Rote Zora o la violencia como la única respuesta feminista posible

Berta Gómez Santo Tomás


El 25 de febrero de 1975 el Tribunal Constitucional de la República Federal Alemana tumbó la ley que iba a permitir la despenalización del aborto en el país. Ocho días más tarde, el 4 de marzo de 1975, un grupo de mujeres organizadas bajo el nombre de RZ atacaba el Tribunal Constitucional en Karlsruhe con una bomba. Las manifestaciones feministas había alcanzado una nueva dimensión: la lucha armada e ilegal.


Ese mismo día las “mujeres de las Células Revolucionarias” emitieron una Declaración de Intenciones: “La sentencia de terror de la Corte Suprema, a través de la cual se declara la prohibición del aborto legal conforme con el «orden liberal y democrático», es insoportable en cuanto al desprecio y exterminio de las mujeres, por lo cual lucharemos contra esta sentencia con todos los medios”. Se fraguaba así un movimiento de lucha armada formado por lesbianas y mujeres, que se materializó bajo el nombre de Rote Zora (Zorras Rojas) con un nuevo ataque en 1977 a la Cámara Federal Alemana de Médicos. El comunicado que emitieron a continuación contenía una amenaza explícita para su presidente, antiguo nazi y miembro de las SS desde 1933:


NO TE PROTEGE NINGÚN MURO: ESTAMOS AL ACECHO. LAS ROTE ZORA VAMOS A ENTRENAR Y A DARTE UNA PALIZA.

VAMOS A INCENDIAR TU COCHE, VAMOS A DISECCIONAR TU JARDÍN Y A DEMOLER TU CHALET.

Cread vuestras propias pandillas. Saludos y besos, Rote Zora

Tal y como se describe en el libro Rote Zora, la lucha feminista de estas mujeres se desarrolló durante casi 20 años a través de numerosas acciones directas; y a pesar de que nunca cometieron ningún asesinato -ni era su intención-, entendían la organización de la violencia armada y la destrucción de edificios públicos como una herramienta imprescindible para “la política revolucionaria de las mujeres”. Así lo explican en su Cuaderno de Prácticas, publicado en 1988 -año en el que se produjo su disolución- junto con unas instrucciones precisas para la fabricación de artefactos explosivos. En realidad, atendiendo a su carácter anarquista, las Rote Zora no utilizaban la violencia para sembrar el terror ni a modo de venganza, sino que entendían que su uso era la única forma de combatir lo que el Estado esperaba de las mujeres: a través de la resistencia radical se rompía su imagen de víctimas pacíficas e inofensivas, y con ello, todo lo que se asociaba a dicho rol.


El grupo también se regía por un principio de acción-reacción medido con extrema pulcritud: “Si hacemos acciones violentas no sólo tenemos responsabilidad sobre nosotras mismas, también tenemos una alta responsabilidad política”. De hecho, se empeñaron en remarcar insistentemente en su Cuaderno de Prácticas que el medio utilizado para protestar por un hecho concreto debía estar ampliamente justificado, “averiar o pintar un coche puede ser más efectivo que quemarlo por completo”.


Entrar a valorar pros y contras de este grupo feminista, atendiendo a las consecuencias de sus acciones, puede parecer, como mínimo, irresponsable. Sin embargo, a nivel teórico, resulta imprescindible analizar su programa de acción directa para reflexionar así sobre la legitimidad y los significados de la violencia; algo especialmente importante en un momento en el que, tal y como anuncia Rita Laura Segato, existen motivos evidentes suficientes para pensar que vivimos en un estado de guerra perpetua contra las mujeres.


La guerra contra las mujeres no debe entenderse como una metáfora, sino como la descripción minuciosa de un escenario de auténtica brutalidad, donde las víctimas son siempre las mismas: las mujeres. Y lo son por un único motivo: por ser mujeres.

Segato -antropóloga de formación, que ha trabajado también en el campo de la filosofía y la sociología- ha dedicado su investigación a analizar el carácter estructural de la violencia, desde lo micro (agresiones físicas, amenazas, dominación económica, violencia inmobiliaria) hasta lo macro (los Estados-nación y sus políticas migratorias, en la intersección entre los conceptos de raza, etnia y religión). Así, la expresión que da título a su libro, La guerra contra las mujeres, no debe entenderse como una metáfora, sino como la descripción minuciosa de un escenario de auténtica brutalidad, donde las víctimas son siempre las mismas: las mujeres. Y lo son por un único motivo: por ser mujeres.


La manifestación más explícita de esta violencia se encuentra en los conflictos bélicos del último siglo: “la agresión, la dominación y la rapiña sexual ya no son, como fueron anteriormente, complementos de la guerra, daños colaterales, sino que han adquirido centralidad en la estrategia bélica”. Ejemplos que van desde la guerra de la antigua Yugoslavia hasta el conflicto civil en Guatemala demuestran que los cuerpos de las mujeres se han convertido literalmente en campos de batalla: a través de la violación y castigo físico se desmoraliza y amedrenta a los hombres a cargo de su vigilancia.


Sin embargo, es muy importante que estos ejemplos no nos hagan pensar en la violencia como una fuerza esporádica y anómala, algo completamente fuera de lugar dentro de un estado de cosas no violento. Se trata más bien de un ejercicio de opresión estructural que somete -de muchas maneras y en muchos grados- los cuerpos de las mujeres. De hecho, si lo miramos desde esta perspectiva, descubrimos que no hay mucho margen causal entre los feminicidios que se comenten sistemáticamente en España y los crímenes aberrantes y espectaculares que describe Segato. El patriarcado y la cultura de la violación son, en esta guerra contra las mujeres, estrategias de poder para hacer efectiva la dominación masculina.


Pero además, sería un error reducir esta guerra a la violencia explícita, abierta, autodesignada. Si el análisis político de Segato resulta tan útil para abordar esta cuestión es porque nos explica que la violencia contra las mujeres, en cualquiera de sus dimensiones, existe porque existen una serie de mecanismos institucionales que minimizan, neutralizan y naturalizan los crímenes que se cometen contra nosotras.


Que nos maten es violencia. Pero que nos maten, no pase nada y esta impunidad forme parte del discurso público, también lo es.

“Nos matan porque cada sociedad tiene las violencias que tolera. Y nuestra sociedad tolera que a las mujeres nos maten y nos violen los hombres”, explica Irantzu Varela. Las evidencias de sus palabras son abrumadoras, desde el caso de Juana Rivas hasta el asesinato de las dos niñas de tres y seis años en Castellón hace apenas un mes, y podemos verlos cada día en los juzgados y en la televisión. Que nos maten es violencia. Pero que nos maten, no pase nada y esta impunidad forme parte del discurso público, también lo es.


Dicho de otro modo: vivimos en una situación de guerra porque no hay equilibrio de poder. Esto es lo que sabemos, lo que denunciamos y la razón por la cual no deberíamos tener tantos reparos con la palabra “violencia”, especialmente cuando se convierte en una acusación contra el feminismo. El feminismo es violento porque quiere acabar con la desigualdad, y esto implica no solo acabar con los privilegios y derrocar las estructuras institucionales que los hacen posibles, sino también atacar el imaginario social que permite blanquear como “normalidad” los mecanismos de dominación que someten a las mujeres.

Como dejó claro el filósofo Étienne Balibar, cualquier acción política que desafíe el orden institucional establecido, y las relaciones de poder que lo mantienen, será siempre considerada una forma de "violencia": es el poder constituido quien se reserva el privilegio de definir aquello que es violencia y aquello que no. Por eso mismo, lo que debería preocuparnos no es que que el feminismo -o grupos como Rote Zora- sea tachado como un movimiento violento, sino que este calificativo siga sirviendo para deslegitimar cualquier acción que desafía el status quo y amenace con salirse de los límites establecidos. Porque, ¿no es justamente eso lo que queremos?