Soledad, cuarentena y Petrushévskaia

Eudald Espluga

Mar tormentoso - Emil Nolde

“En la ciudad se había declarado una especie de epidemia de origen vírico”. Con esta ambigua afirmación -¿qué clase de epidemia? ¿En qué ciudad? ¿Con qué consecuencias?- Liudmila Petrushévskaia empieza a tejer uno de sus relatos más sofocantes y sombríos, titulado ‘Higiene’ y que está en el corazón de su libro Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina.


La escritora rusa imagina un virus, transmitido inicialmente por las ratas, cuya tasa de mortalidad es elevadísima. Aunque no da muchos más detalles, queda claro que la cuarentena es necesaria, si bien las autoridades se han limitado a establecer un cordón sanitario en la ciudad para que nadie pueda salir de allí. “Había alguna esperanza de seguir con vida si se observaban escrupulosamente las reglas de higiene personal y no se salía de casa.”


En este contexto, Petrushévskaia presenta la historia de una familia, encerrada en su domicilio, que rechaza la ayuda de un desconocido que va de casa en casa ofreciéndose a hacer la compra de los confinados, en la medida que él ya está inmunizado por haber sobrevivido a la enfermedad. No tiene cabello y su piel está pálida y llena de pústulas, como la de los cadáveres que empiezan a amontonarse en las calles. Pero el rechazo del padre de familia es instintivo: asume que el desconocido es un embaucador que quiere quedarse con el dinero de la comida.


Petrushévskaia articula todo el cuento sobre este rechazo; un gesto sintomático de individualismo y desconfianza que se ve exacerbado cuando el virus entra finalmente en la casa familiar

Aunque en una primera lectura quizá no sea del todo evidente, Petrushévskaia articula todo el cuento sobre este rechazo; un gesto sintomático de individualismo y desconfianza que se ve exacerbado cuando el virus entra finalmente en la casa familiar. Porque mientras en las calles se vive un enfrentamiento hobbesiano, una guerra del todos contra todos, con pillajes, agresiones y asesinatos, dentro de la casa se repite ese mismo esquema: frente a la posibilidad del contagio, los familiares se enfrentan y se encierran unos a otros, sin piedad ni remordimientos, matando de inanición a los sospechosos de portar la enfermedad.


Aparentemente, el escenario apocalíptico que presenta Petrushévskaia podría ser como el de cualquier otra ficción que utilice una infección vírica para llevar a sus personajes al límite e inferir de ello un egoísmo connatural a las personas, una brutalidad socialmente reprimida que solamente emerge cuando nuestra vida está en juego. Survivalismo de salón y pesimismo antropológico: nada que no estuviera ya en tu película de zombis favorita.


Sin embargo, al proponer una primera escena razonablemente cotidiana, en la que se ofrece una salida posible a la catástrofe -una vía a través de la ayuda mutua, las redes de confianza y la organización vecinal-, Petrushévskaia pone en perspectiva la tragedia que se desarrollará a continuación. En vez de construir una parábola sobre la genética egoísta, presentando a las personas como pequeñas calculadoras de interés privado, el cuento dibuja una imagen bien distinta: la de un sistema aislacionista que, como en una profecía autocumplida, nos condena a comportarnos como una sociedad autointeresada y caníbal, capaz de devorarse a sí misma.


En el relato sobre la epidemia -que, a pequeña escala, nos recuerda a nuestra propia pandemia, desde la Gestapo de los balcones hasta la guerra por el papel de váter- esta denuncia está más o menos mezclada con una historia fantasiosa y exagerada, un relato algo gore y poco verosímil. El cuento puede funcionar perfectamente como una alegoría más general, que no señala un sistema socio-económico concreto. Pero si tomamos la obra de Liudmila Petrushévskaia en su conjunto, resulta esclarecedor ver cómo sistemáticamente se ocupa de resaltar pequeñas soledades socialmente inducidas, que normalmente están protagonizadas por mujeres.


Su radiografía de la soledad se vuelve más profunda, pero también más abstracta: cuestiona abiertamente las estructuras políticas y económicas que causan ese sufrimiento y esa indefensión

No por casualidad, los escritos de Petrushévskaia fueron censurados durante mucho tiempo por la Unión Soviética. Para ella no era algo nuevo: años atrás, su familia había sido condenada como “enemiga del pueblo” por Stalin. Además, en sus primeras obras, Petrushévskaia opta por un estilo realista, a través del que retrata la pobreza y la miseria -material, pero también emocional- de la vida bajo el socialismo. Con ellos quería denunciar de forma directa los tejemanejes de las autoridades soviéticas, y reflejar una infelicidad que era individual y colectiva. Tanto es así que sus primeros textos se publicaron en la revista Novy Mir, que es donde apareció El archipiélago Gulag de Alexander Solzhenitsyn.


Pero ya en los años 90, cuando aparece publicado ‘Higiene’, Petrushévskaia empieza a utilizar los recursos de la literatura fantástica y de terror para desvelar abordar los mismas angustias cotidianas, aunque desde una perspectiva más sistemática. Cuentos como ‘Los nuevos Robinson’ o ‘La sombra de la vida’ dan cuenta de cómo las historias de mujeres pobres y solas se convierten en pequeñas fábulas, inquisiciones sobre cómo son sometidas a poderes externos y van quedando poco a poco desprotegidas y asfixiadas por el mundo que les rodea. Su radiografía de la soledad se vuelve más profunda, pero también más abstracta: lejos de basar su literatura en la tradición oral femenina rusa, que tanto había marcado sus primeros relatos, ahora cuestiona abiertamente las estructuras políticas y económicas que causan ese sufrimiento y esa indefensión.


Quizá ‘Higiene’ no es su mejor cuento, pero nos obliga a pensar en la cuarentena, y en las formas de soledad que esta engendra, desde una perspectiva política más amplia, que no puede reducirse a los efectos de un solo modelo político -ya sea régimen comunista o del régimen neoliberal-. Al mismo tiempo, anula toda posibilidad de descargar nuestra responsabilidad en un supuesto egoísmo natural de la especie. Petrushévskaia nunca nos da una respuesta, pero nos incomoda de muchas maneras distintas, invitándonos a transitar el espacio moralmente ambiguo de un encierro que, como podemos intuir, empezó mucho antes que la cuarentena por coronavirus.