La literatura como salvavidas

Teresa Avendaño


Hace algunos meses, muy pocos en realidad, una amiga cercana perdió a su padre, –con perder a su padre me refiero a que se murió, pero me agarro a este eufemismo porque todavía no sé aceptar la existencia de la muerte. Conjugar el verbo morir me resulta incómodo y crudo–. Ella me habla de él con espontaneidad y lo menciona con regularidad: me enseña fotos, me cuenta anécdotas, me describe los sueños donde aparece él. Me confiesa que todavía tiene la necesidad de volver a verlo y que piensa en él diariamente sin entender absolutamente nada de lo ocurrido. Tanto ella como yo sabemos que su cabeza no lo traerá de vuelta, aunque haga un esfuerzo desmesurado y sienta que sus pensamientos van a estallar. Tras largas conversaciones con ella, me he dado cuenta de que cuando alguien cercano te habla sobre una ausencia tan grande, nunca sabes qué decir. Simplemente, atiendes, escuchas y, para tus adentros, te convences de que todo pasará. Aunque, en el fondo, no sé muy bien cuándo se supera la muerte de un padre o de una madre o de cualquier otro ser querido. De hecho, ni siquiera sé si se llega a superar.


Nuestra mente se detiene delante de la historia, formando parte de ella y, advierte que si desconocidos han escrito a la perfección lo que sentimos será porque, sin duda alguna, no estamos tan solos.

Las pérdidas se nos escapan de las manos y nadie nos salva de ellas. Tal y como escribió Leila Guerriero “la gente no salva a la gente: la gente se salva sola. Y no supe si vos lo sabías.” Aquí, empieza el sentido de este artículo. Guerriero, en parte, llevaba razón. Pero, quizá, se le olvidó añadir que aunque la gente se salve sola, a veces, la literatura sí puede conseguirlo. O, al menos, nos ayuda a hacerlo. Como la música. O el cine. La literatura nos enseña diferentes mundos y perspectivas a las que aferrarnos según nuestras circunstancias. Nos lleva por caminos que nos acogen y resguardan. La literatura y las palabras ajenas con las que nos identificamos nos acercan hasta ese mundo irreal en el que otros personajes nos entienden, empatizan con nosotros y donde hay hueco para decir nuestros pensamientos en voz alta. Nuestra mente se detiene delante de la historia, formando parte de ella y, advierte que si desconocidos han escrito a la perfección lo que sentimos será porque, sin duda alguna, no estamos tan solos.


La literatura no nos traerá de vuelta lo que hemos perdido, ni nos hará volver a un sitio concreto ni nos llevará hasta el pasado. No es un giratiempo ni un Delorean. Pero sí nos da un respiro ante un momento tormentoso: es una bocanada de aire fresco que nos aleja de nuestras obsesiones.

También esto pasará, la segunda novela de Milena Busquets, me recuerda a este tipo de refugio. La historia cuenta la vida de Blanca, una mujer de cuarenta años a la que se le acaba de morir su madre. Cadaqués aparece como el escenario principal y, en él, Blanca se agarra a los recuerdos de su madre porque –supongo– es lo único que podemos hacer en estas situaciones. Su vida tiene que seguir transcurriendo con total normalidad, a pesar de que nunca será la vida que siempre había conocido. Para superar el duelo, se acuerda de cuando murió su padre siendo niña y su madre recurría a la literatura para ayudarla. Le contaba un cuento chino en el que un importante emperador mandaba reunir a los sabios para que lo ayudaran a encontrar un aforismo que sirviera para todas las situaciones posibles de la vida. “También esto pasará”, fue la propuesta de los sabios. Porque todo siempre pasa: la alegría, la felicidad, el dolor por las pérdidas, la pena. Así, todas las páginas del libro parecen una carta destinada a su madre. Una carta que se alarga con el paso de los días, escrita con tanta sencillez, franqueza y naturalidad que podría haber sido escrita por cualquiera de nosotros. Una declaración de amor en todos los sentidos, en donde Blanca se vuelve transparente y confiesa todo lo que nunca le pudo (o le quiso) decir: “después de todo, amamos como nos han amado en la infancia, y los amores posteriores suelen ser sólo una réplica del primer amor. Te debo, pues, todos mis amores posteriores, incluido el amor salvaje y ciego que siento por mis hijos. Ya no puedo abrir un libro sin desear ver tu cara de calma y de concentración, sin saber que no la veré más. Nunca volveré a ser mirada por tus ojos. Cuando el mundo empieza a despoblarse de la gente que nos quiere, nos convertimos, poco a poco, al ritmo de las muertes, en desconocidos. Mi lugar en el mundo estaba en tu mirada y me parecía tan incontestable y perpetuo que nunca me molesté en averiguar cuál era.”

Leí por primera vez esta novela unas semanas antes de que muriera el padre de mi amiga. Y, aunque en ese momento no fui capaz de recomendárselo, hace poco me lo recordé a mí misma, lo releí y se lo sugerí. La literatura no nos traerá de vuelta lo que hemos perdido, ni nos hará volver a un sitio concreto ni nos llevará hasta el pasado. No es un giratiempo ni un Delorean. Pero sí nos da un respiro ante un momento tormentoso: es una bocanada de aire fresco que nos aleja de nuestras obsesiones. Quizá, por esta misma razón, hay libros que nos despiertan un apego especial, pero no queremos volver a abrirlos: para no tener que regresar al momento en el que los leímos por primera vez. Para no volver a repetir ese sentimiento ni despertar emociones que hemos logrado apagar. Quizá la literatura no sea realmente un salvavidas, pero se le parece mucho.