¿Quiénes son esas feministas respetables que tanto le gustan a Pérez Reverte?

Berta Gómez Santo Tomás


“Hay un feminismo serio, respetable, que además es absolutamente necesario apoyar. Pero otra cosa es que la estupidez, el folclore, la demagogia facilona. Es un apéndice marginal que nada tiene que ver con el verdadero feminismo”. Estas palabras, que fueron pronunciadas por el escritor Arturo Pérez Reverte en una entrevista para Infobae, no son una evocación a la rectitud hecha de forma aislada, sino que responden a un tipo de crítica cada vez más frecuente. Se trata, en realidad, de un argumento de poca complejidad que consiste en separar entre dos feminismos: el primero, el bueno, sería el que encuentra su sentido casi por naturaleza, molesta lo justo y necesario, y por ello es el feminismo con el que el interlocutor -casi siempre hombre- se posiciona; y luego está el otro feminismo, el malo, el de las locas, esas que han sacado todo de quicio, un movimiento de hogueras inquisitoriales al que ya no le vale nada y todo le parece mal.


Si esta distinción resulta relevante es porque se deriva de un razonamiento que ni mucho menos es exclusivo de Pérez Reverte. Junto a él, como abanderados de ese “feminismo respetable”, encontramos nombres como el del periodista Juan Soto Ivars - “Yo siempre había pensado que era feminista, pero últimamente no lo tengo tan claro porque hay un feminismo…”- o el también escritor Javier Marías -“Claro que soy feminista, de siempre. Feministas somos todos desde hace muchos años. El trato a las mujeres ha sido tradicionalmente injusto. Ahora, cuando las cosas se exageran, se exacerban, cuando no hay grados, ni matices, cuando se considera que todo es acoso... Siempre se puede decir que no”-. Podrían citarse cientos de ejemplos como los suyos en los que, condescendientes, reconocen que el feminismo se ha buscado su propia perdición.


Pero concediéndoles el beneficio de la duda, el siguiente ejercicio que deberíamos hacer sería preguntarnos entonces quién milita y cómo se expresa la queja en ese feminismo sensato, verdadero. Cuándo existió y dónde nació. De hecho, si nos remitimos a sus propias respuestas, una de las más habituales es hacer referencia a las sufragistas, alegando básicamente que sus motivos sí eran legítimos. ¿No esta causa una claro ejemplo de luchar contra la desigualdad? ¿Acaso existe algún hombre sensato al que no le parezca bien luchar porque las mujeres tengan derecho al voto?


En 1903, una de la fundadoras de la Unión Sociopolítica de Mujeres (WSPU), Emmeline Pankhurst, decidió expulsar, pese al enfrentamiento con sus compañeras, a cualquier hombre que militara en este grupo.

Resulta que en 1897 sí, había muchos hombres sensatos que rechazaban el sufragio, y también ellos solían evitar aludir a razones abiertamente misóginas para hacerlo. Sus motivos, bien al contrario, se basaban en una forma de pensar conservadora e inmovilista -si ya estamos bien ahora, ¿para qué cambiar?-, que apelaba a la tradición y a la estabilidad del sistema. Y no solo esto. Lo que se vivía en el Parlamento británico a finales del siglo XIX, incluso con un movimiento sufragista activo en la sociedad, no solo era un rechazo decoroso al sufragio femenino, sino que las burlas e insultos eran habituales cada vez que alguien mencionaba esta posibilidad en un ámbito institucional -normalmente por parte hombres, ya que ellas estaban excluidas-.


Esta fue la causa por la que un grupo de sufragistas, hartas de que el movimiento fuera ninguneado y frente al estancamiento de las protestas pacíficas, consideraron pasar al siguiente nivel de acción: la lucha activa en las calles. En 1903, una de la fundadoras de la Unión Sociopolítica de Mujeres (WSPU), Emmeline Pankhurst, decidió expulsar, pese al enfrentamiento con sus compañeras, a cualquier hombre que militara en este grupo. A partir de entonces la WSPU desarrolló tácticas que tenían una gran resonancia en la prensa, como interrumpir los mítines de otros partidos, intentar entrar en el Parlamento, romper a pedradas las ventanas de los locales de los miembros de esta cámara, presentarse en sus domicilios e incluso encadenarse a ellos. Estas acciones conllevaron con frecuencia la detención de sus protagonistas, que después se negaban a pagar la multa que se les imponía, e incluso comenzaron huelgas de hambre con el fin de que se las considerara presas políticas.


Cuando en 1912 el proyecto de sufragio femenino fue descartado por los parlamentarios después de una larga espera, Pankhurst decidió que era el momento de ir un paso más allá. El 19 de febrero de 1913 varias mujeres sufragistas pusieron dos bombas en la mansión de David Lloyd George, ministro de Hacienda, y a pesar de que no se produjo ningún daño físico, la opinión pública, que hasta entonces había sido favorable al sufragio femenino, empezó a acusar al movimiento de ser excesivamente violento. Preferían ese primer sufragismo que hacía poco ruido, y que también conseguía pocas cosas. Pero ellas nunca se rindieron. Tras vivir episodios de durísima represión, torturas y largas temporadas en la cárcel, perder a una militante -Emily Wilding Davison murió tras ser arrasada por el caballo del rey Jorge V en un intento de visibilizar la bandera de la WSPU- y participar activamente en la Primera Guerra Mundial, en 1918 se aprobó la ley que concedía el voto a las mujeres mayores de 30 años; y en 1928 se equiparó la edad con sus homólogos masculinos.



Así, volviendo a la dicotomía entre feminismos buenos y malos, lo que nos encontramos es una historia muy distinta a las simplificaciones que propone su argumento, pues la realidad es diametralmente opuesta al cuento de las feministas sensatas: el movimiento sufragista fue tanto o más acusado de radical y exagerado en sus acciones que el feminismo del siglo XXI. Y lo fue tanto por sus reclamaciones como por sus formas.


Aunque, por supuesto, no se trata solo de las sufragistas. Afirmar que hay un feminismo anterior al nuestro que no fue radical no solo diluye la continuidad del movimiento, sino que además demuestra una enorme falta de conocimiento de nuestra historia. O lo que es lo mismo: una falta de lecturas a las mujeres que han marcado las líneas del movimiento, desde Kate Millet hasta Angela Davis.


En consecuencia, que exista una tribuna de señores tan asustados por la pérdida de privilegios que postulan la existencia de un buen feminismo en el que nadie milita más que ellos, solo denota que estamos molestando a quien había que molestar.

Por lo tanto, responder a este tipo de declaraciones no es tanto una forma de tomarlas en serio, sino de aprovechar la excusa para hablar de quienes nos precedieron. Como explica la investigadora Silvia López -autora de la colección Las Imprescindibles (Dos Bigotes) en la que hace un repaso por el pensamiento y activismo feminista de las grandes maestras del s.XX-: “Hemos de nombrarlas como forma de agradecimiento y para cultivar esa tradición (femenina) de la transmisión oral del conocimiento de nuestras antecesoras. Cuidar las palabras de la estirpe de mujeres que nos han traído hasta aquí. A veces, serán las palabras de las madres, de las abuelas, de las vecinas, de las sabias anónimas. A veces, de las «madres simbólicas» que son las autoras que nos inspiran y alientan en el día a día”.


Gracias a nuestra genealogía sabemos que separar entre un feminismo sensato y otro absurdo no es más que una nueva estrategia deslegitimadora contra esas mujeres que no quieren ocupar el lugar de la otredad. Es un mecanismo de defensa: el status quo atribuye la radicalidad -e incluso la locura- a quienes están intentan sacarles de ese status quo. En palabras de Sílvia López, “feminismo es (también) cuestionamiento de las estructuras y prácticas de discriminación que hieren, humillan y violentan a quienes son más vulnerables, supone un cuestionamiento de la distribución desigual del poder en la sociedad: en la familia, en las universidades, en la pareja, en el mercado de trabajo. En la medida en que señala y aspira a revertir las violencias y discriminaciones que el poder genera, no tiende a ser bien tolerado por éste. Es lógico”. En consecuencia, que exista una tribuna de señores tan asustados por la pérdida de privilegios que postulan la existencia de un buen feminismo en el que nadie milita más que ellos, solo denota que estamos molestando a quien había que molestar.


Pero es que además hay un segundo error en esta discutible clasificación entre feminismos, que se deriva de tener únicamente en cuenta si las acciones que se llevan a cabo molestan o no. Por ejemplo, separar entre las buenas sufragistas y malas sufragistas según el carácter de sus acciones sería incurrir en una falacia, puesto que el feminismo solo puede hacerse (o accionarse) a través de quienes pensaron antes sobre un problema y lo pusieron en común. “Hemos de dejar de asumir que pensamiento es una cosa y acción es otra muy distinta. Por eso, el lema de la colección Las Imprescindibles es «pensamiento para la acción». Queremos reivindicar la necesidad de pensar colectivamente como forma de activismo y resistencia. Y, al tiempo, la necesidad de actuar con herramientas teóricas que iluminen nuestros valores y acciones”, concluye López.


Si Pérez Reverte afirma cosas como “hablábamos de feminazis... No de feministas normales, de infantería. Sino de feminazis y sus mariachis. Conviene matizarlo, porque a mucho imbécil e imbécila le gusta mezclar las cosas”, nosotras deberíamos responder que feminazis somos todas porque lo fueron ellas, de las que aprendimos el pensamiento y la acción.