Vidas menguadas

Eudald Espluga


Hemos visto la pancarta, hemos visto los memes, hemos leído los artículos: romantizar la cuarentena es un privilegio de clase. Sin embargo, como contrapeso a esta idealización del encierro, han aparecido una serie de discursos no menos románticos que nos hablan de una pedagogía sentimental de la pandemia: de cómo, a partir de ahora, apreciaremos con mayor intensidad los paseos al aire libre, los vermuts multitudinarios, los abrazos sudorosos. Algunos incluso equiparan la posibilidad de visitar una librería con el acceso al pan caliente. Pero sin ir tan lejos en la vergonzosa comparación, son mayoría los defensores de los pequeños placeres, que hoy añoran su despreocupada cotidianidad y esperan con humildad “el regreso de la vida”, de la “vida entera”, como la llama Manuel Vilas, porque ven la pandemia como un paréntesis, una interrupción, una forma de dejar la vida en pausa.


De entrada esta perspectiva suena razonable. Encerrados en casa, la mayoría hemos visto todas nuestras expectativas truncadas por el virus: se han perdido trabajos, proyectos, relaciones, y nos descubrimos frustrados por la incertidumbre. Es fácil pues empatizar con la idea de volver a la normalidad, incluso en sus aspectos más molestos, pues la previsibilidad es siempre tranquilizadora. Pero esta cantinela del “cuando la vida regrese” tiene un reverso inquietante, que va más allá de la mera confusión entre vida y trabajo, y es que al establecer esta equívoca frontera, se deduce que la vida-de-verdad es siempre a extramuros: que lo real está allí fuera y no aquí adentro, que la vida es libertad y en casa no se vive.


En la medida que las teorías del valor capitalistas dominan el imaginario popular, las vidas de las mujeres confinadas en el hogar han quedando poco a poco despojadas de significado, menguadas e insuficientes

Esta distinción no es nueva, claro. El feminismo lleva años denunciando cómo las labores domésticas, reproductivas y de cuidado han sido sistemáticamente excluidas del imaginario del trabajo capitalista. Comprar, cocinar, lavar, cuidar de los niños, planificar el día o asegurar la comunicación entre los miembros de la familia no son actividades remuneradas, sino que se consideran labores auxiliares, que están fuera del intercambio mercantil. Como explica Silvia Federici, el trabajo en el hogar y la segregación de las mujeres han sido elementos fundacionales de la acumulación capitalista, sin los cuales el sistema no podría haber funcionado nunca; y en la medida que las teorías del valor capitalistas dominan el imaginario popular, las vidas de las mujeres confinadas en el hogar han quedando poco a poco despojadas de significado, menguadas e insuficientes.


Así, resulta comprensible que para muchos estar en casa y dedicarse exclusivamente a cuidar de los demás -incluso cuando esto significa limpiar el baño o simplemente jugar a la play- sea algo así como vivir una existencia zombi, una no-vida, pues la forma como otorgamos interés, importancia, mérito o atractivo a nuestras acciones depende casi exclusivamente de esta división patriarcal entre esferas: un afuera público, libre y enriquecedor frente a un adentro privado, accesorio e irrelevante. Ni la épica del heroísmo y la guerra, metida con calzador desde las instituciones, ha conseguido que poner una lavadora sea percibida como una forma legítima de aprovechar el día, de vivir plenamente.


Pero en el caso de la pandemia podemos ir incluso más allá de lo laboral, dado que al estar en juego la supervivencia de todo el cuerpo social, y no solo de alguno de sus miembros, la idea de “recuperar la vida” deja de ser una figura retórica algo cursi para convertirse en un mandato biopolítico. En el magnífico ensayo The ethics of care, Virginia Held explica que el primer argumento para defender la necesidad de una ética de los cuidados -frente a cualquier tipo de teoría política- pasa por reconocer que sin cuidados no hay supervivencia: sin cuidados las personas se mueren y sin personas no hay justicia ni libertad que valgan. Se trata de un argumento que en abstracto puede parecer algo tosco, pero que a la luz de una pandemia como la que nos ocupa demuestra que los humanos no somos más que animales frágiles y dependientes, que nuestra condición es necesariamente relacional; y todavía más importante: que solo desde esta base se puede hablar de libertad y justicia.


La cuarentena no es un taller de crecimiento personal: no nos hará valorar más las cosas, ni nos enseñará a ser más agradecidos con nuestro destino; y, aunque lo hiciera, la resiliencia y la aceptación de la precariedad no son precisamente virtudes a defender por parte de los sin parte

Sin embargo, por culpa del vocabulario terapéutico, asociamos la palabra “dependencia” al campo semántico de la adicción, de la falta de autonomía e incluso de lo disfuncional, en vez de entenderla como la base de nuestra estructura moral, como el horizonte sobre el que construir nuestros vínculos, nuestros proyectos e incluso nuestra identidad. Hablar de cuerpos vulnerables, de contingencia o de ser-para-la-muerte no es mera retórica filosófica, sino una descripción de la materialidad misma de nuestra existencia. La dependencia de los demás no ha sido nunca un estado pasajero o particular de algunas personas -ligada a una enfermedad, a la vejez, a la niñez, a un accidente fatal- sino una condición antropológica universal, que nos enseña que no podemos vivir nunca al margen de los demás.


Por ello es tan importante que estos días no aceptemos acríticamente los discursos sobre “la recuperación de la vida” y la “vuelta a la normalidad” como una lección de realismo y de humildad, pues la normalidad significa el olvido político de nuestra fragilidad compartida, de todos aquellos sistemas de dependencia mutua que la pandemia ha permitido visibilizar. La cuarentena no es un taller de crecimiento personal: no nos hará valorar más las cosas, ni nos enseñará a ser más agradecidos con nuestro destino; y, aunque lo hiciera, la resiliencia y la aceptación de la precariedad no son precisamente virtudes a defender por parte de los sin parte. Más bien todo lo contrario. Si la pandemia tiene algo de positivo es que no hay lado bueno: el colapso del sistema ha revelado -y ha tensionado hasta el límite- una constelación de malestares que ya estaban presentes, que nos atenazaban desde esa añorada cotidianidad y que, por supuesto, nos golpean de forma desigual.


Poner los cuidados en el centro, reconocer nuestra dependencia obligatoria, politizar colectivamente nuestros malestares: todo ello es estrictamente necesario, pero en ningún caso es el legado de la enfermedad, su enseñanza genial, sino un imperativo que llevábamos tiempo ignorando, y que muy probablemente será más difícil de reivindicar cuando todo vuelva a ser como siempre, cuando nos olvidemos de aquellas que seguirán confinadas en los hogares, de la invisibilidad de tantas trabajadoras, de vidas que nunca serán enteras.