Un adelanto de 'Otro planeta': las memorias adolescentes de Tracey Thorn



PREFACIO


Cuando intento rememorar el pasado, cuando quiero recordar lo que de verdad pasó y no lo que yo creo que sucedió, y lo que de verdad sentí, en lugar de lo que me gustaría pensar que sentí, y lo que de verdad hice, en lugar de lo que digo que hice, consulto mis diarios. En ellos, siempre me dejan anonadada todas las cosas que se cuentan y todas las cosas que no. Me retrotraigo al inicio e intento imaginarme en el día en que decidí llevar un diario: el 29 de diciembre de 1975, cuando tenía tre- ce años. Me lo debieron de regalar por Navidad y, aunque era del año 1976, en las primeras páginas había espacio para incluir anotaciones al final del año anterior. Así que empecé cuando terminaba el año viejo, justo antes de que este cambiara para dar paso a lo nuevo.


Supongo que me senté con un bolígrafo y hojeé las páginas en blanco que abarcaban todo el año, antes de abrir el diario por el principio, y entonces:

29 de diciembre de 1975: «He ido a St. Albans con Debbie. Me he comprado un cinturón. No he encontrado ni un jersey ni una falda».


Ya está, no escribió nada más. No empezó con gran fanfarria, no anunció su presencia al mundo ni a un futuro lector, no hizo ninguna declaración de intenciones. No puso ninguna frase del tipo: «Querido diario, acércate y escucha lo que tengo que decir. Aquí estoy; esta soy yo; deja que te cuente la historia de mi vida». Ni siquiera aparece el ingenuo entusiasmo con que se podría presentar una chica de trece años: «Hola, soy Tracey y este es mi diario». Lo que hago es trazar un círculo y dejar- lo vacío, lo que me ha llamado la atención es una ausencia. Lo cual no era anómalo: seguí practicando ese estilo durante años, escribiendo un sinnúmero de anotaciones en las que conta- ba que no había comprado cosas, que no había ido a la discoteca, que no había ido al instituto, que se había anulado una clase de piano, que el autobús escolar no había llegado. Es una vida descrita por lo que falta y por lo que no llega a suceder.


La segunda entrada es igual de banal:

30 de diciembre: «He ido a Welwyn con Liz. No me he comprado nada más allá de una bolsa de patatas Kentucky».


¿Esto era yo, o era mi entorno? ¿Es que era la chica más sosa del mundo, que no me fijaba en nada, que no experimentaba nada, que no pensaba nada, o formaba parte este fenómeno, al menos parcialmente, de algo que flotaba en el aire, de algo vago e impreciso? Incluso ahora, al escribir al respecto, me doy cuenta de que la época y el lugar en los que crecí, los barrios residenciales de la década de 1970, son más fáciles de definir diciendo lo que no eran, en vez de lo que sí eran. Brookmans Park era un pueblo y no era un pueblo. Era rural pero no rural. Una parada en la línea, un espacio entre dos paisajes mejor valorados: la ciudad y el campo. Un territorio contingente, fronterizo, accidental». Tierra de en medio.


1 de enero de 1977: «He ido a Welwyn con papá y mamá a comprarme unas botas pero no he encontrado ningunas».


8 de enero: «Liz y yo hemos ido por la tarde al pueblo de Pot- ters Bar a intentar que le perforaran las orejas, pero no lo ha conseguido».


Aún tengo la sensación de que cualquier sitio en el que haya una estación de metro, por mucho que la parada sea un «final de trayecto», sigue formando parte de la ciudad de Londres, con la que está físicamente unido gracias a los túneles y las vías. En un lugar así todavía pueden pasar cosas. Sin embargo, allí donde no llega el Metro se extiende un terreno distinto y más impreciso. En el que es posible que no pase nada de nada. En el que puedes estar siempre aspirando a algo pero siempre fra- casando, en una serie infinita de pequeñas tentativas.


19 de enero de 1979: «Deb y yo hemos ido a St. Albans. He intentado comprar unos pantalones negros pero no he encontrado ningunos que fueran bonitos».


17 de marzo: «He intentado ir a la biblioteca pero estaba cerrada».


Cuando al cabo del tiempo escribí una canción sobre ese lugar, «Oxford Street», retomé esta costumbre de describir a partir de la resta, de contar qué no hay: «Donde me crié no había fábri- cas», y solo después acabo reconociendo que «había un colegio y tiendas, algunos campos y árboles». Sin embargo, aunque había campos, la vida agrícola no existía. Nadie trabajaba de granjero. Todos los hombres cogían el tren por las mañanas, con un maletín, para dirigirse a la ciudad. Los escritores que se dedican a hablar de la naturaleza no habrían encontrado allí gran cosa que describir: no era un sitio en el que hubiera pastores, ni halcones. Tampoco había un paisaje propiamente dicho, ni montes ni lagos, nada que pudiera contemplarse.


Ya empiezo otra vez a hablar de lo que está ausente. ¿Qué tiene ese lugar que exige ser descrito de un modo tan ambiguo? De adolescente me rebelé contra mi entorno, y por eso muchas veces he tenido la impresión de que había una escisión limpia entre mi pasado y mi futuro: que había abandonado a mi yo antiguo y que me había inventado uno nuevo, tras zafarme de la época y el lugar de los que procedía. Sin embargo, a medida que voy cumpliendo años, siento su presencia en mi interior. Creo que quiero volver a entrar en contacto con el yo al que dejé atrás. Esto se debe en parte a esa tendencia natural a la curiosidad, la que explica un programa de televisión como Who Do You Think You Are? o canciones como «Where Do You Go To My Lovely». Quiero examinar el interior de mi cabeza y recordar de dónde vengo. Porque no me acabo de creer que fuera un sitio tan vacío como mi diario da a entender.


Al igual que sucede con el negativo de una foto, parece que la versión en Technicolor de la vida se estaba desarrollando en otro sitio, repleta de acontecimientos y triunfos, de sueños y éxitos. Entretanto, cuando trataba de describir en pocas pa- labras el sitio en que vivía y la vida que llevaba, anotaba una y otra vez: esta cosa no ha pasado, tal otra no ha pasado. No suce-de ni un episodio ni otro, yo no estoy ni en un lugar ni en otro.


2016


Voy en un tren que me devuelve a la infancia, como si esta aún existiera, tan tangible y revisitable como el sitio que abandoné. Aunque tengo la sensación de que han pasado cien años y de que me he alejado mil kilómetros, en realidad el trayecto solo es de cincuenta y tres minutos en tren (tampoco algo insignificante), con un transbordo, desde la estación que ahora tengo más cerca, Finchley Road & Frognal. Es probable que la última vez que cogí ese tren fuera hace treinta años. Que lo hiciera sin llevar móvil en el bolso. Nadie tenía. Cuando aún no era madre, pero cuando mis dos progenitores aún vivían. Lo más probable es que recorriera ese trayecto para ir a verlos.


El tren del London Overground va atestado, solo se puede estar de pie y el aire acondicionado está tan fuerte que te congelas, pero en él se nota ese bullicio urbano que constituye una especie de calidez, se chocan los cochecitos, las mochilas y las maletas de todo el mundo, y en él se observa la típica actividad urbana, todos van con la cabeza gacha o muy concentrados en algo, para tratar de crear un minúsculo espacio privado. A través de Hampstead Heath y Gospel Oak en dirección a Kentish Town West, que debía de ser la parada que le quedaba más cerca a mi madre mientras crecía en Londres. Entre donde estoy y Camden Road hay edificios en construcción al lado de la línea, grúas en el cielo mires donde mires, Londres sigue ensanchándose y sigue ocupando todos los huecos. En Highbury & Islington me dirijo al andén de los trenes que van al norte, y el gentío pierde densidad. Cuando me pongo a esperar al tren que va a Welwyn Garden City solo quedan cinco personas y, en el extremo, un hombre silba de forma desafinada e inquietante, mientras las notas se pierden en el túnel.


En el tren hay ejemplares ya leídos del periódico Metro desperdigados por los asientos, y, al salir de la estación, se ve de cerca el Emirates Stadium. Después llegamos a Drayton Park y a un bloque de pisos de aspecto flamante y revestidos en azul, curvado como un trasatlántico, y a otro revestido con una cua- drícula de losetas: azules y grises, verdes y grises, de color na- ranja y gris. En Finsbury Park hay unas obras en marcha, unos obreros vestidos de naranja y sumamente visibles pierden el tiempo al lado de unos martinetes. Esta debía de ser la parada que más cerca le quedaba a mi padre mientras crecía en Londres. El paisaje sigue siendo una mezcolanza urbana de adosadas casas victorianas que están de espalda a las vías, jardineras y coladas, depósitos y almacenes, grafitis garabateados en los ennegrecidos muros de ladrillo. En Harringay, una tienda de materiales para la construcción, «cemento y placas de yeso», casetas de chapa ondulada de un gris industrial, y, en Hornsey, la alta cúpula dorada de la London Islamic Cultural Society and Mosque se divisa desde la estación. En lo alto de una cuesta a la izquierda, el Alexandra Palace, donde mi padre patinaba de pequeño, se alza en todo su esplendor, y en esa estación el vagón empieza a vaciarse. Lo que parece ser una enorme fábrica aban- donada aparece cubierta de grafitis geométricos de líneas muy marcadas, y después vienen un largo túnel y un parque industrial, tablones y palés, y montones y más montones de ladrillos.


He llevado un sándwich para comérmelo en el tren, como si pensase que no se puede conseguir comida tan al norte de la ciudad, como si hubiera salido a explorar la jungla. Aunque, por otro lado, también es un gesto muy de extrarradio por mi parte haber llevado un sándwich. Un pícnic en el tren para un trayec- to que dura cincuenta y tres minutos. En New Southgate cambia el estilo, las casas ya no son victorianas ni eduardianas, su aspecto es más de las décadas de 1960 o de 1970. Bajos bloques de pisos y un aparcamiento, una hilera de pinos y después otro túnel largo, tras el cual se ve más vegetación, más árboles al lado de las vías, firmas de grafiteros en el cemento entre las hojas.


Oakleigh Park es la primera parada que ya no está en el código postal de Londres, y a continuación se entra en New Barnet, modernas casas semiadosadas y pisos, jardincitos con la ropa tendida, cobertizos e invernaderos de plástico, el tipo de barrio residencial que constituye el verdadero extrarradio, las aguas poco profundas de la ciudad. El tren va casi vacío, lo que me altera y aumenta la sensación de que me estoy alejando del bullicio y la seguridad de la muchedumbre. El silencio cobra una intensidad cada vez mayor, aunque parece que en el interior de mi cabeza el ruido resuena cada vez más, en ella prorrumpe una avalancha de ideas rivales, hay un leve sonido al fondo que podría ser un grito y una voz dice con mucha insistencia: «¿De verdad que estoy haciendo esto? ¿De verdad que voy a ir?». Aparecen más campos y árboles, creo que tengo ante mis ojos el Cinturón Verde propiamente dicho. Ese es otro de los motivos por los que he emprendido este viaje, todo este proyecto: haberme percatado de que el tipo de barrio de las afueras en el que crecí me suscita una fascinación infinita. Me acuerdo de esa frase en la que John Updike dice que intenta en su escritura «darle a lo mundano un toque de belleza», y siempre me ha gustado esa idea de dirigir la mirada a lo ordinario o a aquello que no suele recibir atención. No hay nada especialmente bonito en mi lugar de origen, y, sin embargo, el papel que ha desempeñado en mi vida es tremendo, y ¿verdad que no hay un inherente gesto de respeto en el acto de fijarse de verdad en un sitio, de dedicarle el halago que supone considerarlo digno de atención?


Otro túnel y a continuación viene Hadley Wood, con el espino blanco en flor, arbustos de las mariposas repletos de brotes marchitos del año pasado, inflorescencias muertas. Un sauce enorme, zarzas y adelfillas. Campo abierto, prados con suaves promontorios y separados por setos, después otro túnel. ¡Tan- tos túneles! Antes no me fijaba en ellos, no prestaba atención, pero ahí llevan desde que las vías ferroviarias tuvieron que abrirse camino entre los montículos calcáreos que rodean la cuenca de Londres.


Ya casi he llegado. Potters Bar. Un aparcamiento, un super- mercado Sainsbury’s, una vista de las tiendas de la calle principal, todo sin duda muy de extrarradio. Ya no estamos en Lon- dres, Totó. Abedules, una Union Jack ondeando, el campo de golf a la derecha y el aparcamiento en el que, en los años pos- teriores a mi marcha, y sin que esto guarde la menor relación con mi historia al margen del modo en que me provoca una leve aprensión, tuvo lugar un asesinato. Un campo lleno de paneles solares a la izquierda y ya hemos llegado, donde unas casas se alzan en una agradable zona verde: Brookmans Park.


Otro Planeta. Memorias de una adolescente en el extrarradio se publicará en España el día 6 de mayo editado por Alpha Decay. Traducción de Ismael Attrache