Joan Didion y el instante normal

Teresa Avendaño


No sé cuántas veces Joan Didion (Sacramento, 1934) habrá disfrutado de la felicidad, pero sí sé todas las veces que escribió sobre ella: ninguna. Cuando deja constancia de su lejana California, describe aquel paisaje dorado como algo que ya no es. La nostalgia cubre sus palabras y ni siquiera los años de su infancia fueron lo suficientemente duraderos como para dejar por escrito recuerdos dichosos. Su tierra dejó de ser o, simplemente, todo fue fruto de su imaginación y California nunca estuvo a la altura de los que siempre estuvieron allí. La primavera de 1967, con algo más de treinta años, Didion emprendió un viaje a San Francisco sin un objetivo claro, con la esperanza de encontrar amigos bizarros e historias que reflejasen la realidad de aquel lugar, aquello que no aparecía en las películas ni en los periódicos. El paisaje californiano acogía a personas esperanzadas que huían del frío y buscaban una vida repleta, sin saber que allí también se mataba por matar, se abandonaban los hogares como en cualquier otro lugar y los más pequeños tenían un futuro más negro que sus mayores. Aquella primavera, San Francisco fue su última ilusión y lo poco que encontró fue una gran herida que rompía la sociedad y un intento de revolución que no era una revolución, sino algo de rabia que estropeó las pocas cosas que estaban bien. Su costa dorada se convirtió en un Vietnam a pequeña escala -o al menos así describe el barrio de Haight-Ashbury en Arrastrarse hacia Belén- durante la década de los 60: Occidente se venía abajo por el destrozo americano causado en Oriente. El Oeste se llenaba de adolescentes de entre catorce y diecisiete años que habían abandonado a sus familias, personas en las calles que se morían de hambre, jóvenes que huían de las escuelas para visitar casas desconocidas donde hacer viajes sin moverse del sofá, se escondían de la policía y trapicheaban para sobrevivir tan solo un día más. California estaba en un constante cambio, la tierra de la felicidad se destruía a sí misma con pequeñas dosis de más felicidad. Así, la obra más personal de Didion no da lugar ni a un ápice de prosperidad, tan solo a recuerdos entrelazados donde todo lo pasado fue mejor. Un pasado del que siempre se salvó cuando, ciertamente, no lo deseaba.


Expresa su dolor renegando en varias ocasiones de sus recuerdos. Los rechaza, les da la vuelta e intenta deshacerse de ellos como si fueran objetos tangibles que pueden tirarse a la basura sin más. Desea deformarlos, borrarlos y convencerse de que nunca existieron. “Los recuerdos se borran, la memoria se adapta, la memoria se ajusta a lo que creemos recordar”, escribía en Noches Azules (Mondadori, 2012). Su físico débil y quebradizo representa un carácter que nos aleja de cualquier mínima fragilidad: una resistencia que esconde dos pérdidas irrecuperables —la de su marido y la de su hija tan solo un año y medio después—, dos muertes sincronizadas, dos bases fundamentales que movieron todos sus cimientos.


La obra más personal de Didion no da lugar ni a un ápice de prosperidad, tan solo a recuerdos entrelazados donde todo lo pasado fue mejor.

Algo parecido ocurrió con El año del pensamiento mágico (Literatura Random House, 2015), donde la escritora norteamericana se distancia de sus emociones y escribe sobre la muerte de su marido. Nos habla del duelo, de la superación y de cómo la vida cambia sin avisar, cómo de repente todo lo que estaba siendo deja de ser, “La vida cambia en un instante. El instante normal”, escribe Didion. El momento más insignificante de nuestras vidas se convierte en un nuevo punto de partida, el contador se pone a cero y lo que conocíamos como normal no vuelve a existir. Así, intenta explicar con simples palabras cómo la muerte consigue acapararlo todo, presentándose en mitad de la vida sin ni siquiera darnos un último respiro. Se trata de una caída devastadora y traidora que arrasa con todo lo que se encuentra en su radio, dejando daños colaterales allá por donde pasa, sin avisar, sin preguntarnos si nos parece bien o mal, sin molestarse en saber si estamos preparados o no. Didion utiliza sus palabras para refugiarse de lo que viene después y afrontar que la enfermedad se esconde en cualquier rincón de la casa, quieta, sin hacer ruido, esperando cualquier momento no-idóneo para actuar repentinamente. En definitiva, nos enseña que las cosas suceden y la vida no se preocupa en entrenarnos.


El “pensamiento mágico”, término acuñado por los psiquiatras, persigue la teoría de que aquello en lo que creemos plenamente puede cambiar el transcurso de los hechos. Es decir, es una reacción mental ante una situación que no queremos que sea real. Es la última opción que nos queda a la que aferrarnos antes de darnos cuenta de cómo se ha perdido todo. Como aquella vez, cuando Didion no quiso deshacerse de los zapatos de su marido ya muerto, porque —según su pensamiento mágico— no cabía duda de que volvería porque los acabaría necesitando. No hace falta decir que nunca volvió a por ellos. A pesar de todo, durante aquellas primeras noches, ese resquicio de ilusión le haría sentir que todo saldría bien y que, eventualmente, todo volvería a la normalidad, a su normalidad. “Sé por qué intentamos mantener con vida a los muertos: intentamos mantenerlos con vida para tenerlos con nosotros”, reflejaba casi al final de El año del pensamiento mágico, cuando caía en la cuenta de que tenía que dejar ir a los fantasmas para continuar.


Quizás, cuando Didion escribió todo esto, algunos éramos demasiado jóvenes para entender esta lección. Nos reveló que la realidad era mucho más cruda de lo que habíamos imaginado, y justamente por esto sus palabras enganchan: por su franqueza, su transparencia, su dolor y, a pesar de todo, por la forma que tiene de demostrar que (a veces) aferrarnos a cualquier esperanza puede llegar a salvarnos, aunque sea durante un tiempo efímero.