Period. End of sentence: la revolución que empezó cuando hablaron de la menstruación

Tania Cabrera Covián


"No lloro porque tenga el periodo ni nada por el estilo. Es porque no puedo creer que un documental sobre la menstruación acabe de ganar un Óscar". Con estas palabras Rayka Zehtabchi, directora de Period. End of Sentence, recogía el premio al mejor documental corto hace apenas un mes.

Yo, que tampoco tenía la regla, quise llorar durante casi los 26 minutos que dura el documental Period. End of sentence (Netflix) y aún no sé exactamente por qué. Estaba viendo una mezcla de risas nerviosas, vergüenza, incomodidad y miedo en las caras de las protagonistas: adolescentes y mujeres adultas de un pueblo rural a las afueras de Nueva Delhi que intentan explicar delante de una cámara qué es la menstruación.


La idea de que están enfermas, de que son sucias, de que la sangre que sale una vez al mes es mala porque sí. Y ellas no saben qué les pasa o por qué sangran.

Ellas son sólo unas cuantas, pero representan unas ideas arraigadas en la educación femenina: la idea de que están enfermas, de que son sucias, de que la sangre que sale una vez al mes es mala porque sí. Y ellas no saben qué les pasa o por qué sangran. Sólo saben que se relaciona con estar embarazada porque notan la ausencia del fenómeno durante esos meses. La mayoría de las niñas, siendo primerizas y sin información a su alcance, utilizan cualquier tela sucia o vieja, hojas de papel, hojas de árboles o incluso ceniza; todo lo encuentran a su paso es útil para evitar mancharse.

Además de jugarse la vida bajo estas condiciones, el estigma las obliga a esconderse, a ir muy lejos cada vez que necesitan cambiarse, donde nadie sospeche por lo que están pasando y deshacerse del material utilizado donde nadie lo encuentre, enterrándolo, tirándolo a un barranco o a cualquier sitio que les permita esconder la vergüenza de ser mujer. Una tercera parte de las indias no va al colegio cuando tiene la regla. Ni siquiera pueden entrar al templo de su diosa para cumplir con sus rezos. Igual que aquí –y casi se podría decir que igual que en cualquier parte del mundo- la menstruación, la sangre que proviene del endometrio una vez cada 28 días, es un “problema de mujeres” y por tanto, un problema invisible.

Pero si el documental emociona es porque vemos que las cosas empiezan a cambiar: una máquina que produce toallas sanitarias de bajo coste hechas con recursos locales supone no solo un recurso sanitario imprescindible para ellas, sino una nueva forma de pensar, un altavoz para eso que les está pasando. El comienzo de una revolución.

Vale la pena reparar en Arunachalam Muruganantham, el inventor de este artefacto, cuyo compromiso con la salud femenina le hizo perder prácticamente todo. Primero una máquina y después otra, fueron colocándose en diferentes comunidades hasta llegar a Hapur, el escenario donde se rueda el documental. Un proceso que se extendió rápidamente gracias a que un puñado de mujeres aprenden a construir las toallas femeninas con sus propias manos, unas lo hicieron con permiso y otras sin él.


Además de jugarse la vida bajo estas condiciones, el estigma las obliga a esconderse, a ir muy lejos cada vez que necesitan cambiarse, donde nadie sospeche por lo que están pasando y deshacerse del material utilizado donde nadie lo encuentre, enterrándolo, tirándolo a un barranco o a cualquier sitio que les permita esconder la vergüenza de ser mujer.

Las mujeres van de puerta en puerta, de farmacia en farmacia, buscando lugares dónde poder distribuirlas. Se hacen una manada fuerte, que produce y obtiene ganancias, además de respeto y autonomía. Se defienden, se hacen cargo no sólo de su cuerpo y de su salud, también de ellas mismas, de sus futuros y de sus vidas. Ahora hablan de libertad y se permiten pensar. La producción de las compresas Fly –un nombre repleto de carga simbólica- se cuenta hoy por miles.

Su dignidad se manifiesta también cuando hay obstáculos que superar, como las fallas eléctricas que las dejan sin luz durante horas y por lo tanto sin que la máquina funcione. Se organizan, establecen horarios, calendario, reglas y trabajan por la noche si es necesario, aunque sea peligroso, para recuperar la producción perdida durante el corte eléctrico. Entre tanta carencia, su instinto de supervivencia, su valentía y fuerza, son un ejemplo para la esperanza.

En cada rincón del mundo las mujeres están librando sus batallas y transformando comunidades enteras, como en este pueblo a las afueras de Nueva Delhi, en el que este experimento ha demostrado que cambiar la forma de ver el mundo es posible: uno a uno, los hombres se fueron interesando y sumándose a los esfuerzos. Así es como la discriminación se desvanece para dar paso a una sociedad colaborativa, equitativa.

Ahora, estas guerreras distribuyen a cuarenta pueblos a la redonda: el negocio ha crecido tanto que producen con la ayuda de una segunda máquina. Ellas empiezan a ser dueñas de su futuro: vuelven a la escuela o siguen formándose como Sneha, que invierte sus ganancias en su preparación como policía, entre otras cosas, para salvarse del matrimonio. Claramente, en ese país, el futuro también es femenino.