Las Marys: el legado literario y feminista de Wollstonecraft a Shelley

Berta Gómez Santo Tomás

En 2018 se estrenó en España la película de Haifaa Al-Mansour sobre la vida de Mary Shelley, y por fin, vimos una narración de intensidad constante sobre su vida y no otra biografía más sobre la autora de Frankenstein. Poner el foco de interés en enumerar las tragedias que le sucedieron a una mujer que, en la Inglaterra del s. XIX, hacía todo lo que supuestamente no debía hacer, es, desde luego, algo inaudito. Como lo es también el paralelismo que existe entre la directora saudí y la protagonista que da nombre al film, porque si a Shelley le costó innumerables humillaciones conseguir que su nombre apareciera en las portadas de Frankenstein, Haifaa Al-Mansour tuvo no menos problemas en Arabia Saudí para rodar su ópera prima, también por su condición de mujer. Sin embargo, cuando vi la película, nada de esto me llamó más la atención que la primera escena: una niña rubia que corretea por las tumbas de un cementerio, se detiene frente a la de su madre y con el dedo recorre las letras que están escritas. Fue en ese instante cuando me enteré de que Mary Wollstonecraft fue la madre de Mary Shelley. Asumo mi parte de responsabilidad en este desconocimiento, por supuesto, pero quizá hubiera ayudado no encontrarme siempre a Wollstonecraft y Shelley como dos mujeres aisladas en las largas listas de nombres importantes de la Literatura y de la Historia, estrellas errantes y solitarias que nunca se nombraban junto a las grandes familias de intelectuales. Porque lo cierto es que ambas sobresalieron en un mar de pensamiento que se formó gracias al trabajo de muchas otras escritoras, pero su presentación siempre es la misma: son las excepciones a la norma, esa en la que las mujeres pensaban menos y escribían peor.


Que se hable mucho de Frankenstein como la obra abstracta de un genio universal, y no de una mujer de 18 años que empezó a reflexionar sobre los límites físicos de la vida humana después morir su madre, tener un aborto y perder a una hija recién nacida, no es casualidad: es estructura y es machismo.

En Cómo acabar con la escritura de las mujeres Joanna Russ explica que este habitual procedimiento de clasificación y aislamiento tiene una finalidad muy concreta: “Hemos visto las restricciones en la cantidad de visibilidad permitida a las escritoras: una representación del 5 al 8 por ciento. La calidad puede ser controlada mediante la negación de la autoría, la contaminación de la autoría y la falsa categorización. Pero considerar que las escritoras son anomalías -gracias al doble rasero del contenido y al hecho de que la escritora queda aislada de la tradición femenina- es el medio definitivo para asegurar la marginalidad permanente”. Que se hayan obviado el resto de obras y el desarrollo de las vidas de Wollstronecraft y Shelley, tomándolas únicamente como las autoras de Vindicación de los Derechos de la mujer y Frankenstein o el moderno Prometeo respectivamente, no es casualidad: es estructura y es machismo. Que se hable mucho de Frankenstein como la obra abstracta de un genio universal, y no de una mujer de 18 años que empezó a reflexionar sobre los límites físicos de la vida humana después morir su madre, tener un aborto y perder a una hija recién nacida, no es casualidad: es estructura y es machismo. Que se hable más del amor romántico e inmortal que mantuvieron Mary y Percy Shelly, al tiempo que se obvia la herencia feminista que dejó Wollstonecraft en la vida y los escritos de su hija, tampoco es casualidad: es estructura y es machismo.

Por ello, para empezar a hacer justicia debemos hablar de aquello que compartieron: lo primero el nombre, Mary Godwin, y lo segundo, diez días de vida. Como se cuenta en su biografía conjunta -un enorme trabajo de documentación llevado a cabo por Charlotte Gordon y publicado bajo el título Mary Wollstonecraft. Mary Shelley (Circe ediciones)- el 30 de agosto de 1797 Wollstonecraft dio a luz, quedándose en un estado tan débil que fallecería al poco tiempo de fiebre puerperal. A pesar de que la niña era muy pequeña y se temió por su vida, consiguió salir adelante. “Mary, como hija de dos auténticos pesos pesados de la vida intelectual parecía predestinada a la fama, ya entonces se acostumbró a que se hiciera el silencio cuando entraba en una habitación”, narra Gordon. La infancia de Wollstonecraft, sin embargo, había sido radicalmente distinta. Fue la segunda de siete hermanos y, por tanto, invisible a ojos de su familia. Su padre era un hombre irascible y alcohólico, que maltrataba a su mujer. Ninguno de los esfuerzos de Mary – que una vez fue adolescente le esperaba cada noche fuera de su habitación para impedir que cruzase el umbral- consiguieron finalmente cambiar la situación. Sin embargo, este ambiente terminó siendo el germen de todo un sistema de pensamiento en cuyo centro estaban las reflexiones sobre la situación de vulnerabilidad de las mujeres.


Percy Shelley es un ejemplo perfecto del falso aliado feminista. Él, que se hizo poeta porque Mary le aconsejó que dejara la filosofía, se presentaba como un amante de la libertad, un revolucionario, y exigía vivir en consecuencia, teniendo una relación abierta.

Una vez fueron creciendo, tanto Mary Wollstonecraft como Mary Shelley, se convirtieron en mujeres muy distintas. La segunda encarnó a la perfección el papel de hija del Romanticismo: tomó todas sus decisiones de manera visceral, vivió entre fantasmas y le apasionaba llenar sus días de melancolía y drama. Para ser justas con ella, debemos reconocer que no le faltaron razones para sentirse así: sufrió la pérdida de hijos y hermanas, nunca tuvo estabilidad financiera y la relación con su marido fue siempre tortuosa. Y cabe hacer aquí otro apunte al que no se le ha prestado la atención suficiente: Percy Shelley es un ejemplo perfecto del falso aliado feminista. Él, que se hizo poeta porque Mary le aconsejó que dejara la filosofía, se presentaba como un amante de la libertad, un revolucionario, y exigía vivir en consecuencia, teniendo una relación abierta. Así, parecía sentirse libre de acostarse y salir con Claire, la hermanastra de su novia, mientras Mary no podía moverse debido al embarazo. Después de muchísimas discusiones entre ellas -en las que Percy se mantenía la margen porque estaba agobiado-, mandó a Claire a una casa aislada en el campo. Aunque no se sabe con certeza, el motivo de esta mudanza forzosa parece ser el embarazo no deseado de la hermanastra. Por si fuera poco, mientras todo esto ocurría él seguía casado con su primera mujer, a quien abandonó en varias ocasiones, y que terminó suicidándose con una nota de despedida: “Si nunca me hubieras dejado, podría haber vivido”. Percy Shelley, por su parte, murió con 29 años, ahogado en un lago toscano mientras navegaba en su barco ‘Don Juan’: cuestiones de justicia poética.

En la vida de Mary Wollstonecraft no hubo tiempo ni recursos para estos entuertos amorosos. Mientras iba trabajando en lo que podía, después de que muriera su madre, fue la encargada de sacar adelante a sus hermanas, fundó una escuela donde enseñaba a las niñas a cultivar la mente para ser independientes y vio morir a su mejor amiga. Todo esto antes de publicar su primera obra, Reflexiones sobre la educación de las hijas, con la que comienza su carrera literaria. Fue la primera escritora en recibir encargos habituales de su editor a cambio de anticipos. Si además hoy Wollstonecraft es conocida como la precursora del pensamiento feminista es porque se empeñó en demostrar una y otra vez que las capacidades de las mujeres solo estaban limitadas por la educación sexista y que merecían, sin reparos, los mismos derechos políticos de los que disfrutaban los hombres. Como escribió Virgina Woolf sobre ella: “Al leer sus cartas, escuchar sus argumentos, pensar en sus experimentos y darnos cuenta de con qué altivez y qué apasionamiento captó el pulso de la vida misma, no cabe duda de que le corresponde una especie de inmortalidad: está viva, es activa, oímos su voz y reconocemos aún hoy, entre los vivos, su influencia”. También fue la mayor inspiración que tuvo su hija, hasta el punto de convertirse en una especie de obsesión. Mary Shelley anheló aplicar a su vida los principios de su madre, cumplir sus aspiraciones y sacarla del olvido de la muerte. Reimaginaba el pasado sin cesar y, ante la desesperación de no poder resucitarla, trató de ser ella, o la menos de convertirse en su hija ideal.

Hubo una última cosa que compartieron: un tiempo donde la felicidad y la creación femenina eran castigadas duramente. Como expresa Gordon: “Wollstonecraft y Shelley capearon la pobreza, el odio, la soledad y el exilio, por no hablar de las ofensas cotidianas -insultos, chismorreos, silencios y desprecios-, para escribir palabras que en principio no debían escribir, y vivir como en principio no debían vivir. Lo soportaban soñando con el día en que, mucho después de su muerte, los lectores estuvieran de acuerdo con sus ideas: que las mujeres son iguales a los hombres; que todas las personas son merecedoras de los mismos derechos; que la razón humana y la capacidad de amar puede reformar el mundo; que los mayores enemigos de la felicidad son la ignorancia, la pobreza, crueldad y la tiranía; y que cualquier persona tiene derecho a la justicia y la libertad. Especialmente a esta última. Para ambas, madre e hija, fue la libertad lo más importante, la llave que abriría las puertas del cambio”.