Recordando a Iris Murdoch

Eudald Espluga / Berta Gómez Santo Tomás


En el día del centenario de su nacimiento, es fácil recordar a Iris Murdoch como la autora de una de las grandes novelas del s. XX: El mar, el mar (Lumen). Es posible que quienes han intentado leerla hayan sentido desconcierto e incluso cierta decepción, pues la historia de Charles Arrowby no deja de ser algo así como una comedia de enredo romántica -a ratos fantástica e inverosímil, a ratos sesuda y árida-. Su estilo no es aparatoso, no experimenta con la forma y es casi imposible encajarla en alguna de las grandes modas y tradiciones literarias del siglo pasado. Además, salvo momentos puntuales, también cuesta verla como una novela filosófica: está tan lejos de la escenificación existencialista de La náusea como de la casi-cursilería nihilista de La insoportable levedad del ser.


Sin embargo, El mar, el mar permite entender perfectamente la importancia de la obra literaria y filosófica de Iris Murdoch. Su maraña de personajes y situaciones nos obliga a leer -y a pensar- desde lo particular, desde lo ambiguo, desde lo contingente: es una invitación a recuperar la atención como facultad moral fundamental. “La idea de una mirada paciente y amorosa, dedicada a una persona, una cosa, una situación”, escribe La sobreranía del bien, “presenta la voluntad no como un movimiento sin trabajas, sino como algo mucho más parecido a la obediencia”. A nivel filosófico, Murdoch rechaza la idea liberal del sujeto como una voluntad individual incondicional, que puede actuar y elegir al margen del contexto, de las relaciones, del cuerpo que sostiene a ese sujeto. Tomar decisiones no es saltar al vacío y por eso, cuando escribe ficción, rechaza cualquier planteamiento que invite a reforzar ese mito filosófico, de modo que sus personajes nunca son héroes aislados que sostienen sobre sus hombros el peso del mundo -ya sean estos los hombros del Atlas de Ayn Rand o del Antoine Roquetin de Sartre-, sino personas atrapadas en compromisos frágiles que una y otra vez intentan sobreponerse a sus propias vulnerabilidades.


Pero Murdoch, a pesar de su lucha por “respetar la contingencia” y subvertir el vocabulario grandilocuente de la libertad, también acabó por dejarnos frases memorables, aforismos redondos que en boca de sus personajes funcionan como pequeñas trampas.

Se explica así la sensación de desconcierto o decepción que uno puede sentir cuando se acerca por primera vez a El mar, el mar o a cualquiera de sus otras obras -recientemente se han reeditado algunas de las mejores: Bajo la red (Impedimenta), El príncipe negro (Lumen) o El sueño de Bruno (Lumen)-, pues las novelas de Murdoch nunca nos ofrecen imágenes simples, informaciones inequívocas o certezas morales, sino sumas de personajes y situaciones tan poco épicas como nuestra cotidianidad: “dado que la realidad es incompleta, al arte no debería darle tanto miedo la falta de completitud. La literatura tiene que escenificar siempre una batalla entre la gente real y las imágenes; y lo que ahora mismo le falta es un concepto mucho más fundamentado y complejo de la gente, no de las imágenes”.


Pero Murdoch, a pesar de su lucha por “respetar la contingencia” y subvertir el vocabulario grandilocuente de la libertad, también acabó por dejarnos frases memorables, aforismos redondos que en boca de sus personajes funcionan como pequeñas trampas: ¿Está Murdoch siendo irónica? ¿Es una idea profunda o ridícula? ¿Quiere que comulguemos con sus propias contradicciones? Incluso en sus mejores ensayos -La soberanía del bien (Taurus) y Nostalgia por lo particular (Siruela), que también acaban de ser reeditados- hay una tensión intelectual no resuelta que nos obliga a sospechar de sus propias afirmaciones.


“Todo arte que sea bueno será también su propia e íntima crítica; celebrará, con una enunciación sencilla y veraz, la naturaleza quebrada de sus complejidad formal”.

Terminamos, pues, con algunas de esas ideas -tan sencillas y veraces como incompletas e insinceras- que nos permiten recordar hoy a esa gran escritora y pensadora que fue Iris Murdoch.


“La tragedia en el arte es el empeño por superar la derrota que sufren los seres humanos en el mundo práctico”.


(Lo sublime y lo bueno)


“Tenemos que dejar atrás el concepto de sinceridad, que es muy egocéntrico, y volver a valorar el concepto de verdad, más centrado en los otros. No estamos aquí para elegir de manera aislada y libre: no somos soberanos de lo que la vista abarca, sino criaturas ignorantes inmersas en una realidad tuya naturaleza tienta a la fantasía a que la deformemos sin piedad ni tregua”.


(Contra las cosas sin gracia)


“El arte es un espectáculo vano y hueco, un juguete de grosera ilusión, a menos que apunte más allá de sí mismo y vaya desapareciendo allí donde señala”


(El príncipe negro)


“La filosofía es a menudo una cuestión de hallar un contexto adecuado en el que poder decir lo obvio”


(La idea de perfección)


“El papel de la tragedia, así como de la comedia y también de la pintura, consiste en mostrarnos el sufrimiento sin emoción y la muerte sin consuelo Y si hay algún consuelo es la austeridad de una belleza que enseña que nada en la vida tiene ningún valor salvo el esfuerzo por ser virtuoso.”


(La soberanía del bien sobre otros conceptos)


“Tan pronto como hagas algo y choques con la gente, comenzarás a odiar a unos cuantos. No hay nada que destruya tanto la abstracción como el odio”.


(Bajo la red)


“A menudo resulta difícil en filosofía saber si uno está diciendo algo razonablemente público y objetivo o si está simplemente levantando una valla, adecuada para el propio temperamento y contra los íntimos terrores de uno mismo. (Siempre es una cuestión pertinente preguntarse acerca de un filósofo: ¿de qué tiene miedo?) Por supuesto que uno teme que el esfuerzo por ser bueno pueda terminar por ser absurdo o, en el mejor de los casos, algo vago y no muy importante, o que resulte ser como Nietzsche lo describió o que la grandeza del gran arte sea una ilusión efímera”.


(De Dios y del Bien)


“La bondad significa renunciar al poder y actuar negativamente sobre el mundo. Los buenos son inimaginables”


(El mar, el mar)


“La paradoja de nuestra situación es que debemos elaborar teorías sobre la naturaleza humana; ninguna teoría lo explica todo, pero es el deseo de explicarlo todo lo que da impulso a la teoría”


(Masa, poder y mito)


“No hay ninguna duda acerca de cuál sea el arte más importante para nuestra supervivencia y salvación desde un punto de vista práctico: la literatura. Son las palabras la textura y la materia últimas del ser moral que somos; y lo son porque constituyen el símbolo más refinado, delicado y detallado de expresión que tenemos a través de la existencia”.


(La salvación por las palabras)