Remedios Zafra, una de las ponentes de Feminismo, política y cultura: ¿luchas separadas?, la primera de las mesas redondas moderada por Briggite Vasallo. La división sexual del trabajo se solidifica en la precariedad que marida con el entusiasmo y la motivación de una bolsa de mujeres creativas que son explotadas de continuo en el sector cultural, en el que el trabajo se convierte en una variable identitaria más, sino en la principal, en el que nos sentimos reconocidas socialmente en base a unos méritos basados en el “pago inmaterial” y la explotación (o autoexplotación) y la consecuente vulnerabilidad emocional y económica, al ir hilando contratos temporales y proyectos cuyos pagos tienden a retrasarse, trabajando más por menos. Todo sin perder la sonrisa. La situación de las mujeres en el sector cultural se asemeja a la de nuestros antepasados, las que trabajaban en el campo o en las manufacturas. Nuestra generación también hace palpable, como acuña Remedios Zafra, la maximización racionalista del beneficio: poca inversión contra máximo beneficio.

Generar cultura y resistencias feministas desde la precariedad

Nos convertimos no sólo en trabajadoras, sino en divulgadoras de lo que trabajan otros. Cuando asistimos como colaboradoras a diferentes tipos de eventos, hacemos publicidad de quien te invita -y, en el mejor de los casos, te contrata- a los numerosos actos y actividades que engrosan la agenda cultural. “No sabemos decir que no, no queremos decir que no, no podemos decir que no”. Los empleos en las humanidades y en las ciencias sociales se han relacionado tradicionalmente a las mujeres, sobre las que siempre ha asolado la sombra de la renuncia. Mientras que los hombres relacionados con la cultura han trascendido habitualmente la condición de humanos, las mujeres que leemos y pensamos siempre hemos sido precedidas de una vida y “una imagen sobre la que opinar y un cuerpo sobre el que tomar partido”, como asentaba Zafra.

La precariedad de las mujeres en el sector cultural no es solo es fruto de la desigualdad histórica y la brecha socioeconómica, también de nuevas formas de autoexplotación e infravaloración. El capitalismo se caracteriza por convertir a las mujeres en autoexplotadas pero subordinadas a su explotación.


Mientras que los hombres relacionados con la cultura han trascendido habitualmente la condición de humanos, las mujeres que leemos y pensamos siempre hemos sido precedidas de una vida y “una imagen sobre la que opinar y un cuerpo sobre el que tomar partido”.

Es por ello que la cultura sigue siendo un territorio de resistencia y de reformulación identitaria y construcciones subjetivas, que nos permite comparar lo simbólico con lo imaginario y nos ofrece estrategias para transformar esto último.

La lucha contra la cultura como sinónimo de poder y la disolución del yo

La cultura puede ser también una herramienta propagandística de las élites políticas y económicas. Estas élites solo persiguen perpetuar la normalización e instauración de la cultura “democratizada y democratizadora”, como acuñaba la escritora Cristina Morales, en el campo de la creatividad, así como la precariedad del artista, que solo cobra en visibilidad y ensalzamiento del yo. No sucede así con el cuadro técnico, habitualmente formado por hombres, que sí que cobran. Morales narró su experiencia aprendiendo danza en un centro cívico, espacio en el que tuvo que enfrentarse a las salidas de tono machistas de un chico catalogado como “intelectualmente diverso”, con el beneplácito del profesor, un hombre cis y heterosexual.

La brecha geográfica en el discurso hegemónico

“Las feministas que venimos de contextos urbanos, del mestizaje y la blanquitud, que hemos tenido el privilegio de acceso a la cultura y la educación y que salimos a las calles y decimos: esta es la generación de mujeres que estamos transformando el mundo. Pero se olvidan de que las indígenas llevan muchos siglos en resistencia.”, comenzaba la rapera guatemalteca Rebeca Lane. En un mundo marcado por la brecha económica, solo las mujeres bien posicionadas en la escala social tomamos los altavoces. Esto se acucia en contextos como el guatemalteco, que presenta altos índices de desigualdad socioeconómica entre los estratos sociales.

En un mundo en el que se ha socializado el feminismo y forma parte del sistema cultural dominante, dominado por las élites, observamos cómo ha permeado en espacios culturales hegemónicos, “obteniendo rédito económico de la resistencia desde abajo”. Si el feminismo blanco, el de los iconos, se convierte en hegemónico, ¿dónde queda el verbo de los márgenes? ¿Corremos el riesgo de mercantilizar a estas voces desde la alteridad? ¿Dónde quedan las viejas, las iletradas y las que no tienen capital cultural suficiente para aproximarse a espacios feministas hegemónicos?

Los pros y los contras de los ciclos de mujeres

Durante la segunda mesa redonda, Ciclos de mujeres: ¿necesidad o arma de doble filo? dinamizada por Lucía Lijtmaer, periodista y organizadora del Princesas y Darthvaders, Violeta Hernández, Clara! y Maritxu Alonso, narraron su primer contacto con los ciclos de mujeres y su resurgir más mediático, así como la desigualdad inherente al mundo de la música, un sector tremendamente masculinizado.

“En estos momentos el feminismo está de moda, como corriente normalizada. Cuando nos fijamos en lo particular siempre hay excusa. Tenemos que mirarlo de una forma más global. Hace 15 años no me planteaba si había que programar o no a mujeres. Me ofendía. Es perfectamente programar mujeres en los festivales.”, indicaba Violeta Hernández, organizadora de Nocturama. Por otro lado, Maritxu Alonso, del fanzine punk Uterzine, destacaba la necesidad de crear referentes desde la disidencia y la perspectiva LGTBI en espacios como los ciclos de mujeres. Uno de los aspectos positivos de los ciclos de mujeres es, asimismo, la profesionalización de la mujer dentro de la industria cultural.

Los techos de hormigón en la industria de la música

En la mesa se denunció la presencia constante de techos de hormigón en la industria de la música. Ya que, según los datos de la Asociación MIM, a pesar de que hay un 50% de presencia femenina en el sector, apena llegan a las altas esferas. Es por ello que se defendió la existencia y cumplimiento de cuotas, de cara a asegurar la presencia de la industria cultural, que se nutre en su mayoría de dinero público, como aducía Maritxu Alonso.


Si el feminismo blanco, el de los iconos, se convierte en hegemónico, ¿dónde queda el verbo de los márgenes? ¿Corremos el riesgo de mercantilizar a estas voces desde la alteridad? ¿Dónde quedan las viejas, las iletradas y las que no tienen capital cultural suficiente para aproximarse a espacios feministas hegemónicos?


Cuando la historia la escriben los hombres

Es evidente que las mujeres y los sujetos disidentes siempre hemos estado presentes en la cultura y la contracultura, sin embargo, los poseedores del capital cultural, los programadores y los articulistas que registraban en los archivos de los medios de comunicación siempre fueron hombres. Esto ha generado unas lagunas fundamentales a lo largo de la historia. Según Maritxu Alonso, “en los 80 había cientos de mujeres en el punk. Pero los periodistas eran hombres y solo registraban la presencia y la actividad de los hombres. En los 90 se dieron cuenta que era un espejismo. Seguimos heredando ese discurso de que no hay mujeres, pero esto no ha sido así”. El hecho de que los componentes de las redacciones sean hombres en su mayoría provoca que exista un trato desigual a un artista mujer en comparación con el que se ofrece a un hombre. Según la DJ y productora Clara!, “a las tías siempre se nos pregunta sobre la maternidad a la hora de hacernos entrevistas, pero a los tíos no.”

“Más que espacios institucionales, entiendo los ciclos de mujeres como espacios de resistencias que se generan en la autogestión”, asentaba Lucía Lijtmaer. Es innegable que los roles sexuales tradicionales y su construcción influyen en la confianza personal que desarrollan las mujeres artistas, generando vulnerabilidad. También se destacó la dificultad que atraviesan las artistas a la hora de conciliar sus empleos con la esfera de los cuidados dentro del marco capitalista.