Un adelanto de 'Daddy Issues', un análisis sobre la figura del padre en la cultura contemporánea



El patriarcado —entendido como el gobierno de los hombres en general, no tan solo el de los padres— fue en tiempos un asunto esencial en el discurso feminista, su piedra angular, incluso. Como concepto organizativo, sin embargo, sufrió cierto desprestigio debido al universalismo utópico que caracterizó en gran medida su formulación: al diagnosticarlo como un problema simple, parecía requerir una solución simple. Del mismo modo que fue puesto en entredicho el término «mujer» —en particular por las feministas de color, que señalaron su habitual equiparación con «mujer blanca de clase media»—, también el resto de monolitos del feminismo —como el patriarcado— fueron desmoronándose progresivamente.

El posfeminismo socavó aún más la ubicuidad del patriarcado como concepto. En los años noventa —década del girl power y del hincapié en que la libertad económica y social de las mujeres dependía de que desistiesen de criticar las relaciones de género—, las menciones al patriarcado —y al feminismo— sonaban rancias, anticuadas, y evocaban todos los ancestrales estereotipos asociados con el feminismo: amargura, asexualidad, irritabilidad.

En todo caso, el feminismo contemporáneo ha vuelto a embarcarse en la reflexión sobre los grandes conceptos —capitalismo, trabajo, cuidados—, y la noción del patriarcado está resurgiendo. Ha estado muy presente en las pancartas de las manifestaciones tras la toma de posesión de Donald Trump y tiene una amplia difusión a través de productos tan instagrameables como camisetas, tazas y bolsas de tela. Está en boca de expertos, comentaristas y políticos. Vuelve a ser un tema de actualidad.

Pero, a pesar de todo lo que se habla sobre el patriarcado, ¿se ha olvidado el feminismo del padre? Los padres, y por extensión la familia heterosexual, siguen siendo intocables. La incansable ñoñería publicitaria, sea de detergentes o de hipotecas, a menudo nos muestra cómo los miembros de una familia —infantilizados, caricaturescos— adoptan embobados los preceptivos hitos familiares: matrimonio, afectuosa exasperación hacia los niños sucios, coche familiar, firma en la línea de puntos. Y el culto a la familia ha trascendido el ámbito heterosexual, en buena parte porque a muchos les ha sido cruelmente vedado el derecho a formar la suya. La lucha por la igualdad matrimonial y los derechos de crianza igualitarios —la lucha por la igualdad de los ciudadanos— ha sido, y sigue siendo, necesaria y apremiante. Aun así, tal y como afirma Garth Greenwell, esa lucha comporta un riesgo: el riesgo de que el estilo de vida queer tenga que ser traducido a valores comprensibles y sancionados por «quienes odian lo queer ».

Es más, la batalla por la igualdad es totalmente compatible con la ausencia de un ideario político en torno a la familia; al fin y al cabo, en el Reino Unido fue David Cameron quien impulsó el matrimonio igualitario. De hecho, el Partido Conservador lleva mucho tiempo permitiéndose cierto pinkwashing —una cordialidad impostada hacia sistemas familiares distintos del heterosexual— para enfatizar su liberalismo político, al tiempo que desarrolla políticas punitivas utilizando la «austeridad» como excusa. Los recortes en las ayudas familiares al desempleo han dejado a muchas mujeres atrapadas en matrimonios abusivos; la «tasa dormitorio» se ha cebado especialmente con los individuos más débiles, como los discapacitados; y el límite de dos hijos para obtener desgravaciones, acompañado de la cruel «cláusula de violación» que exige la denuncia de violencia para acceder a exenciones fiscales, demuestran cuán a menudo la veneración hacia la familia va de la mano de una ignorancia garrafal sobre la vulnerabilidad de los individuos dentro de la propia familia. En 2018, el ministro conservador James Brokenshire negó que las políticas de austeridad hubieran contribuido al alarmante aumento en el número de personas sin techo desde 2010, atribuyéndolo (entre otras causas) a «los jóvenes que, debido a sus prácticas sexuales, son expulsados del hogar familiar». Un estratégico ataque homófobo para justificar las brutales políticas sociales de un partido que a lo largo de toda su historia ha demostrado su fanática hostilidad hacia los derechos LGBT.

Hoy día, los papás sentimentales gozan de un gran caché cultural. Los nuevos padres, tan sensibles, proclaman su feminismo en cuanto cogen por primera vez en brazos a su hija recién nacida. De la noche a la mañana, se transforman en heroicos defensores de los derechos de la mujer…, aunque dicha defensa se confunde con la defensa de la pureza de sus hijas; tiene que ver, en otras palabras, con la identificación de una masculinidad predadora que el padre reconoce pero de la que ahora reniega; ahora que ama a una criatura que sabe vulnerable a la violencia del alma oscura de la masculinidad, es capaz de percibirla. Y la adulación que recibe un padre cuando participa en la tediosa e interminable tarea de la crianza —cuando «ayuda» con los niños, o «se queda a cuidarlos»— evidencia hasta qué punto las labores y los cuidados parentales más cotidianos dotan al padre de un halo de santidad, mientras que pasan desapercibidos, porque se dan por hechos, cuando los realiza una madre. Una madre «activa» es una madre —valga la tautología—, mientras que un padre «activo» es un santo. Cómo nos gusta un papi bueno.


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La preocupación que hoy día nos inspiran los hombres —los hombres que perpetran, toleran o se desentienden de la violencia contra las mujeres— suele recaer en los que forman parte de nuestras vidas sin ser nuestros padres: nuestras parejas, amigos, compañeros de trabajo, jefes. Muchos, quizá la mayoría de esos hombres, también son padres. La animadversión hacia el padre se ha hecho cada vez más íntima dentro del discurso feminista; los daddy issues, los traumas relacionados con el padre, se han relegado al ámbito de lo personal, pero el padre ejerce un influjo perturbador, le guste o no, tanto si reivindica como si rechaza el rol patriarcal que le ha concedido la historia. Valerie Solanas, en su SCUM Manifiesto de 1967, afirmó que «es preferible el bruto furioso anticuado, a quien se puede despreciar por su ridiculez» al «padre moderno, civilizado». Muchos hombres, quizá instigados por la edulcorada retórica publicitaria y alentados por los cumplidos admirativos provenientes de su entorno, están aprendiendo a ser mejores papis, pero si realmente queremos reflexionar sobre la perpetuación de la violencia contra las mujeres y contra todos aquellos considerados inferiores en la jerarquía del poder masculino, debemos considerar seriamente la idea de Solanas. Hay que poner en cuarentena al padre moderno y civilizado.


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La película de Sally Potter Ginger & Rosa (2012) se desarrolla con la crisis de los misiles de 1962 como trasfondo y describe las tribulaciones de Ginger y Rosa, dos amigas íntimas de diecisiete años. Nat, la madre de Ginger, es una pintora frustrada que ya solo se dedica a ser ama de casa para Roland, pacifista, profesor y exconvicto debido a su activismo político. Rosa es hija de madre soltera. La película está repleta de largos planos generales de los paisajes desolados y barridos por el viento que las chicas recorren, cogidas de la mano, con sus largas melenas azotándoles la cara. Se sientan en paradas de autobús, hacen autostop en los arcenes. Ginger se tumba sobre camastros de muelles en habitaciones destartaladas y escribe poesía.

Una noche, Roland lleva de vuelta a las chicas a casa de Rosa con la capota del coche bajada; él atraviesa los túneles a toda velocidad y ellas se sienten eufóricas. Cuando Rosa sale del coche, dice, con toda la intención y una nota de coqueteo: «Adiós, papá de Ginger», a lo que él responde: «Llámame Roland». Ser padre implica ser bonachón, viejo, patriarcal, des-sexualizado. Más adelante, Ginger y Rosa hacen autostop y son recogidas por dos teddy boys mayores que ellas; meten el coche en un descampado, también a toda velocidad, y las chicas dan tumbos en el interior. El coche frena de golpe y ellas se bajan y salen corriendo.

Roland es un mal padre, pero es un izquierdista radical: no es un patriarca decimonónico, no es un bruto furioso. Desea que su hija sea libre, inquisitiva y curiosa…, pero es solo para poder verse reflejado en ella. Insiste en que Ginger lo llame Roland en lugar de papá porque este último término, explica Ginger a Rosa imitando la voz de su padre, «le hace pensar en pantuflas ante la chimenea y otras trampas mortales de la burguesía». Por su parte, las chicas aún están decidiendo qué figura patriarcal reverenciar. Rosa va a misa; Ginger asiste a reuniones de la Campaña para el Desarme Nuclear en salas repletas de hombres proclamando consignas.



Daddy Issues se publicará en España el 13 de julio, editado por Alpha Decay. Traducción de Alberto García Marcos.