Tres capítulos-lecturas para el verano-2019

Berta Gómez Santo Tomás



UNO.


Hacía tiempo que no estaba tan satisfecha con una época que nunca me ha gustado demasiado, quizá por eso tan horrible de las expectativas. Anticipar la levedad de los días, la humedad salada en la piel, la felicidad como una atmósfera: un estado de embriaguez permanente que nunca experimentas con la pureza con la que lo has imaginado o con la que esperas recordarlo después. Este año, sin embargo, el relato del verano-2019 había tenido un comienzo digno de ser llamado así: adoptar un perro y ponerle el nombre de Teo. Fue tal cual. Le vimos, dijimos vale sí, le queremos en nuestra casa, nos fuimos dos días a la playa, nos divertimos poniéndole nombres posibles con nuestros amigos y al final lo decidimos unas horas antes. Teo, como el de los cuentos. Teófilo, que suena intelectual.


El verano siguió en la ciudad tan bien como puede seguir un verano en la ciudad. Entre cervezas con amigas de aquí y allí, muslos pegados por el sudor viendo a Bad Bunny o leyendo en el sofá hasta demasiado tarde. Está bien pensar que era julio y se notaba, y no solo porque hacía un calor infernal. Luego vino el agosto de vacaciones: viajar a otro país reduciendo al mínimo la huella turística, viajar a Madrid, viajar al norte de camping. De nuevo el relato verano-2019 estaba cumpliendo con lo que se le exigía: sol, playa, risas, fiestas, amor, abrazos. Todo siempre con ganas de volver a casa, gastando un dinero razonable y con las responsabilidades otoñales a flor de piel. Está claro que la adultez te afina el gusto hacia lo equilibrado.


Lectura de acompañamiento: ‘La muerte del verano-niño y el final del amor’ de Anna Pacheco.


Los veranos son un estado mental: una inconsciencia prolongada, una ligereza sostenida. Las rutinas adquieren una dimensión absurda —levantarse, ir a la playa o a la piscina, elegir tu tipo de helado, comer pipas en un banco, salir duchada de casa para dar el paseo de antes de la cena—. Es precisamente esa holgura la que da pie al amor en los veranos-niño. En el resto de veranos, en los veranos-adultos, el amor es otra cosa.


DOS.


Fracasa la investidura de Pedro Sánchez. Se podría decir que desde el fin del bipartidismo este país no tiene Gobierno. 83 personas pasan 19 días cautivos en la cubierta de un barco porque están huyendo de un lugar que les ha castigado. Ningún país europeo deja que lleguen a su costa y muchos saltan al mar por desesperación intentado llegar a la orilla. Dos incendios en Canarias queman más de 9.000 hectáreas. Nueve mujeres denuncian que Plácido Domingo abusó de ellas sexualmente y se acusa al feminismo de lincharle. En su siguiente actuación en Austria hay una ovación de 15 minutos al tenor como respuesta. Boris Johnson sustituye a Theresa May al frente del Gobierno Británico y promete un brexit duro en octubre. Trump anuncia una ley para encerrar a los menores inmigrantes de forma indefinida en centros de detención. El fuego devasta la Amazonia con más de 75.000 incendios. La deforestación ha sido provocada por el ser humano con la ayuda de las políticas permisivas de Bolsonaro. Isabel Díaz Ayuso es la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid.


Cuando voy a coger el AVE de vuelta a Barcelona veo que han cambiado la bandera del Ayuntamiento de Madrid. Ya no pone Refugees Welcome, ahora está el rojo, el amarillo y luego el rojo otra vez. Le digo a mi madre que podrían haber quitado la otra y ya está, como cuando estaba Esperanza. Eso es lo peor, me contesta, que lo que más les gusta es la venganza, es su forma de hacer política.


Lectura de acompañamiento: ‘Su cuerpo y otras fiestas’ de Carmen María Machado.


Bebí agua, monté la tienda y me puse a hacer listas. Todos mis profesores, empezando desde preescolar. Todos los trabajos que he tenido. Todas las casas en las que he vivido. Todas las personas a las que he querido. Todas las personas que probablemente me hayan querido. La semana que viene cumpliré los treinta. Con el viento, la arena se me acumula en la boca, en el pelo, en la hendidura central de mi cuaderno; el mar está revuelto y gris. A lo lejos veo la casita, una mota en la lejana orilla. No dejo de pensar que puedo ver cómo florece el virus en el horizonte, como un amanecer. Me doy cuenta de que el mundo seguirá girando aunque no haya gente en él. Quizá hasta vaya un poco más rápido. 



TRES.


El capítulo uno y el capítulo dos ocurrían al mismo tiempo, durante los mismos días de verano, las mismas horas de vacaciones, todo a la vez, discurriendo por autopistas mentales distintas, casi paralelas, pero inevitablemente convergentes. ¿No os sentís como niños malcriados? O peor, ¿como adultos irresponsables, inconscientes, cuyo primer y fundamental pecado es permitirse esa disociación de ideas? 


Yo sí, y solo escribirlo en primera persona me produce cierto dolor físico. Es por la vergüenza; la vergüenza de no poder escudarme en el desconocimiento, en la falsa conciencia, pero también por el desamparo ante una realidad que parece desbordar los límites de nuestra capacidad individual de cambio: la desesperanza también es una acusación contra mis convicciones. ¿Cómo unir efectivamente estos dos relatos? ¿Cómo aplacar la tristeza particular que solo encuentra consuelo en el compromiso, en el asumir responsabilidades, o en la disociación egoísta?


Quiero vivir otro verano como el del capítulo uno, y no quiero vivir otro verano como el del capítulo dos. Y esto es tan difícil como explicar la realidad de que nuestra experiencia está ya siempre filtrada por la política, tanto en un caso como en el otro: plantear que existe una síntesis que diluya definitivamente esos dos capítulos en uno solo es tan falaz como no hacer nada para intentarlo. 


Lectura de acompañamiento: ‘Cuerpo feliz. Mujeres, revoluciones y un hijo perdido’ de Dacia Maraini.


Solo cuando me encontraba ante una injusticia me invadía una indomable indignación que me llevaba a revelarme de forma extravagante, a veces tranquilísima y determinada, a veces agitada y con reacciones que no conseguía frenar. [...] ¿Podemos considerar una herencia este sentimiento de sublevación contra las injusticias, que se filtra por vía parental de cerebro a cerebro, de corazón a corazón? ¿O se trata de un instinto que la naturaleza pone a nuestra disposición frente a las dificultades de la vida? Aún hoy no tengo una respuesta clara. He conocido personas que son sensibles a los abusos y otras que no lo son. Y, sin embargo, tengo la sensación de que este sentimiento de rebelión es algo más instintivo que cultural. Pero el instinto, si no se cultiva, si no es estimulado, puede dormirse y quedar aletargado.