Luna Miguel: "A los escritores les dejamos ser peores que a las escritoras"

Berta Gómez Santo Tomás / Eudald Espluga


Ahora estás escribiendo Poesía masculina, un texto en el que adoptas un punto de vista masculino. En él hay un diálogo constante con el feminismo y con el discurso de las nuevas masculinidades. Que sean las mujeres quienes escriban sobre la deconstrucción de la masculinidad, ¿es una forma de solventar la posible contradicción que Víctor Parkas señala en Game boy sobre que las nuevas masculinidades corren el riesgo de se conviertan en hombres hablando nuevamente de sí mismos?

No me parece tanto como contradictorio. Es bueno que todo el mundo hable de algo tan importante. Pero una cosa es hablar y reflexionar y otra es dictar sentencia. En este caso, para Poesía masculina obviamente yo tomo un ejemplo concreto que es mi marido, un hombre con el que llevo diez años conviviendo, y es una persona que creo que ha vivido toda esta conversión al feminismo quizá de una manera algo traumática, porque le ha hecho cuestionarse muchos privilegios que tenía y que sigue teniendo. Era un buen momento para intentar acompañar ese proceso suyo, que va a ser un proceso largo. Por eso no sé cuándo terminaré de escribir Poesía masculina, a veces pienso que quizá debería haberlo empezado antes. Me gusta acompañarle en este proceso, mirando también desde mis propios ojos, es decir, intentando entender qué le está pasando por la cabeza a un hombre cisgénero, blanco, que proviene de una familia de obrera y cuya posición podría haber sido distinta en el mundo, pero que decide ser escritor, periodista y preocuparse por ciertos temas. Como escritora me interesaba mucho ir haciendo una especie de diario de su conversión a “hombre feminista”, si es que esto existe o puede ser. Tampoco sé muy bien a dónde me llevará ese libro, porque tampoco sé a dónde le llevará a él, a nosotros.

Entonces, desde una perspectiva pragmática, ¿crees que los discursos alrededor de las nuevas masculinidades pueden acabar siendo útiles para el feminismo?

Podríamos decir lo mismo sobre él [Eudald], sobre su artículo sobre los tipos de feminismo o sobre la mitad de las cosas que ha escrito en los últimos dos años. Pero es que prefiero leer a un Víctor Parkas o un Eudald, que cuando crean están cuestionándose sin complejos, que a gente que cree que está descubriendo el universo. Antes hay una tradición, y me parece que cuando tú estás creando una obra con una intención, debes tener claro que no eres único, ni el primero, ni el mejor y, sin embargo, hay muchos discursos que te invitan a verte como esa excepción: te dicen que debes aspirar a ser canon. ¿Por qué la literatura tiene que ser eso? ¿Por qué no puede haber trazos de otras cosas en ti? Vivimos en una sociedad en la que se aprecia el éxito individual, de acuerdo, pero creo que la escritura nunca será un trabajo individual, porque para ser escritor tienes que haber leído, y me parece más impostor el que se niega a reconocerlo, el que solo acepta su genialidad y niega todo lo que ha leído, que el que reconoce que es el resultado de una serie de influencias. A mí me interesa ver la literatura como ese resultado de muchos factores, porque así cuando leo a alguien que reconoce sus influencia puedo acudir a esos otros libros y seguir disfrutando. Entonces, creo que depende de qué libro sobre nuevas masculinidades hablemos. Si aporta una perspectiva que nadie más había visto, sí, me parece un libro necesario. El problema es que hay mucha gente que se cree que ve cosas que otros no han visto, cuando son muy evidentes. Y creo que con el tema de los libros sobre feminismo escritos por hombres cis, blancos y heterosexuales, el gran problema es que muchos se piensan que su mirada es inédita. Al final es una cuestión de ego.


Cuanto más célebre pueda ser un tema dentro de la literatura o una autora en concreto dentro del panorama, de manera más horrible deciden algunos atacarla.

Cuando tomas conciencia feminista, y la adoptas explícitamente en tu escritura, ¿notas que hay un cambio en la recepción de tus libros? Especialmente en las redes.

No lo sé. Era tan mala la recepción antes, que no lo sé. He sufrido tanto en general, y he tenido tantos trolls, que creo que no ha cambiado mucho. La única diferencia es que ahora a lo mejor te critican mujeres que antes no te criticaban, por ejemplo si escribes un artículo sobre mujeres transgénero, te critican las TERFS. Ahora me encuentro con críticas más específicas que antes, pero creo que no he notado nada diferente en este sentido. Más bien al contrario, ya que de hecho ha sido incluso positivo, porque tengo más amistades, porque tengo más confianza, porque tengo temas de conversación más interesantes. A nivel personal es positivo todo lo que está pasando ahora, porque te permite reflexionar sobre muchas cuestiones y estar aquí con vosotros bebiendo y hablando de cosas guays.

Pero no ha sido solo una cuestión de trolls. Desde la crítica literaria de artículo y columna también han aparecido ataques explícitos hacia las escritoras feministas, hasta el punto de negar la existencia del machismo literario. ¿Crees que esta reacción antifeminista en el campo literario español forma parte de una reacción antifeminista más amplia?

Por supuesto, y creo que la reacción va a ir a más. Vuelvo a Luciana Peker. Ella es una periodista especializada en violencia machista, en feminicidios, y ha escrito muchos sobre cómo a medida que se hablaba más de feminismo en Argentina, más violentos eran también los asesinatos de mujeres. Es decir, donde antes había un apuñalamiento, ahora había 15 puñaladas; donde antes había una violación, ahora había un empalamiento; notaba una respuesta cada vez más fuerte a medida de que esta gente también iba tomando conciencia de esta resistencia de las mujeres: decidían actuar con más crueldad. Y creo que esto pasa a diferentes niveles, también dentro del mundo literario. Es decir, cuanto más célebre pueda ser un tema dentro de la literatura o una autora en concreto dentro del panorama, de manera más horrible deciden algunos atacarla. Creo que Luciana Peker no utilizaba la palabra “revancha”, pero se nota que cuanto más se habla de un tema, los que ya antes eran escépticos son cada vez más escépticos… y nada parece que vaya a hacerles cambiar de opinión.

¿Por qué no ha habido un #metoo literario en España?

De entrada, aquí la ley es más jodida. Es decir, si tu insinúas que alguien ha hecho algo, lo más probable es que acabes yendo tú a juicio antes que tu abusador. Cuando ocurrió el #metoo en la literatura mexicana, allí ellas podían citar libremente nombres porque hacerlo no constituía un delito. Pero aquí este tema está mucho más controlado. No puedes decir nada y, de hecho, los casos que se conocen la mayoría de veces han acabado con las víctimas acojonadas, porque son ellas las que pueden ir a la cárcel. Ahora mismo hay un juicio en marcha contra un conocido escritor, y es muy posible que acabe en la cárcel, porque el caso ha salido adelante. Si finalmente eso acaba pasando, puede sentar un precedente. Hoy todavía no tenemos ejemplos buenos, es decir, los únicos ejemplos de intento de denuncia que hay es decir algo en público y tener que retractarte porque ha llegado un burofax.


Me parece penoso que los grandes críticos de este país hayan ido a la yugular con Elvira Sastre cuando hay novelas, literalmente, de mierda, publicadas por grandes autores que también han ganado premios y que se nota que están escritas el día anterior.

De hecho, como periodista ya has vivido esta impotencia a la hora de intentar sacar ciertos casos a la luz.

Claro, ¿os acordáis del burofax que nos llegó de ese famoso poetuitero? En el artículo que escribimos siquiera le llamamos violador, solamente hicimos un texto diciendo que lo habían acusado de tal cosa. Realmente creo que hace falta que se de un caso famoso para que todo prospere, y este juicio concreto tiene pinta de que puede ayudar a cambiar las cosas: hay pruebas y gente fuera del mundo literario que apoyan el testimonio de la víctima. Así, si este escritor cae, puede ser muy fácil que otra gente se anime a contar sus historias. Que las hay, y muchas.

La posibilidad misma de un #metoo literario tiene que ver con una progresiva transformación del ejercicio de la crítica literaria, que ha hecho suya la idea de que lo personal también es político, y que gracias a las redes se ha “democratizado”.

Esto es esencial. Lo primero, que todo el mundo pueda opinar. Es cierto que la gente tiene la posibilidad de mentir en sus redes sociales, y puede falsificar las puntuaciones de los libros en Goodreads o Amazon, pero me parece esencial que quien defina lo que es un buen libro, o un libro necesario, o un libro que debe publicarse, que debe existir, no sean solo las mismas personas de siempre. Últimamente me ha cabreado mucho la recepción de Elvira Sastre y de su novela en España. Me parece penoso que los grandes críticos de este país hayan ido a la yugular con Elvira Sastre cuando hay novelas, literalmente, de mierda, publicadas por grandes autores que también han ganado premios y que se nota que están escritas el día anterior. ¿Por qué Elvira Sastre es enemiga y por qué a Patricio Pron no podemos ponerle ni un pero? La última novela de Pron es también una novela de amor algo banal, al menos si tenemos en cuenta el resto de su obra, que a mí me encanta. Le considero un gran escritor, alguien con una mente excepcional para hacer ficciones rarísimas y chulísimas, pero ¿por qué su última novela no es regañada como la de Sastre? ¿Por qué los mismos críticos que han dicho que Pron es un genio, a pesar de haber escrito una novela evidentemente inferior que sus otras novelas o cuentos, lo valoran de puntillas y les parece perfecto el Premio Alfaguara? ¿Por qué luego con Elvira Sastre dicen de entrada que “muy mal” y concluyen que se ha cargado la literatura? Esto me cabrea mucho, porque creo que demuestra los prejuicios y la desigualdad que siguen definiendo el campo literario. De hecho, basta con comparar minuciosamente cómo la crítica de los grandes medios ha tratado a los escritores nacidos en los setenta: mientras que lo que hace Eva Baltasar está “muy bien, PERO…”, con los autores siempre es “muy bien” a secas, sin peros paternalistas, cuando probablemente sus obras adolecen de los mismos problemas. Es decir, hay una hipervigilancia respecto de lo que escriben las mujeres que es todavía más evidente si la comparamos con la dejadez enorme con la que se mira lo que escriben los hombres. La cuestión es que a los escritores les dejemos ser peores que a las escritoras, es decir, cuando un escritor es malo, o hace un libro fallido, se lo podemos perdonar. Pero cuando lo hace una tía…

Del mismo modo que hemos dicho que PG buscaba esa mezcla de lenguajes y estilos para buscar nuevos públicos, también es verdad que en muchos casos elevó el nivel del debate con textos complejos con una clara vocación literaria. ¿Hasta qué punto la edición cuidada que hacías como editora periodística en PlayGround se diferencia de el trabajo de edición literaria?

No lo sé, no es algo en lo que haya pensado tanto, pero creo que la gran diferencia es la rapidez con la que hay que actuar. En un medio de comunicación (uno digital, o al menos de las características de PG) no puedes permitirte estar nueve meses madurando un texto, porque muchas veces los temas que se tratan son pasajeros, o requieren una capacidad de maniobrar mucho más veloz. Lo que sí creo es que el periodismo diario, o la escritura en redes sociales, es un buen síntoma de lo que luego será la escritura de largo aliento, por llamarla como la llama Antonio. Por ejemplo, para Caballo de Troya 2019 propusimos a Víctor Parkas y a Anna Pacheco trabajar en proyectos de libro que aparentemente no existían, pero que en verdad sí. Cualquiera que lea Game boy o Listas, guapas, limpias se dará cuenta de que son primeros libros que reflejan un trabajo intenso, de muchos años pensando, redactando, fallando, acertando… Cuando escribía a diario en mi blog me lo tomaba como un ensayo de lo que más adelante podía ser mi poesía. Lo mismo creo que ocurre con el trabajo de algunos de estos periodistas que luego se pasan a la ficción o que se atreven a trabajar textos más ambiciosos en formato libro.


Mi madre, como editora de otro buen número de poetas españoles, también hacía mucho hincapié en la idea del editor-amigo. Es un vínculo fortísimo y muy bello.

En parte el trabajo de estos dos años en Caballo de Troya puede verse como una continuación de esta hibridación entre periodismo y literatura que acabamos de comentar. ¿Cómo es trabajar con autores que publican novelas, ensayos o trabajos de autoficción por primera vez? ¿Cómo ha sido el proceso de selección?

Creo que Antonio y yo llevamos muchísimo tiempo obsesionados con ayudar a autores de nuestra generación o más jóvenes que nosotros a realizar sus proyectos. Ya sea con la plataforma periodística que él dirigía o desde mi trabajo como antóloga de Tenían veinte años y estaban locos, o Sangrantes, o Los perros románticos… Creo que con autores que nunca han publicado siempre hay una creatividad y un entusiasmo que si se trabaja bien puede dar grandes frutos. Ser un autor no publicado genera una ansiedad brutal, por otro lado, y el hecho de tener alguien que te acompañe y te aconseje es reparador. Yo recuerdo con mucho cariño cómo Elena Medel me ayudó a publicar desde muy jovencita. Creo que el primer poema que publiqué en un fanzine de La Bella Varsovia lo hice a los trece años, así que imaginad cuánto le debo a esa figura de editora y amiga. Mi madre, como editora de otro buen número de poetas españoles, también hacía mucho hincapié en la idea del editor-amigo. Es un vínculo fortísimo y muy bello. Por eso el proceso de selección por el que también me preguntáis es tan importante. Lo decía Lara Moreno, editora de Caballo de Troya dos años antes que nosotros: quiero libros que me deslumbren, y con los que poder conversar. Estoy orgullosa de decir que en mi poesía Elena Medel tiene un porcentaje de la culpa, que en mi narrativa María Fasce tiene un porcentaje de la culpa y que en mi ensayo Blanca Cambronero tiene un porcentaje de la culpa. Como decía, editar también es conversar y a la hora de la selección jamás apostaría por un libro en el que esa conversación no se produzca: en el que no exista mi pequeña proporción de culpa.

Lo generacional ha marcado tanto tu trabajo como periodista y como editora, pero también como antóloga, ya que desde Tenían veinte años… hasta 080090 está presente esta voluntad de abrir puertas a nuevas formas de entender el trabajo literario. ¿Por qué es importante este trabajo de scouting generacional?

Esto es algo que dejaba entrever antes: creo en la comunidad, creo en los vínculos y creo en la conversación. Pienso también en la importancia de ceder la palabra a otros. Cuando tenía 19 años y publiqué Poetry is not dead se me empezó a hacer muchísimo caso. Era pues, el momento de agarrar el altavoz y empezar a enseñar lo que estaban haciendo otras personas de mi edad, cuyas obras eran muy interesantes. De ahí salió Tenían veinte años y estaban locos, una antología de la que muchos nombres hoy leeríamos sin saber quiénes son porque han decidido dedicarse a otras escrituras, pero de la que también surgieron tres Premos Nacionales de Poesía: Unai Velasco, Laura Casielles, Berta García Faet, o polémicas figuras de nuestra cultura actual como Ernesto Castro. Todos esos nombres y más se han vuelto importantes. Por eso odio una coletilla que creo que yo he usado y que espero no volver a repetir nunca: “tal persona es la voz de su generación”. Ni de coña: no existe la voz de una generación. En todo caso esa voz la conformamos entre todas y todos.

¿Cómo las nuevas plataformas y formatos han ido cambiando también las propias formas literarias, tanto en la producción como en el consumo? Pienso en desde escribir texto en notas del móvil, en memes, adaptadas a lo efímero de Instagram, pero también antes con lo blogs, tumbrl y toda la serie de plataformas que influyeron en el desarrollo como escritores de toda una generación.

Cuando imparto un taller literario me gusta mucho llevar los memes del momento y escribir poemas sobre ellos. Por ejemplo, con el del novio distraído podemos hablar de celos. Lo suelo relacionar con textos como 'Tentativa de celos’, de Marina Tsvetaieva. A la gente en los talleres al principio les choca, ¿esto es literatura? Y claro que lo es. Un meme o el lenguaje de Instagram suelen ser cosas que expresan sentimientos en su máxima pureza. La poesía juega con ese mismo lenguaje. Hay poetas actuales como Lola Domínguez o Elizabeth Duval que trabajan con ese mismo material en sus redes sociales, y al verlo me parece que ahí hay mucho trabajo y muy chulo por hacer.

Como editora y antóloga, ¿crees que el libro sigue siendo el cúlmen y la finalidad, lo único que sigue teniendo prestigio? Pensamos en SlamPoetry o Instapoets, que pueden ganar mucha más influencia, y que transforman la forma misma de consumo literario. ¿Crees que las redes sirven solamente como un forma de abrir espacios que antes habrían estado cerrados o que están generando un cambio estructural en el sistema literario?

Personalmente, amo el libro. Para mí es un objeto perfecto. Un objeto de deseo: lo colecciono compulsivamente, lo huelo, si pudiera me lo comería… Es broma. O no tanto. Pero sí, amo el libro y creo que para muchísimos seres humanos su forma sigue siendo importante, un fetiche. A pesar de la popularidad del ebook —también leo muchísimo en digital, esto es así— o del audiolibro —dicen que cada vez tiene más peso en la industria— el libro en papel sigue siendo muy popular. Y creo que eso es porque las formas con las que se ha intentado “sustituir” no hacen más que reforzarlo. Si yo leo un ebook que me gusta, acabo comprándome el libro en papel. No sé, será que los amantes de este mundillo somos codiciosos. Raritos. Vete tú a saber.


NOTA: Esta entrevista es la continuación de la primera parte.