Un adelanto de 'El poder de lo cuqui', de Simon May


LO CUQUI Y LO SINIESTRO

En su sentido más general, lo siniestro no es algo simplemente escalofriante o turbador. Se trata de un escalofrío que nos deja hipnotizados.


No nos atrae un crujido en un callejón oscuro que puede indicar la presencia de un agresor. Tampoco un bramido lejano que podría proceder de un tsunami precipitándose hacia nuestra tumbona en la playa. Pero sí podría dejarnos fascinados un cadáver que nos han dicho que tal vez esté vivo todavía, o un muñeco que esté estrechamente relacionado con un niño que conocemos, o una tarima que cruje pese a que no vemos a nadie que la pise, o la coincidencia de desear algo y verlo materializado al instante ante nuestros ojos, o la constante aparición del mismo número, por ejemplo, el 48, en muy distintas situaciones en un mismo día —el recibo que nos dan en el guardarropa, el autobús que acaba de llegar, la edad de un amigo que nos han dicho que ha fallecido—, o descubrir la misma cara mirándonos cada vez que salimos de un edificio.


¿Por qué debería atraernos este tipo de situación inquietante en vez de cualquier otra? Porque, según conjetura Freud, nos hace revivir deseos infantiles, fantasías o formas arcaicas de pensamiento que en otro tiempo nos fueron conocidas, o fueron propias de nuestros ancestros primitivos, pero que desde entonces se nos han hecho ajenas o las hemos rechazado como meras supersticiones tras haberlas reprimido. Lo siniestro «no sería realmente nada nuevo, sino más bien algo que siempre fue familiar a la vida psíquica y que solo se tornó extraño mediante el proceso de su represión». En efecto, «lo siniestro sería aquella variedad de lo terrorífico que afecta a las cosas conocidas y familiares desde hace tiempo».


Sin embargo, cabría preguntarse a continuación, ¿por qué nos atrae lo que hemos reprimido? Por lo general, reprimimos algo que nos resulta desagradable y que querríamos olvidar en vez de revivir. ¿Por qué nos vemos impulsados a repetir esa experiencia desagradable que tuvimos? Porque, como asegura Freud, la compulsión de repetición forma parte de lo más profundo de nuestros instintos. Cualquier cosa que nos recuerde esa compulsión inconsciente de repetición será percibida como siniestra. Y no hay instintos más atávicos y que se repitan con mayor seguridad que aquellos que subyacen al pensamiento mágico y el temor a la muerte. Nosotros, los modernos —propone Freud—, imaginamos que hemos dejado atrás las creencias arcaicas, como aquellas que rodean al mal del ojo o a los fantasmas y espíritus, pero en realidad tan solo las hemos reprimido y es muy fácil que se reactiven cuando parecen quedar confirmadas por hechos inesperados.


Llegados a este punto, podemos volver al Cuquismo, donde hallamos una expresión muy particular de lo siniestro, expresado en términos traviesos, frívolos y discretos. El Balloon Dog de Koons, Kim Jong-il y las múltiples manifestaciones de Hello Kitty trasladan precisamente esa sensación de algo que nos parece entrañable e incluso tiernamente conocido, pero también ajeno y monstruoso. La atracción que ejerce en nosotros lo Cuqui no se articula meramente alrededor del «deseo de mantener una relación cada vez más íntima y sensual con objetos que de entrada nos resultan familiares e inofensivos». Si lo Cuqui nos somete a su atractivo, se debe en parte a que en muchísimos casos sitúa en estrecha vecindad lo extrañamente familiar y lo que no lo es en absoluto, y ambos extremos parecen evocarse mutuamente, produciéndose una oscilación entre uno y otro que no halla reposo en una relación definitiva.


Así pues, en cada uno de los tres casos referidos, algo que nos es conocido reaparece como desconocido. Ese tipo de perrito que todos hemos visto y deseado proteger se vuelve a presentar como un enorme can en el que vemos, con un escalofrío, la coexistencia de lo vulnerable y de una granítica inexpugnabilidad; y esa metamorfosis no nos resulta del todo inofensiva, sino, muy al contrario, extrañamente amenazadora. El omnipresente líder político también es un monstruo que se muestra inaccesible e inescrutable; el benefactor con el pelo ahuecado que combina la mirada dura con la tierna sonrisa se metamorfosea en árbitro sobrehumano de la vida y la muerte de su pueblo; la figura paternal, al estudiarla de cerca, se revela extrañamente andrógina. Una dulce niña de aspecto felino se convierte, alternativamente, en una cantante punk o en una pirata.


Poco importa que los objetos Cuquis puedan ser perfectamente triviales. De hecho, ahí podría residir el quid de la cuestión: pues es precisamente cuando lo trivial se torna desconocido que nos sorprende más el carácter siniestro de lo ordinario y podemos experimentarlo como algo nuevo, como algo extraordinario. Pero el efecto siniestro también puede venir generado por la trayectoria inversa: lo que en un principio nos resulta desconocido de pronto aparece ribeteado de elementos conocidos. El perro de acero grotescamente sobredimensionado también transmite un aire de normalidad. El inaccesible líder político está impregnado de rasgos dulces e infantiles con los que su pueblo puede identificarse fácilmente. En ambos casos, se perciben asimismo indicios de regresión a un estado primigenio: si los miramos detenidamente, el Balloon Dog nos recuerda a un cachorrito; el dictador adulto tiene un aire neoténico; y, en el caso de Mickey Mouse, la regresión a un estado juvenil se ha desarrollado a la vista de todo el mundo durante medio siglo.


Y otro aspecto fundamental: las fronteras y las relaciones subyacentes entre lo conocido y lo desconocido —y entre lo real y lo fantástico, lo arraigado y lo desarraigado, lo cotidiano y lo extraordinario, lo desarrollado y su precursor primitivo— no pueden localizarse. Esas regiones fronterizas nos resultan misteriosas, y nuestra atracción por lo siniestro —como ocurre con lo Cuqui— se alimenta, al menos en parte, por el magnetismo de ese misterio.


Para Freud, ese misterio es un pasado, individual o colectivo, que ha sido reprimido y que regresa a nosotros bajo formas sorprendentes: como espectro, como la actividad de nuestros ancestros desaparecidos, como suceso mágicos, como doble, como déjà vu, como coincidencias demasiado impactantes como para aceptar que son fruto del simple azar. Es más, nos dice Freud, nuestra persecución del misterio, y nuestra capitulación ante la creencia de que lo que habíamos descartado como superstición bien podría ser verdad después de todo, entraña graves peligros: puede disolver nuestra integridad psíquica e identidad, descabalgar nuestras vidas adultas y amores, y terminar conduciéndonos a la locura.


No podemos acceder al misterio, pero tampoco podemos esquivarlo. Al igual que lo Cuqui, lo siniestro escapa a nuestro control al tiempo que nos invita a intentar controlarlo. Como lo Cuqui, lo siniestro plantea la pregunta: ¿quién tiene el poder? ¿El cazador o la presa? Como lo Cuqui, lo siniestro es inasible; en efecto, se caracteriza por poner en tela de juicio lo que teníamos por objetos y categorías conocidos. Como lo Cuqui, puede sembrar el desorden y la confusión. Como lo Cuqui, puede parecer que muta entre opuestos, o ser lo uno y lo otro al mismo tiempo sin ser plenamente ninguna de las dos cosas, desdibujando así lo que suelen considerarse distinciones fundamentales, como las que trazamos entre humano y sobrehumano (Kim Jong-il), masculino y femenino (Mr. DOB) o fragilidad y monstruosidad (Balloon Dog). Como lo Cuqui, está más cerca de nuestro yo primitivo de lo que, como adultos, nos gustaría pensar o desear. Y así puede provocar que nos sintamos extraños a nosotros mismos, atrapados en una tierra de nadie entre el adulto actual y el niño que fuimos.



¿QUÉ HAY DE MALO CON EL ANTROPOMORFISMO CUQUI?

Suele acusarse a lo Cuqui de ser una sensibilidad narcisista que impone cualidades humanas a objetos no humanos y, por consiguiente, antropomorfiza el mundo a la ligera. Lo Cuqui no puede permitir que nada de lo que toca —la naturaleza, un animal, una pieza de fruta— permanezca en su otredad. Se trata pues, de una fuerza imperialista que lo somete todo al dominio humano, metiendo por la fuerza ciertos objetos no humanos en un molde humano para adecuarlos a necesidades humanas. Como hemos visto, Daniel Harris, en su muy citado ensayo sobre lo Cuqui, lo fustiga precisamente por este motivo, condenando «la cosmovisión Cuqui» al equipararla a «un descomunal fanatismo de lo humano». La plaga empieza a tierna edad, según Harris: «el antropomorfismo es en gran medida la estrategia retórica fundamental de los libros infantiles, que a menudo gestan sus relatos a partir de una suerte de travestismo animal, en virtud del cual perros, gatos, osos y cerdos» se ven obligados a adoptar «las vestimentas y actitudes de seres humanos». Ello «crea una clase de marginados y mutantes, una estirpe prefabricada de entrañables subalternos que tanto niños como adultos coleccionan, esclavizan y tratan con condescendencia». El «narcisismo del Cuquismo» implica, por tanto, que «la visión Cuqui del mundo natural es un mundo sin naturaleza, donde se ha aniquilado la “otredad”, se reprime despiadadamente lo no humano y no se permite que nada, ni siquiera nuestros hijos, sea independiente y distinto de nosotros».


En una línea parecida, si bien más matizada, Sianne Ngai ve en las «estrategias de personificación» la «figura clave del Cuquismo». Es fácil que esas estrategias acaben convertidas en «un gesto dominante» que puede terminar desfigurando y silenciando («negando el habla») a sus objetos. Tras citar «La naranja» de Francis Ponge (1899-1988), poeta tardomoderno que compuso un conjunto de poemas en prosa sobre objetos cotidianos, como una ostra o un cigarrillo, Ngai asegura que ese texto brinda un ejemplo perfecto de que dotar a un objeto burdo de cualidades expresivas puede dar pie a un acto antropomorfizador de dominio e, incluso, de quebranto. Ponge escribe a su oracular manera:

Como en la esponja, hay en la naranja una aspiración a recuperar volumen después de haber sufrido la prueba de ser exprimida. Pero donde la esponja triunfa siempre, la naranja jamás: porque sus células han estallado, sus tejidos se han desgarrado. Mientras la corteza por sí sola restablece blandamente su forma gracias a la elasticidad, un líquido de ámbar se ha vertido, acompañado de un frescor y un aroma suaves, sí —pero a menudo, también, de la conciencia amarga de una expulsión prematura de pepitas.

Para Ngai, el acto de hacer expresiva la naranja, «en el sentido de darle voz y significado, pero también en el de obligarla a expulsar su “esencia” supone, en la práctica, someterla a un quebranto». La autora se refiere en particular a la frase «sus células han estallado, sus tejidos se han desgarrado». Y así, lejos de ser un acto empoderador, Ngai lo considera «un acto no solo humillante sino además una mutilación».


El análisis que ofrece Ngai de las relaciones de poder que operan en lo Cuqui resulta sutil y abre la posibilidad de una «venganza» imaginada por parte de los objetos Cuquis contra el sujeto que los percibe como tales, de tal forma que el espectador puede experimentarlos como «indefensos y agresivos al mismo tiempo», controlados y, a su vez, tomando el control. Por ello, sostiene la autora, es concebible una inversión en el sentido de que «si las cosas pueden personificarse, las personas [también] pueden ser cosificadas».


Sin embargo, pese a que Ngai detecta perfectamente la «oscilación entre dominio y pasividad, o crueldad y ternura» en la estética del Cuquismo, pese a describir también «su característica dialéctica entre poder e impotencia» que «parece incorporar siempre una fantasía sobre la capacidad de acción de sus objetos hiperobjetivados», la autora concluye que la «figura clave» de lo Cuqui —es decir, la personificación de sus objetos— termina manipulando y explotando a esos objetos pese a que (¿o tal vez porque?) les atribuye capacidad de acción. Pero existe otra forma de considerar el efecto antropomorfizador de lo Cuqui, a saber: ver en el poder de lo Cuqui para personificar a sus objetos precisamente una forma de reconocer y honrar su otredad. Lo cual podría ser justamente lo que hace Emily Dickinson en muchos de sus poemas severamente Cuquis. Serafines pigmeos, hongos que parecen elfos y ardillas con los carrillos hinchados son algunos de los moradores del universo Cuqui de Dickinson, en el que, como aclara Angela Sorby, la autora se enfrenta «no solo a animales convencionalmente mullidos, sino también con insectos, tumbas y cadáveres; con un Dios protestante en peligro de extinción; y con preguntas acerca del tiempo, el espacio y la escala». Aquí, la personificación se convierte en un medio para alcanzar la empatía en vez de quebrantar sus objetos.


Por ejemplo, en una carta a T. W. Higginson, en la que lamenta la muerte de la hija recién nacida de su interlocutor, Dickinson incluye el siguiente poema breve:

Un Hoyuelo en la Tumba

Hace de esa feroz Habitación

Un verdadero hogar —

A priori podría parecer que evocar el hoyuelo de una criatura —algo de un incuestionable Cuquismo— constituye un ejemplo perfecto del modo en que lo Cuqui domestica y distorsiona su objeto, en este caso mediante la imposición de la apariencia de lo vivo a lo que no puede estar más alejado de la vida humana, es decir: el territorio de la muerte. Incluso se dice que la imagen del hoyuelo convierte la «feroz habitación» de la muerte —la tumba— en un «hogar», atribuyendo de esta forma vida a lo que, por definición, carece por completo de ella. Pues la muerte y el hogar se encuentran en direcciones completamente opuestas, como se lamenta Ulises frente a sus hombres cuando la diosa Circe le dice que ha de visitar el Hades antes de poder regresar a su hogar en Ítaca:

De seguro pensáis ya volver al hogar y la patria

bien querida, mas Circe señala muy otra jornada:

al palacio de Hades, mansión de Perséfone horrenda,

a pedirle su oráculo al alma del cadmio Tiresias.

Sin embargo, el poema de Dickinson, en su mágica brevedad, hace todo lo contrario de domesticar a su objeto. Sin lugar a duda, la mención del hoyuelo activa inmediatamente esas reacciones de cuidado de la prole que describió Konrad Lorenz. Sentimos un momento de consuelo; o, si no de consuelo, por lo menos de humanización de la oscuridad y descomposición de la tumba. Imaginamos el valiente aferrarse a la existencia del bebé Cuqui que yace en ella. Nos anima a alimentar la esperanza de que el padre doliente podría sentirse próximo a su hija desaparecida. Pero ese fugaz consuelo hace que la decepción sea todavía más intensa: pues al desarmar nuestra resistencia a la realidad de la muerte, de pronto nos acerca todavía más a esa misma realidad. El chispazo de Cuquismo revela con meridiana claridad que el padre ya no puede proteger, o ni siquiera tocar, a su hija. La niña ha muerto; el hoyuelo no es más que una fantasía atribuida, en vana esperanza, a su cadáver; el ataúd está cerrado.

Dickinson nos enseña que, además de la literatura, también los conceptos son a veces Cuquis, pues pueden permanecer en un ineludible estado jocoso, absurdo, oscuro, y con frecuencia lidian con un objeto que es pequeño y vulnerable, pero conserva un innegable poder sobre nosotros en tanto que sujetos.


He aquí otro poema Cuqui, esta vez sobre un ratón muerto en vez de una niña muerta. Ruega a Dios que le conceda al ratón una vida eterna en una confortable y seráfica despensa:

¡Padre que estás arriba!

¡Contempla a este Ratón

Derrotado por el Gato!

¡Reserva siempre en tu reino

Una «Mansión» a la rata!

¡Un rincón confortable en seráficas Despensas

Para estar todo el día allí royendo,

Mientras los Ciclos inimaginables

Solemnemente ruedan por encima!


El poder de lo cuqui, de Simon May, se publicará en España el 9 de diciembre, editado por Alpha Decay. Traducción de Albert Fuentes.