La Fronde: uno de esos lugares comunes propios

Berta Gómez Santo Tomás


Hay textos que vuelven a nosotras insistentemente, palabras sueltas o frases completas; aparecen casi de la nada, y llegan a nuestra mente de forma inesperada. Para mí, ese singular privilegio lo tiene el Diario, 9/ IV, un texto que T. escribió en su blog después de que pasáramos un día en Sitges; el capítulo sobre el número 11 de Gabriela Wiener en Llamada Perdida; la narración de Luna Miguel sobre su aborto espontáneo; el fragmento de Teoría King Kong en el que Despentes cuenta su violación; la pintada que decía “el feminismo va a cambiarte la vida” en la puerta de la facultad de periodismo; el mensaje que mi madre me envió cuando llevaba demasiado tiempo lejos de casa: “te quiero Bertilla, mi niñita, mi compañera. Te echo de menos pero sé que pronto volveremos a estar juntas y a pasarlo bien”. 


La realidad se conforma a través de las palabras. Las que nombran el espacio que habitamos, las que los demás dicen -y escriben- para referirse a nosotras, las que usamos para modelar nuestra propia experiencia. Por ello, cuando estos fragmentos, capítulos, frases o mensajes vuelven a mí, es precisamente para ayudarme a entender y nombrar lo que pasa. Abren lo que llamamos un espacio común propio, ese que a las mujeres nos ha constado tanto construir. Cuidados, relaciones, miedos, afectos, limpieza, dolor, sexo, menstruación, dependencia, maternidad: asuntos que, nos han dicho. son privados y poco dignos de ser relatados en abierto, porque desbordan los límites de lo-importante, de lo-normal. 


Andrée Téry, feminista, escritora y periodista, convirtió su profesión en un arma de combate contra el machismo que reducía las posibilidades de la vida de las mujeres.

Uno de estos espacios comunes fue La Fronde: el primer periódico francés escrito y editado solo por mujeres, nacido en París, en 1897. Marguerite Durand dirigió y financió una publicación que, en sus siete años de vida, contó con hasta 600 trabajadoras. La Fronde se presentaba como un espacio heterogéneo, con el compromiso de reflejar todas las reivindicaciones de los distintos grupos de mujeres, y se definía como republicano, anticlerical y pacifista. En el libro Las Periodista de La Fronde (La linterna sorda), Elena Pintado ha rescatado algunos de los textos que publicaron, así como la trayectoria vital de sus autoras. Aquí van unas cuantas historias.


Andrée Téry, feminista, escritora y periodista, convirtió su profesión en un arma de combate contra el machismo que reducía las posibilidades de la vida de las mujeres. En un artículo que data de 1901, criticaba así la culpabilización de la víctima -en un caso que hoy consideraríamos violencia de género-. “No se trata aquí de hombres que juzgan a un asesino; son hombres que juzgan a una mujer adúltera. Y, sea cual sea su rol en este proceso, todos estos hombres, abogado, presidente, miembros del jurado, testigos, auditores, instintivamente, por no sé yo qué oscuro sentimiento de solidaridad masculina, se ponen de acuerdo para buscar en la “falta posible” de la esposa una circunstancia atenuante del crimen del esposo”.


Uno de los aspectos más representativos de La Fronde era su compromiso total con las mujeres obreras. Lucharon incansablemente para mejorar sus condiciones, exigiendo la igualdad de salarios con los hombres y animándolas a crear sus propios sindicatos. Cuando en 1898 recibieron una carta de las costureras de La Casa Tallot -con la única exigencia de tener 5 minutos para incorporarse a una jornada de entre 10 y 12 horas de trabajo- el periódico se implicó directamente con la causa, hasta el punto que consiguió llevar a término sus demandas. 


A pesar de esta y otras demostraciones, el hecho de que su directora, Marguerite Durand, fuera una mujer burguesa, generó cierta desconfianza en algunos sectores feministas. Se acusaba al periódico de intentar lograr derechos para la mujer sin perturbar demasiado a los hombres. Fue el caso de Madeleine Pelletier, feminista y activista que, muchos años antes que Simone de Beauvoir escribiera El segundo Sexo, defendió que la feminidad era un constructo social. 


La propia Pelletier, cuando cursaba el quinto año de medicina, se presentó candidata para entrar a trabajar como residente en un hospital psiquiátrico. Sin embargo, su candidatura fue denegada alegando que no tenía -como ninguna otra mujer- derechos políticos. Un año después, y gracias a la presión ejercida por algunos los medios, especialmente La Fronde, la ley se modificó para que pudiera ejercer su profesión. Algo que también le valió al periódico para obtener el reconocimiento de la psiquiatra, quien años después terminaría escribiendo allí sus propios artículos.


Uno de los aspectos más representativos de La Fronde era su compromiso total con las mujeres obreras.

Aunque las peticiones de las sufragistas y obreras copaban un gran espacio, desde La Fronde no desestimaban tratar otros asuntos feministas por considerarlos de menor importancia. El control sobre el propio cuerpo, el acceso a métodos anticonceptivos, una educación femenina sin influencias religiosas y la importancia de un lenguaje antisexista son solo algunos ejemplos. A este respecto, resulta especialmente sangrante la pregunta que formula Hubertine Auclert en un artículo de 1900, que evoca la terquedad con la que algunos todavía hoy se oponen a ampliar un imaginario social y lingüístico que deja fuera a más de la mitad de la población: ”¿No es a fuerza de pronunciar ciertas palabras que acabamos por aceptar un significado que, de antemano, chocaba?”. 


Reconocernos hoy en las demandas de estas periodistas hace que leamos con cierta desesperanza otro texto de Auclert, escrito en 1897, en el que afirma con rotundidad que “la causa de que las mujeres estén tan perjudicadas en la sociedad es que no votan”. El tiempo no ha podido darle la razón, ya que, como explica Pintado al final del libro, “si una parte de la población femenina del planeta hemos conseguido algunos de los derechos reivindicados por estas mujeres, todas y cada una de nosotras seguimos teniendo que demostrar nuestra capacidades”.


La Fronde nos enseñó que hacer periodismo feminista no es solo hablar de mujeres ni para mujeres. Es contar con las herramientas que nos permitan dejar de considerar la perspectiva de los hombres blancoscisheteros como el único punto de referencia desde el que contar nuestras historias. Es hablar desde lo márgenes y para quienes habitan en ellos. Es unir, relacionar y nombrar voces diversas como resistencia al hermetismo de la normalidad.


Desde aquí partimos.