Lógica de un reencuentro

Vivi Alfonsín Rodríguez


Cayeron por casualidad y proximidad alfabética un libro encima de otro en mi librería. No cabían en vertical, así que acabaron horizontales, acostados en diagonal sobre otros libros. El nombre de Elena Garro sobre el de Adelaida Garcia Morales. Reencuentro de personajes sobre La Lógica del vampiro. Entonces me di cuenta. Percibí un hilo de luz clara entre ellos, como si los libros pudieran hablarse, fundirse, como si ellas hubiesen deseado esa reunión.

Escritos con asombrosa cercanía temporal, 1982 y 1990 respectivamente, son dos libros oníricos y misteriosos, asfixiantes, cargados de una complejidad psicológica y una tensión difíciles de sostener. Libros de esos que, ya reposados, al cabo de unos días, se condensan con puntiaguda inquietud en el interior de quien los ha leído.


Las carreras literarias de Garro y Morales no son comparables. Elena Garro tiene un peso mayor por las innovaciones técnicas y temáticas de sus novelas y cuentos, por sus textos teatrales y sus aportaciones al cine; por esa sensibilidad que le permitió andar entre géneros con maestría y ofrecer al mundo eso que se ha denominado “realismo mágico”. Dice Patricia Rosas Lopátegui que ella misma renegaba de la etiqueta argumentando que “no era más que la esencia de la cosmovisión indígena, por tanto, nada nuevo bajo el sol”. Adelaida García Morales nos dejó una prosa menos rompedora, más cotidiana, adictiva, y con tendencias mágicas. Garro tenía una marcada conciencia y actividad política, Morales optó por una vida más íntima; pero cada una, a su modo, habló siempre del amor.


En la literatura de ambas se suceden las descripciones de mujeres aisladas, enfrentadas secreta y obstinadamente con un mundo exterior que les resulta inhabitable. Reconozco en todas esas mujeres el desencanto del amor formateado bajo las expectativas de lo romántico. El daño que produce ese anhelo convertido en obsesión. La desorbitada pérdida de tiempo dedicado en exclusiva a la ensoñación de un hombre fantasmal, como son repetidamente los personajes masculinos de ambas. ¿Qué podemos extraer las lectoras de hoy? ¿De qué forma estos libros poblados de mujeres que sufren y huyen se convierten en textos liberadores?



“Verónica se miró en el espejo del retrovisor colocado arriba del parabrisas y tuvo la certeza de que al final de esa noche iba a saber”. Así nos recibe Reencuentro de Personajes. Una trama móvil, relato de la huida de una mujer que querría huir del hombre que huye con ella. El planteamiento de partida ya es difícil: una pareja que viaja en tensión, sumida en el ánimo que rezuman los desencuentros. Verónica permanece junto a él, atraviesa las primeras páginas vigilada por ojos y espejos, siempre parece a punto de salir del juego pero no sale. ¿Qué la retiene? Hilos, hilos y más hilos que Elena Garro va tramando hasta convertir en sogas gruesas, en grilletes. La patología de la toxicidad “amorosa” queda aquí magistralmente expuesta. Pero, ¿por qué no escapa?


Para cualquier gesto depende del dinero de él, de sus ganas de jugar, de humillarla. A veces él quiere tocar su piel, otras, por el contrario, decide escaparse durante dos noches con efebos que rivalizan con Verónica por un sexo de dudosa carnalidad.

Verónica no tiene dinero, no tiene autonomía. Sus planes de fuga quedan licuados en un sinfín de imposibles pragmáticos y emocionales. Su origen de mujer burguesa no la rescata de la pobreza real. A capricho del hombre recibe unas joyas de oro que no consuelan, pues es invierno y calza sandalias. Para cualquier gesto depende del dinero de él, de sus ganas de jugar, de humillarla. A veces él quiere tocar su piel, otras, por el contrario, decide escaparse durante dos noches con efebos que rivalizan con Verónica por un sexo de dudosa carnalidad. Un sexo que él necesita creer que domina para no asustarse.


Y ¿cómo es él? Frank es un sádico, un ser infantil, mezquino, un fracaso que intenta escapar de su propia caída inevitable. Frank, Francisco, es un quiero-y-no-puedo que vive arrastrando una genealogía de alcurnia ya deshilachada. Un personaje metaliterario fraguado por Scott Fitzgerald o Evelyn Waugh. Podría ser, incluso, teniendo en cuenta la insistencia de Elena Garro al declarar su escritura como autobiográfica, un buen conocido deformado, sacado de la vida real. En la contraportada de la edición de Drácena de 1996 se lee: “Qué duda cabe que Reencuentro de personajes germina del odio que Elena Garro le profesó desde su divorcio y de la forma más irritante posible a su exmarido, el Premio Nobel Octavio Paz. Un rencor que extendió a toda una clase social: la aristocracia mexicana, tan desdeñosa y misógina entonces”.


Marta Sanz escribió el epílogo para esa edición titulado: Las mujeres desnudas están siempre en peligro. En él señala: “Una mujer rubia, de buena familia, relegada de la alta sociedad, tal vez por sus inconveniencias, mujeres como Verónica, como la propia Elena Garro, siempre están en peligro. Durante todo el texto se expresa insistentemente la idea de que las mujeres de clase alta que dependen económicamente de sus maridos, de algún modo, se prostituyen (…) Verónica insiste en que debería haber acabado sus estudios. Debería haberse puesto a trabajar para ser independiente de ese tipo de hombres que no aman a las mujeres. En este sentido, toda la sociedad es una escenificación del crimen que continuamente es perpetrado contra mujeres bellas y banales. Desnudas”. Yo añado que las no desnudas también están en peligro, también las que no son rubias, bellas ni banales. Una clase de peligro que se disipa en comunidad. Por eso cuenta con los otros personajes femeninos de la novela para comprenderse, porque Verónica se está conociendo, y se construye.


Por su parte, La Lógica del vampiro arranca así: “Un día del pasado mes de noviembre ya cerca de las dos de la tarde, recibí el siguiente telegrama: Diego ha muerto. Ven enseguida. Pablo”. Y ella, la protagonista sin nombre, la hermana de Diego, va. Confiamos en que acuda al funeral, a la contabilidad dolorosa de los objetos y los planes rotos del hermano muerto; pero no es así. La mujer llega a una ciudad, Sevilla, donde no está su hermano ni su cadáver, donde no hay indicios claros de una muerte anunciada ni transparencia sobre la vida que Diego vivía... o vive.


Como en otros textos de García Morales, varios personajes femeninos se encuentran casi a merced de un carácter masculino misterioso; su monomito consistirá en liberarse de él.

La mujer ocupa el cuarto de su hermano en una pensión desapacible donde hablan las paredes y las sombras. Pronto es presa de los demás y de sus propios pensamientos circulares. Entra, sin querer, en su devoto y lógico afán de esclarecer la situación de su hermano, en una espiral de confusión que la agota y la conduce a una lucha interna, contradictoria, devastadora. Desde el principio oye hablar de un hombre que puede saber la verdad. Un tal Alfonso, un ser que atrae y repele a una corte extraña de amigas que parecen amantes y al revés.


Como en otros textos de García Morales, varios personajes femeninos se encuentran casi a merced de un carácter masculino misterioso; su monomito consistirá en liberarse de él. En esta novela encontramos a cuatro mujeres sujetas a los tentáculos de Alfonso, cada una con distinto grado de amarre, de necesidad. Hay otros hombres que pululan como copuladores de segunda clase, esperando la caída del macho principal, sin aceptar que ellos también están embrujados. Alfonso, con su encanto abrasador, parece tener algo que ofrecer a la protagonista, algo que va más allá de la vida de Diego, algo que ella anhela y quiere arañar. Acude a cada cita hambrienta de eso que la llene y, sin embargo, sale más vacía en cada ocasión. Al final ella se marcha, huye, abandona el juego atormentada por un oleaje de celos y ansiedad.


Parecería que Verónica haya sido capaz de prevenir a la protagonista de La lógica del vampiro para que salga a tiempo de la obscura telaraña que le han tejido, y que Francisco, en su fuga permanente, haya acabado recalando en Sevilla para ser Alfonso. Son ambos relatos de la inquietud, de la zozobra y las luchas de poder que incorporan las relaciones forjadas bajo el dogma patriarcal. Tramas que se sostienen sobre la acumulación de expectativas acalladas, pues estas mujeres están siempre esperando amor, reconocimiento o compañía. Los esperan con ansia, de manos de un proveedor exterior y nulo convertido en deidad. Ellas avanzan por el escenario devastado con sus miradas perdidas, entre susurros tristes que parecerán su voz hasta el último gesto: el grito, la huida final. Nuestras heroínas acabarán suspendidas en el aire, acechadas por eso que llaman “temible soledad”, pero ya, por fin, a salvo.