María Sánchez: "Ver a estas mujeres del medio rural ocupando los espacios ha sido fabuloso"

Berta Gómez Santo Tomás / Anabel Alcázar Llamas



El discurso que María Sánchez, veterinaria y escritora cordobesa, plasmó en el ensayo Tierra de mujeres nos ha atravesado a todas de una forma u otra. Porque habla de sus abuelos, de las fotos antiguas y de nuestros pueblos vaciados. Y no lo ha hecho ella sola, ha utilizado todos los altavoces que le han brindado para que otras mujeres rurales también pudieran hablar del lugar en el viven y de lo que necesitan. Nuestra conexión especial con ella surgió a través de las agujas. 


Tierra de mujeres es un ensayo y también un relato en primera persona. Incluso, como has contado alguna vez, ha supuesto una forma de hacer justicia a las mujeres de tu familia. ¿Ha cambiado en algo el significado del libro para ti después de todo el éxito que ha tenido?


Más que de justicia, me gusta mucho lo que escribió sobre él la periodista y escritora Anna María Iglesia, que es una forma de duelo. Una forma de remediar. Pero sé que llego tarde porque hay muchas de las que no hay fotos, no sabré nunca de su vida, ni oiré su voz, ni siquiera sabré el nombre. Por otra parte, siempre tuve claro que quería que este libro fuera un altavoz para las mujeres del medio rural. Es doloroso ver cuando la imagen que te devuelven los medios del sitio de donde vienes, trabajas y el que forma parte de tu día a día no tiene nada que ver con tu realidad, y con las mujeres que conoces. Estoy cansada de esa expresión tan horrible que se usa tanto en medios de “dar voz”. Todos tenemos voz, lo que no tenemos son los altavoces. Después de estos meses de presentaciones, en las que siempre ha habido mujeres rurales, es precioso ver cómo se ha creado un tejido lleno de vida y de nuevas relaciones y proyectos. Verlas a ellas ocupando los medios, contando sus historias, siendo ellas las que cuentan, es fabuloso.


Lo has dicho muchas veces: no existe la España vacía, sino la España vaciada. Desde tu propia experiencia, ¿con qué argumentos te han ido presionando para pensar que lo mejor era irte a vivir a la ciudad?


Vaciada implica que hubo una serie de factores, hechos y políticas que hicieron que la gente se tuviera que ir a la fuerza de sus casas. El término vaciada implica esa acción. Y eso se ve muy bien en el último programa de Salvados de Évole. Ese señor que sigue plantando olivos en la periferia, que hablan de un hogar y de una casa en el que ya, tristemente, ni siquiera han pasado ya la mayor parte de su vida. Como toda mi familia materna que vive en la periferia de Barcelona, vuelven a morirse al pueblo, siempre. Reproducen allí lo que hacían aquí, abren sus casas en verano, como si nunca se hubieran marchado. Esto es algo en lo que pienso mucho. Como todos esos que tuvieron que irse a la fuerza por los pantanos de sus pueblos. Los recién llegados a los nuevos pueblos de colonos no querían morirse los primeros. Era un lugar forastero, no era su casa. Además a los muertos que se quedaron debajo del agua se les ponía, además del peso del agua, una losa de hormigón. Pienso mucho en ese peso del agua, en esas historias, en esas marchas forzadas. Tenemos una deuda muy grande con todas ellas. Y más que argumentos, es un todo. Esa marca que te injertan desde pequeña de que el que se queda en el pueblo es el que no vale. Ese decir constante de que para prosperar hay que irse. Esa falta brutal de servicios para la gente del medio rural. Esa aceptación por el resto de la ciudadanía de que son ciudadanos de segunda. Es brutal cómo hemos asimilado esto y lo aceptamos como algo totalmente normal.


Creo que es necesario cambiar la forma de mirar a nuestros pueblos, y comenzar a hablar entre nosotros el mismo lenguaje. Porque nos necesitamos mutuamente y creo que tenemos mucho que aprender los unos de los otros.

¿Cómo se reproduce este relato ruralófobo en la literatura, el cine y los medios?


Tenemos dos únicas postales del medio rural en los medios: por un lado la cabaña de Walden, esa idealización infinita del medio rural como un sitio en el que desapareces y vas a desconectar. Asumes que debe ser así, olvidando que en ese lugar quizás hay alguien que necesite esos servicios de los que tu escapas. Aquí siempre cuento la historia de una ganadera que conozco que tiene que subirse todos los días un rato a lo alto del monte para coger internet y ver qué pedidos le entran, porque ella vive de vender el queso que hace. Y luego, hay otra cosa. La palabra “cabaña”. Creo que es una palabra muy cargada de muchos aspectos: paz, soledad, tranquilidad… Por mi tierra no existe esa palabra. Quiero decir, la gente no vivía en cabañas, vivía en chozos. Y esa palabra conlleva otros significados, porque el lenguaje no es inocente: incomodidad, escasez, suciedad, refugio. Es curioso como una misma palabra puede significar dos realidades dependiendo de quién la usa, del contexto, de la clase, de la historia.


Y la otra imagen es la del medio rural ignorante, bruto, violento. La de Los santos inocentes, la de puerto hurraco, la de tantos libros ambientados en lo rural con esa connotación. En toda esta literatura tiene que haber un desencadenante trágico o violento: personas que se mueren solas en los pueblos, que se vuelven locas, que cometen traiciones, que matan, que engaña. Parece que otra literatura aquí no es posible de otra forma. No es cuestión de idealizar a los pueblos, que como en todos lados hay cosas buenas y malas, es cuestión de plantearse por qué hemos visto tan normal contar siempre las cosas malas, y por qué nunca nos hemos cuestionado que la gente que ha escrito de lo rural siempre han sido de la ciudad, de cierta clase social, y del mismo género, masculino. Yo no pretendo que solo escriba del campo la gente del campo, sino que nos cuestionemos por qué existe una lente machista, clasista y paternalista. 


Se trata también de un abandono a los pueblos y la gente que vive en ellos por parte de la política. ¿Qué medidas urgentes crees que hacen falta?


Por supuesto. Este año, como “está de moda” -y lo celebro- hemos visto mucho al medio rural en campaña. Luego está en lo que quedan todas esas promesas. En campaña el medio rural es el recurso facilón para las fotos graciosas, en el campo, arando, montado en el tractor, con un corderito en brazos. Yo estoy también cansada de esto. Como cuento en el libro, no soy experta en política ni en despoblación. Pero creo que es necesario cambiar la forma de mirar a nuestros pueblos, y comenzar a hablar entre nosotros el mismo lenguaje. Porque nos necesitamos mutuamente y creo que tenemos mucho que aprender los unos de los otros. Implicación, voluntad y compromiso creo que son un buen inicio. Y sí, como no, es fundamental servicios básicos por comarcas: acceso a educación, sanidad, cultura, comunicación, internet. Aunque esto se vende como algo nuevo, a veces se nos olvida que ya en el medio rural con la crisis se recortaron de por sí los pocos servicios que teníamos. 


Es habitual verte en Instagram tejiendo y a nosotras también nos encanta. Tejer parece un acto revolucionario cuando se contrapone a la industria del fast fashion: requiere mucho tiempo, y generalmente es más caro que comprar la prenda ya acabada. ¿Puede ser un acto reivindicativo algo tan “simple” como coger unas agujas?


Totalmente. Para mí, como el carrito de la compra, también es un acto político. Es curioso porque empiezo a tejer para quitarme la ansiedad, el estrés, la inmediatez, por quitarme de las pantallas. Volver a un ritmo lento, sin prisas, a usar las manos, a contar, a sentarme con mujeres una vez a la semana y contarnos, cuidarnos, compartir experiencias. Crear comunidad, hacer que nazca un vínculo. Pero es que además, no solo es eso. Uso siempre lanas con historia, quiero decir, lanas que vienen de ovejas de razas autóctonas y que se crían en el campo, de ganadería extensiva. Parece una tontería, pero con este tipo de actos estás haciendo posible un medio rural vivo. Por eso, me parece fundamental el colectivo Esquellana, que gracias a la recuperación de la lana de la oveja guirra está haciendo posible que está raza pueda salir de encontrarse en peligro de extinción. Ahora estoy tejiendo con unas lanas portuguesas, y me encanta la etiqueta porque te está contando la historia que hay detrás de ese ovillo, te dice de dónde son las ovejas, de qué raza.


Otro acto que ya casi puede calificarse de rebeldía en una ciudad es la construcción de tejidos sociales, de comunidades, como las que siempre han existido en los pueblos. ¿Qué nos estamos perdiendo cuando no conocemos ni a nuestro vecino de enfrente? ¿Cómo podemos aprender a crear comunidad?  


Estoy contenta de ver que se crean estos nuevos tejidos sociales, porque veo que es realmente necesario. Es demoledor ver que hay personas que mueren solas en las ciudades y pasan semanas, meses, incluso años y nadie se da cuenta. Ni sus propios vecinos. Por eso, aunque a mí me choque que no existan esos contactos con la gente que compartes portal, celebro estas iniciativas, porque veo realmente que son muy necesarias. 


Empiezo a tejer para quitarme la ansiedad, el estrés, la inmediatez, por quitarme de las pantallas. Volver a un ritmo lento, sin prisas, a usar las manos, a contar, a sentarme con mujeres una vez a la semana y contarnos, cuidarnos, compartir experiencias.

Has escrito también sobre cómo te sentiste al ver que la primera huelga feminista del año 2018 no tuvo la misma repercusión en el medio rural. Estamos empezando a entender que el feminismo de las ciudades y el de los pueblos no pueden expresarse de la misma manera, y es por ello que publicasteis el Manifiesto: Por un feminismo de hermanas y tierra: ¿Cómo has vivido el 8M desde esta perspectiva? ¿Nos falta mucho camino para acercar posturas?


Creo que esas poquitas mujeres que salieron en sus pueblos en 2018 abrieron camino a todas las que salieron este 2019. Nada más tienes que ver la repercusión en los medios este año de las mujeres en el medio rural. Han salido más, han leído manifiestos, se han celebrado. Es tan importante sentirse reconocida y apoyada, y más en un pueblo. Este año hemos vivido el 8M con mucha alegría. El manifiesto se ha leído en muchísimos pueblos y ha sido un subidón. Creo que ya se está haciendo camino y estamos cambiando la forma de mirar a nuestro medio rural y a sus habitantes. 


Hay una cosa que tienes muy clara: las historias de las mujeres rurales tienen que contarla las mujeres rurales. ¿Son las redes sociales un buen altavoz?


Las redes sociales en ese sentido son maravillosas. Pienso en el colectivo Ramaderes de Catalunya. La labor que hacen de difusión por redes es brutal. Son ellas las que cuentan, las que enseñan, las que hablan. Y eso es fundamental. 


Con la intención de ensanchar ese espacio para que las mujeres rurales hablen de su propia experiencia, ¿nos recomiendas otras autoras?


Mis referentes en poesía son Luz Pichel y Olga Novo. Luego acudo mucho a la escritora portuguesa Agustina Bessa-Luís. El año pasado me encantó el libro Invierno de Elvira Valgañón publicado en Pepitas de calabaza. Y me gusta mucho todo lo que escribe Lucía López Marco en su blog Mallata. También pienso en Cristina Sánchez Andrade, Virginia Mendoza, en el blog de Silvia Márquez, y en los libros que tengo en la mesita de noche pendientes como el de Tina Vallès, el de Marie-Hélène Lafon y el de Mercè Ibarz.